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    Los símbolos nunca callan, así nosotros nos hagamos los sordos
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño
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    Del amor también se sale, muerto de latidos
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    Quiero que solo me apuñales a mi
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Feliz cumpleaños, Rafael

Se realizan durante diciembre, pero en especial el 16 de ese mes, una serie de actividades para recordar a Rafael Alberti, quien cumpliría ese día 111 años. Como se informa en la sección noticias, la recordación incluye un recital de al menos tres horas, con participación de escolares del Puerto de Santa María, donde nació. (Entre los poemas que siguen fue incluido “Amaranta” a propuesta del lector William Sandoval, de Los Ángeles, Chile).

Yo también canto a América

Tú mueves propiedades en tu cielo,
astros que son verdad, estrellas tuyas,
planetas confiscados que en la noche
pasan gimiendo un rastro de cadenas.
Mueves bosques con hojas como círculos,
puertas verdes al sueño de los pumas,
bosques que marchan, selvas que caminan
invadiendo la sombra de raíces.
En tu entraña, piquetas y explosiones
dan a luz en lo oscuro nuevos ríos,
puestos al sol por hombres expropiados
a tu matriz herida y desangrada.
Ellos son, deben ser, y no los otros,
los que arañen sus manos en tus grietas,
los que tenaz descuelguen su desvelo
en tus ocultas venas sacudidas.
Tú no eres un cadáver extendido
de mar a mar, velado por palmeras.
Tú estás de pie, la sangre te circula,
pero entre dos orillas de fusiles.
Ni siquiera eres dueña de tus noches,
insultada en los bares y cantinas,
noches con ojos indios impasibles
por los que pasan flechas vengadoras.
Yo he visto Panamá desde las nubes
como albos continentes sin viajeros,
de norte a sur, y comprobando el Istmo,
sobre una larga zona de uniformes;
la flor del mar Pacífico, entrevista
como una cresta roja de mi infancia,
gritando, muda, por tus litorales
de azúcar y café, pero invadidos;
jacales y bohíos limosneros
que intentan vagamente ser aldeas,
con raigones en tierras que son suyas
y recelos de canes arrojados.
Oigo un clamor de pumas y caimanes,
de idiomas dominados a cuchillo,
de pieles negras atemorizadas,
entre un sordo rumor que se unifica.
Despierta, de improviso, en esa hora
que el terremoto verde de tus bosques
a tientas reconstruye con sonidos
los escombros nocturnos de sus ramas.
Despiértate, y de un salto reconquista
tu subterránea sangre de petróleo,
brazos de plata, pies de oro macizos,
que tu existencia propia vivifiquen.
Va a sonar, va a sonar, yo quiero verlo,
quiero oírlo, tocarlo, ser su impulso,
ese sacudimiento que destruya
la intervención armada de los dólares.
Las estrellas verdad se confabulen
con tu robado mar, la tierra, el viento,
contra esas trece bandas corrompidas
y esa Company Bank de estrellas falsas.
Recupere -ciclones en las manos,
sísmicas lavas de correr ardiendo-
el predominio vasto de tus frutas
y el control de tus puertos y aduanas.
Yo también canto a América, viajando
con el dolor azul del mar Caribe,
el anhelo oprimido de sus islas,
la furia de sus tierras interiores.
Que desde el golfo mexicano suene
de árbol a mar, de mar a hombres y fieras
como oriente de negros y mulatos,
de mestizos, de indios y criollos.
Suene este canto, no como el vencido
letargo de las quenas moribundas,
sino como una voz que estalle uniendo
la dispersa conciencia de las olas.
Tu venidera órbita asegures
con la expulsión total de tu presente.
Aire libre, mar libre, tierra libre.
Yo también canto a América futura.

Amaranta

Rubios, pulidos senos de Amaranta,

por una lengua de lebrel limados.

Pórtico de limones, desviados

por el canal que asciende a tu garganta.

Roja, un puente de rizos se adelanta

e incendia tus marfiles ondulados.

Muerde, heridor, tus dientes desangrados,

y corvo, en vilo, al viento te levanta.

La soledad, dormida en la espesura,

calza su pie de céfiro y desciende

del olmo al mar de la llanura.

Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende,

y gladiadora, como un ascua impura,

entre Amaranta y su amador se tiende.

