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  • Paloma Fernández Gomá (España) / Partituras de la noche

    La otra orilla

    Imantado de luna se estremece el viento
    desde el ramaje que se dislumbra con el alba.

    Es cómplice la sombra, sobrevolando los avatares
    de la oscuridad.

    En la otra orilla los astros oscilan.

    No hubo viento capaz de penetrar la más extensa quietud.
    Esféricos oleajes que deambulan nos trajeron
    el canto de maitines esbozando sus primeras notas desde la diáfana claridad de un templo sin muros.

    La noche suele entonar sus partituras
    al escuchar la voz del rezo.

    Preámbulo de tormenta

    La soledad ha filtrado su presencia.
    El eco del tiempo merodea entre los árboles
    y su gris distancia oscila
    entre el sueño y la penumbra.
    Inició su singladura a través del tiempo
    al iniciarse la tormenta.

    Un denso oleaje hace doblegarse al viento
    desde la ambarina luz del ocaso.

    Así hubo de ser tañido el umbral del sielncio,
    inserto en unívoca presencia
    que brinda soledad.

    Detrás de la lluvia

    Después del rellano quedaba la calle vacía,
    ávida de encuentros,
    sumida en un largo olvido
    de hojas y puertas entreabiertas
    que, al olor de la lluvia,
    giraban tristemente sus goznes
    de centenaria memoria.

    Más tarde solía ponerse el sol
    sobre un perfil ecléctico
    y en débil membrana insinuaba
    el agua su presencia,
    ondulando entre jirones
    de gotas
    el eco de su eterno
    hábitat.

    Ángeles

    La sola voz del ángel azul
    germinó el réquiem
    que hubo de quedar tapizando
    el hueco de la luz.

    Y una esfera de arabescos delimitó
    la realidad de algunos iniciados
    que hubieron de auspiciar
    la profecía
    en los pasos que preceden
    a la hora del declive.

    Acaso hubo un néctar imposible
    adherido a la carne
    para mostrar la luminaria de los espejos
    que desafía el cerco del agua
    o la médula del tiempo,
    anclada junto a lagunas extensas
    donde se rinden las venas
    y pulula la nave del céfiro
    en el júbilo del retorno.

    Todavía es invierno

    Aunque todavía es invierno, ya huele a resina
    y el mirlo anida en mi costado
    para describir los signos de la primavera
    cuando el hisopo de la tarde se vuelve retama
    iniciando la ruta del deshielo.
    Sólo el agua transita los senos dormidos del tiempo
    si la lluvia cubre los témpanos
    y llevas el abrazo somnoliento de la noche en tu regazo.
    Las agujas de los pinos acuden al soliloquio de las horas
    cuando la tarde se desplaza por los últimos caminos.
    La soledad retoma su presencia cuando añoras ausencias.
    No anclarse en el pasado para vivir el presente.
    Los huecos del alma son interminables caminos
    que nunca acabas de recorrer.
    Hay que mirar el anochecer como la aventura
    de un inicio consensuado
    para ir pasando las páginas de los tótems
    que están obligados a permanecer.

    Entremares

    Se ve como camina el mar
    y, a su antojo,
    sube colinas de espuma,
    se precipita por torrentes salinos
    y asciende hasta donde Ceuta
    custodia el tiempo
    desde el monte Hacho.
    Las Murallas aguardan
    el devenir de la historia,
    su peregrinaje de herraduras
    y ciclamen,
    su olor a narciso henchido
    por la bruma del Estrecho.
    Más allá de la singladura
    queda, siempre, la palabra,
    el agua teñida de tiempo
    o la extensa bahía, donde Algeciras
    habla con la luna
    y la broza se mezcla de arena.

    La pequeña vendedora de sol

    África en tu costado
    se recuesta cada tarde,
    mientras tu voz se consume
    en una danza pretérita
    que presagia la lluvia.

    Entre punzadas queda
    tu nombre, empapado de luz.
    Y es osamenta enmohecida,
    la calle,
    si desde el grito, la mirada
    quedase atrapada.

    Estará siendo reclamo de paz
    tu caminar quebrado
    en el limo de las horas
    con ritmo de acero sacudido
    por las hojas;
    herida tu cintura, descuelga a cada instante
    una sonrisa,
    que solitaria de néctar,
    acostumbra a penetrar la noche
    con el húmedo cuenco
    que recita la siembra.

    No hay distancia que habite
    todas las manos
    y quiebre de luz la constante sombra.

    La pequeña vendedora de sol enciende
    la perdida senda de las frutas
    que conduce hasta el muelle
    donde África navega hacia la deriva.

    (Nació en Madrid, en 1958. Publica poesía desde 1991, cuando se dio a conocer con “El ocaso del girasol”. Siguieron, entre otros títulos, “Sonata floral”, 1999; “Paisajes íntimos”, 2000; “Tamiz del desasosiego”, 2003; “Cáliz amaranto”, 2005; “Desde el alféizar” y “Acercando orillas”, 2008; “Espacios oblicuos”, 2015; “Iris”, 2017; y “La soledad que nos habita”, 2022. Está incluida en gran cantidad de antologías en su país y en el exterior, y es también narradora. Poemas suyos fueron traducidos al árabe, francés, inglés, italiano, mallorquín, portugués y rumano. Fundó en 2012 la revista Dos Orillas).

Declarada de interés cultural (2014)

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