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  • Jacobo Fijman / Espigas en mis manos

    Mañana de sol

    Tañía el sol sus llamas
    en los cántaros húmedos del viento
    de rocío y paisaje
    que alargaba el elástico sendero.
    Desentumecimientos.
    Carnes del trigo;
    espigas en mis manos.
    Jadean los aromas;
    temblequea cual besos los caminos.
    Silencios verdes de los bosques rojos
    apretados de gozo y alegría.
    ¡Enloquece en mis ojos la mañana!

    Canto del cisne

    Demencia:
    el camino más alto y más desierto.
    Oficios de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
    Roncan los extravíos;
    tosen las muecas
    y descargan sus golpes
    afónicas lamentaciones.
    Semblantes inflamados;
    dilatación vidriosa de los ojos
    en el camino más alto y más desierto.
    Se erizan los cabellos del espanto.
    La mucha luz alaba su inocencia.
    El patio del hospicio es como un banco
    a lo largo del muro
    Cuerdas de los silencios más eternos.
    Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
    ¿A quién llamar?
    ¿A quién llamar desde el camino
    tan alto y tan desierto?
    Se acerca Dios en pilchas de loquero,
    y ahorca mi gañote
    con sus enormes manos sarmentosas;
    y mi canto se enrosca en el desierto.
    ¡Piedad!

    Tarde violeta

    Cae de bruces un silencio frío
    en el ocio violeta de la tarde.
    ¡Perplejas añoranzas!
    Se tuercen las paredes de mi estancia.
    Ronronean las luces como gatos.
    El caserío soñoliento
    engrisa las campanas.
    El viento tiene los pies desnudos.
    Se ensordece la tarde
    arrastrándose, lentamente.
    ¡Perplejas añoranzas!
    De reojo me miran los sarcasmos.

    Ocasos

    Ocasos turbios de violeta.
    Reliquias. Devociones.
    Caras amortiguadas.
    Nostalgias
    descoloridas.
    El mar se acoge en mis matices;
    ¡ciera su boca atardecida y fría!
    El timbre de mis ojos
    esparce intimidad.
    Mi piedad de rodillas
    se aroba en los suspiros del ocaso
    (palomas de violeta)
    Mis manos palpan el color de misa!

    Cópula

    ¡Nos unió la mañana con sus risas!
    En las rondas del sol
    canciones de naranjas.
    Danzas de nuestros cuerpos
    desnudos -rojo y bronce.

    El olor de la luz era sagrado:
    música de horizontes,
    espacio de paisajes-
    rojo y bronce-
    ruido de melodías,
    himno de soles,
    eternidad
    y abismo de la dicha
    en la alegría loca de los vientos.

    Canciones de naranjos
    en la piedad de los caminos.
    ¡Todas las aguas del silencio
    rompimos en la danza!

    Dicha de los abrazos y los besos;
    toda la gloria de la vida
    en nuestros pechos
    jadeantes y ligeros;
    nuestros cuerpos: au roras y ponientes
    en la alegría loca de los vientos.
    ¡El corazón del mundo en nuestra boca!

    Poema I

    Caía mi sueño en la otra soledad de los canales.
    Regocígate, niño, la presencia graciosa de la muerte
    reparte en sombras alternadas el olor de los ángeles
    y levanta tus sordos desamparos.
    Niño de paz,
    han apagado las islas monótonas de los soles perfectos.
    Niño de paz,
    imito el mundo en un mi sueño ajeno a la claridad.
    Un silencio de música se apacienta en las torres.

    Poema III

    Está mi risa de niño
    Con la abuelita ciega de la noche obscura.
    Resuenan mis botas groseras de campesino
    en la ternura de los caballos,
    y he ido.
    Al son de ríos lúcidos y puros
    Tiemblan las curvas de los pozos como dulces
    patas de corderos.
    Encerrada en mis pasos sigue la noche obscura.

    (Nació en Orhei, Besarabia, actualmente Moldavia, en 1898. Llegó con su familia a la Argentina apenas cuatro años después. Siendo niño mostró inclinación por el dibujo y con 19 años se instaló por su cuenta en Buenos Aires, donde estudió filosofía antigua, griego y latín. Aunque pronto trabajó como docente, se dedicó a ejercer como músico callejero. Fue encarcelado y víctima de maltrato, lo que afectó su salud mental. Tras un período en Uruguay, tomó contacto en Argentina con Leopoldo Marechal y se unió al grupo de la revista Martín Fierro. Su primer libro data de 1936, “Molino Rojo”. Más adelante, en París, estuvo vinculado a César Vallejo. Pasó de períodos de misticismo profundo a otros de crisis con la fe. A comienzos de los 60, poemas suyos fueron incluidos en antologías y, años después, se acercó a él Vicente Zito Lema, quien se convirtió en su tutor. Murió en 1970, por un edema pulmonar. Entre otras publicaciones, Ediciones del Dock publicó en 2003 su “Poesía completa”. En el festival de poesía Encuentro con la Gente, realizado en Cosquín en enero de 2023, fue objeto de un homenaje).