(De "Antología poética", Maestros de la Literatura Conteporánea, Losada, Buenos Aires. Rafael Alberti nació en El Puerto de Santa María, Cádiz, el 16 de diciembre de 1902, donde murió el 28 de octubre de 1999. Publicó "Marinero en tierra" en 1925, obra con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Luego siguieron "Cal y canto", de 1929; "El poeta en la calle", escrita entre 1924 y 1937; "Un fantasma recorre Europa", en 1937, y muchas otras. Marchó al exilio durante la dictadura franquista, aunque no dejó de actuar contra el régimen. De 38 años fuera de su país, pasó 24 en Argentina y 14 en Italia. Numerosas ediciones de sus obras se registraron en América Latina, con sucesivas reediciones. A su pedido, se lo recuerda siempre en el día de su nacimiento, y la Fundación que lleva su nombre lo hace leyendo sus versos, que son los que lo mantienen entre nosotros).

Costas de Venezuela
(Desde el "Colombie")

Se ve que estas montañas son los hombros de América.
Aquí sucede algo, nace o se ha muerto algo.
Estas carnes sangrientas, peladas, agrietadas,
estos huesos veloces, hincándose en las olas,
estos precipitados espinazos a los que el viento asesta un golpe
seco y verde a la cintura.
Puede que aquí suceda el silencioso nacimiento o la agonía de las nubes,
sombríamente espiadas desde lejos por mil picos furiosos de pájaros piratas,
cayendo de improviso lo mismo que cerrados balazos ya difuntos
sobre el horror velado de los peces que huyen.
Aquí se perdió alguien,
se hundió, se murió alguien,
algo que estas costillas,
que estos huesos saben callar o ignoran.
Pero, aquí existe un nombre,
una fecha,
un origen.
Se ve que estas montañas son los hombros de América.


Veinte minutos en La Martinique
(Fort de France)

Calor de ron pasado por suaves maderas,
esperando las bajas bodegas de los barcos
junto a los cobertizos sucios de la aduana.
Volvéis de pronto a mí, ahora en el trópico,
gaditano perfume de barriles,
alboreados toneles por los embarcaderos tendidos a los pies de las pescaderías
saliendo de la noche.
Pero no eres el mismo,
calor triste de ron que subes mareando las palmeras,
ola de ron ardiendo,
ordenada,
encerrada,
arrastrada por negros como asnos de apariencia tranquila.
Que ahora todo sucede en este puerto calcinado del trópico,
sobre este despiadado basurero,
esta flotante y triste colonia basurero
que se estrangula aquí,
que ancla aquí su cadáver,
enganchándolo al de esas otras islas que quisieran fugarse,
huir a favor de algún confabulado viento de media noche.
Calor duro de ron,
sudor de negro,
clamor sordo de negro,
llanto oculto de negro,
alba negra de negro despertando.
(Con rumbo a la Guayana,
sin tocar a las costas que quisieran no verlo aunque lo miran,
pasa un barco francés con 700 presos).

Retornos de la dulce libertad

Podías, cuando fuiste un marinero en tierra,

ser más libre que ahora,

yéndote alegremente,

desde las amarradas comarcas encendidas

de tu recién nacido soñar, por los profundos

valles de huertos submarinos, por las verdes

laderas de delfines, sumergidos senderos

que iban a dar a dulces sirenas deseadas.

Podías, bien podías entonces, bien podías,

sin lágrimas inútiles, sin impuestas congojas,

viajar, llenos de viento los labios, como un golpe

de abierta luz en medio del corazón, bien alta

la valerosa vida cayendo de tu frente.

¿En dónde las fronteras entonces, ese miedo,

ese horror a los límites,

ese cerco que escuchas avanzar en la noche

como un triste mandato que ha de cumplirse al alba?

Libertad, dulce mía,

por muy niña que fueses,

por más chicos que fueran tus tiernos pasos, dime,

contéstame si aún tus pequeños oídos

me conocen: ¿No intentas, fugitiva y cantando,

retornarme a tus libres comarcas venturosas?

¿Quién te encarcela, dime? Di, ¿quién te pone grillos?

¿Quién te esposa las alas y quién, dime, cerrojos

clava en tu lengua y sombras pone sólo en tus ámbitos?

Libertad, no me dejes. Vuelve a mí, dura y dulce,

como fresca muchacha madurada en la pena.

Hoy mi brazo es más fuerte que el de ayer, y mi canto,

encendido en el tuyo, puede abrir para siempre,

sobre los horizontes del mar, nuestra mañana.

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