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Poetas de Venezuela

   JUAN LISCANO

 

   La edad del chorro

 

Los nombres de lugar nunca supieron que decían petróleo

Mene Grande Bachaquero Tía Juana Cabimas Mara La Paz Petróleo

Lagunillas del fuego que vio encenderse el agua en torno suyo y

   ardió en unas horas como alguna ciudad maldita por el cielo

Guanoco del petróleo muerto

Temblador sobre su sabana que baña el Orinoco y Jusepín frente

   al río Guarapiche y Caripito entre sus montes no se llaman

   Monagas sino Petróleo

porque la araña veloz que bajo tierra teje su red como yedra

   vertiginosa

la yedra que se desparrama como un mar vegetal y trepador

son el Petróleo

Padre que se fue sacando los hijos del vientre

Padre Mene en una Tierra muerta de sed digo moribunda de

   tanta Guerra a Muerte y hombres de mala entraña

Padre Crudo no nos abandones a la hora de la mayor necesidad

hora nona que hemos de vivir por culpa tuya por nuestra culpa

   de ayer de hoy y de mañana

como sequía roedora de la tierra

como aguacero torrencial que vuelve a roer el pellejo que pisamos

cuero abandonado a la intemperie bajo el cual arden los hormigueros

   y hormiguean las guasaneras

Piache invisible que estás en todas partes sin estar en ninguna

   para tocar y ver tu piel desnuda

porque tú te manifiestas sólo por la herida como la sangre

o por la combustión como la llama

y nada está más cerca y más lejos de ti que el hombre mismo a

   quien niegas o ennobleces.

¿Recuerdas tu podre cuando empezabas a fermentar bajo capas

   de limos y de escombros

en los confines de las tierras y de los mares llanos

en las lagunas litorales o en los deltas con varios

   cuellos de agua

o en las desembocaduras de lentos estuarios?

animalillo podrido y alga putrefacta y barro hediondo y ácido

   nauseabundo

Rey que triunfalmente alzaste un día tu gran plumaje tembloroso

   de aceite

para servirte están los hombres capaces de edificar ciudades

   como escalones de granito

los hombres capaces de robar el vuelo del ave la nadadura del

   pez y el poder del sol reflejado

los hombres que tú sirves también en una contienda de luz y

   sombra sin porvenir seguro.

 

Hombre y negro manantial trementina y cabellera sudor y

   combustible osamenta y arenisca

un hombre de petróleo se yergue entre sus hornos sale

   mascando su chicle de petróleo

enciende el motor de su petróleo rodante y va por el petróleo de

   la calle hacia su casa petróleo

en una ciudad enteramente petróleo de un país de aceites

   blancos grasas saturantes ceras naftas gas lubricantes

   combustibles de calderas aceites refinados parafinas asfaltos

   negro humo petrolatos.

 

¿Qué energía está naciendo bajo el flujo de aceite indetenible?

¿Qué vagido romperá su cáscara a la hora de los brotes y de los

   afloramientos?

¿Qué niñez del mundo y de la especie asomará entre las

   fuentes rotas?

 

¿Qué esplendor de vida unirá sus destellos a los espejismos de

   Dorados o qué ceniza irá cubriendo las ciudades de la

   fábula?

¿De ayuno o de abundancia serán los años que ya presiento y

   a cuya puerta constelada no quiero tocar?

 

(De “Antología Poética”, 1942-1991, con prólogo de Oscar Rodríguez Ortiz, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 1993, Caracas. Juan Liscano nació en Caracas en 1914, y murió en esa misma ciudad en 2001. “Nuevo mundo Orinoco”, de 1959, junto con “Cármenes”, de 1966, “Fundaciones”, de 1981, son mencionados entre sus libros de poesía más importantes, además de su “Antología Personal”, de 1990. Fue también ensayista y crítico, y director de Monte Ávila Editores Latinoamericana).

 

   JUAN CALZADILLA

 

   Hacíamos la revolución

 

A medida que las palabras gotean

desde la espumante cerveza

con más encendido ardor y con fe más vehemente

el discurso teje de boca a boca

un fuego incendiario que a esta ciudad

más rápido que a Roma volvería cenizas

si lo que estos hombres hablan en el bar,

ay, no fuera tan necio.

 

 

   La crisis

 

 

Dios dispuso de bastante tiempo

para constatar que mi país estaba torcido

y, pese a todo, no pudo enderezarlo

o no se molestó en hacerlo

cuando hubiera podido,

quizás convencido de que era ya tarde

y dejó que siguiera como estaba.

Ahora es difícil hacer algo.

Dios también está torcido

y aquí nadie cree en milagros.

 

 

   La luz de mis trópicos

 

Aquí nadie está claro y en primer lugar

yo tampoco.

¿Y por qué tendría que estar claro?

Lo que tiene que estar claro es la luz.

Con una claridad meridiana en alza

como las acciones de la bolsa

 

puede verse todo claramente.

Si no hay claridad en ti ni en mi

¿por qué preocuparse?

Goza tú de esta luz maravillosa,

de este paisaje cebado en los trópicos.

 

La confusión ideológica en mi país

es pura inocencia.

La situación política

perdonen si no la entiendo.

¿Acaso soy yo el más llamado a entenderla?

En mi país quien está claro

sencillamente es un tonto.

