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  • Roberto Obregón (Guatemala) / El hueso al desnudo

    La piedrecita

    Las palabras, al tocarlas al aire,
    crecen como las terneras.
    Con los años maduran y se ahondan
    y también pueden nacer muertas.
    Según.

    La palabra nos revela
    la consistencia del espíritu.
    Es una cosa delicadísima,
    en boca del mentiroso
    pone al desnudo el hueso
    de un alma ingrata.

    La palabra puede servir de bumerang,
    de trampa, de alfiler, de escondite,
    de lanza con unta remojada en veneno.
    Depende.

    La palabra, igual que la energía atómica,
    en buenas manos es la salvación
    y es perdición en una oscura conciencia.

    Al impacto de la palabra
    puede derrumbarse un ídolo de multitudes.
    Los tiranos le temen
    y el culpable prefiere no usarla.

    Como monedas echamos las palabras
    en la mente del niño
    para que con el tiempo
    su pensamiento sea un tesoro.

    La palabra es la prenda más íntima
    que entregamos a la mujer
    para que nos crea, se confíe a nosotros.
    Si se pudre es señal de que mentimos.

    La palabra humeda, vital como la tierra,
    murmurada a ras del silencio,
    bien puede ser ungüento libidinoso,
    o el lazo de un complot que urge a la nación.

    Cierto. No sólo de pan vive el hombre.
    La palabra también sustenta,
    siendo lo que es:
    producto de mis manos, de las tuyas.
    ¡Y no hay tales!

    Calendario

    En la semilla
    está la trayectoria del maíz,
    el ciclo de la cosecha.
    A los ojos del hombre,
    es una lágrima.
    Y en ella, una sonrisa amarga.

    Magia

    El escultor no hace más que llamar,
    con el cincel
    y a golpe de martillo,
    a los guerreros que duermen
    en las espesuras del mármol.

    Unción

    Reduciré mi palabra
    a una gota de agua,
    la depositaré en la hoja
    humedecida de tu lengua,
    en tu sabroso paladar.
    Y enmudeceré, contento.

    Ojos de agua

    A orillas del camino
    hay un ojo de agua.

    En él, entre las hojas, duerme
    la sombra de una estrella.

    Así mi patria reposa
    en el fondo de mis ojos.

    Casi oda a la oreja

    Variadísimas son las orejas del hombre:
    largas, redondas, pegadas, separadas y orejitas.
    Un pétalo húmedo es la oreja del niño
    y concentradamente erógena la de la mujer.

    Toda oreja guarda en su rosada cavidad
    el lloroso discurrir de las lluvias,
    el silbo delgado del viento y la bala,
    el rozarse de los muslos de una muchacha
    y el estrujarse de las hojas bajo sus pies,
    y conserva también, como los caracoles
    las sonoridades profundas del mar,
    el hoguereante fragor de los cañones.

    La oreja abre su corola de carne
    y transforma en silencio la palabra amorosa,
    se cierra ante el insulto proferido,
    o se queda palpitante y sigilosa
    ante el imperceptible esfuerzo del tallo que nace.

    En la oreja rematan los cabos del organismo
    por cuya cuenta y razón
    la música nos llega hasta los pelos y las uñas.

    La oreja, en fin, es el pabellón, el radar
    del ruido de las cosas y los gritos apagados
    de los hechos ya carbonizados de la historia,
    de los amaneceres empapados de tambores,
    de la respiración del yanqui y su ametralladora
    desparramándose en millares sobre las siembras
    de Vietnam.

    Pero aquí llega la muerte y por arte de magia.
    convierte la oreja en medalla de honor.
    Medalla por oreja, como si aplaudiéramos
    en una corrida no de toros, sino de seres humanos.

    Cada hombre posee sus dos orejas:
    un guerrero vietnamés representa dos medallas.
    Y el yanqui que asesine más vietnameses
    lucirá más medallas en el pecho…

    Condecorados, los yanquis posan ante la cámara
    con orejas amarillas prendidas a la camisa.

    En la cuenca del Amazonas, los jíbaros
    llevan las cabezas de sus víctimas al cuello.
    Y al norte del río Colorado
    los yanquis presumen orejas clavadas a la solapa.

    (Nació en Mazatenango, Guatemala, en 1940. “Poemas para comenzar la vida” fue su primer libro de poesía, publicado en 1961. Estudió Ciencias Jurídicas y Sociales en su país y luego obtuvo una beca para estudiar filosofía en Moscú. Allí publicó “La flauta de Ágata”, obra traducida a cuatro lenguas de la entonces Unión Soviética. En 1968 regresó a su país, donde se publicó esa misma obra, seguida por “El fuego perdido”. En 1970 viajó a El Salvador y, cuando regresó, fue capturado en la frontera. Nunca más hubo noticias de él).

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