¡Que se roben ya las arcas

y que lo hagan cuanto antes

pero a mi que me dejen

la luz de los trópicos!

 

                                              (1992)

 

(Los primeros dos poemas fueron tomados de “Antología mínima”, con selección de Daniel Samoilovich y D.G. Helder, colección de poesía Personae, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1995. El último de ellos fue tomado de “Ecólogo de día feriado, Antología personal”, con prólogo de Miguel Márquez, Biblioteca Básica de Autores Venezolanas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2005. Juan Calzadilla nació en Altagracia de Orituco, en 1931. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1954, con “Primeros poemas”. En el grupo “El techo de la ballena”, que fundó en 1961, coincidió con otros creadores adheridos a corrientes vanguardistas, combinadas con intervención en la realidad y activismo político. Pintor y crítico, Calzadilla obtuvo en 1996 el Premio Nacional de Cultura de Venezuela, mención Artes Plásticas).

 

   RAMÓN PALOMARES

 

   Un gran sueño

 

a)

 

Mi esposa han sido estas distancias

salvajes

cuyas puertas son exterminio;

aquí cantaron los pájaros que quise

y murió la muchacha que amaba, entre valles ardientes;

jugué la mocedad

aquí

donde no había amistad por los siglos pasados.

 

b)

 

Hacia las revueltas estrellas mi país estalla

y persigue sus dones felices

en las cruces de los héroes.

Y en los lugares de su bandera es asesinado

como un hombre en lugar extraño

-buscando una moneda, buscando una dulce moneda

que rueda por las multitudes.

 

c)

 

Si él ha hablado

hemos perdido sus palabras.

Y si hubiese reído o llorado

habríamos perdido su risa o su llanto.

Pues nosotros sostenemos una augusta cámara funeral

expuestos a la risa y el llanto.

 

 

   Nuestra población

 

Población tan nuestra como las armas con que defendemos

     sus puertas

hija de nuestros brazos

madre de nuestros hijos

Yace aquí la vida de muchos

y sus huesos son abono de nuestra siembra

cal de estas paredes

vigas del techo

 

Tal vez no seas la más harmosa de las Indias

ni tu tesoro llegue a un sexto de Méjico

Mas

qué motivo que no fuera la muerte

podría sacarnos de estas calles!

Ah, casas sin pizca de lujo ni donaires de palacetes ni

     pretensiones de virreyes!

Santiago, Santiago de León, Semejanza nuestra!

Nuestros chismes

Odios

Rencillas

Pero más nuestro amor

fraternidades

sacrificios

y sobre todo

el esfuerzo con que prolongamos el lejano pueblo en que

     nacimos!

 

Las haciendas, encomiendas y enseres son el cielo

y estas colinas y praderas

-riberas soleadas, lluviosos bosques, resplandecientes

     montañas-.

Aunque la vieja tierra jamás podamos olvidar

 

Ya no podremos arrancarnos de vos Santiago de León

ni sacudir el polvo que con heridas, manchas y virtudes

has ajuntado en nuestra sangre.

Y seremos ya esta única ventura

Tu ventura y tu gracia

hasta el fin.

 

  

   Infiernos que traen perros y fuego

       (Muerte de Guaicaipuro)

 

 

Sueño cómplice

no dejes que lo maten,

anúnciale con tu luz –dile

con tu mágica lengua.

Sacúdelo y que huya

Porque ya se aproximan los matadores

-infiernos que traen perros y fuego.

 

Sacúdelo

 

   “-Vamos Guaicaipuro, vamos

   que la noche te guarda muchas heridas,

   No te quedes acurrucado

                                  ¡Levántate!

   Vuela a otra de tus casas”

 

Qué hacían los guardas de su sueño!

Dónde estaban los que debían ver a su lado!

 

Subiendo por los espinazos del monte

Qué silenciosos

Qué callados

   ¡Qué tenebrosos los que hurgan la noche!

 

Sus caballos traen envueltos los cascos

Sus perros llevan bozal

   Y suben –mudos- por la niebla.

 

Qué pájaros del crimen

Qué cuchillos

Y el traidor que los lleva ¡Míralo!

¡Ah velo de negrura sus ojos!

 

Sube, Caravana de muerte,

Espanto, Sube!

 

Noche densa

amarga noche de la muerte

        Como los acompañas!

 

Tascaron los perros su garganta

y por las peñas

        lo arrastraron,

lo que no hicieron sus dientes

lo que dejaron sus mandíbulas

terminó el fuego con sus uñas.

 

Bajaron de nuevo

y estaba lleno de rocío

-una rama de gloria que la noche

alentó

           para cerrar sus ojos.

 

(De “Antología poética”, con prólogo de Luis Alberto Crespo y cronología de Enrique Hernández-D’Jesús”, Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 2004. Ramón Palomares nació en Escuque, estado de Trujillo, en 1935. Graduado en Letras, publicó su primer libro de poesía en 1958, “El Reino”. Integró el grupo “El techo de la ballena”, fundado por Juan Calzadilla. Su muy extensa obra poética le dio en 1975 la obtención del Premio Nacional de Literatura de su país, por “Adiós a Escuque”. Sus versos fueron integrados a antologías y tuvo también publicaciones en el exterior, como “El reino de Escuque”, que en 2005 fue publicado por Fondo Editorial Casa de las Américas, de Cuba).

 

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