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Palabra de mujer (II)

ROSARIO CASTELLANOS

Jornada de la soltera

I

Da vergüenza estar sola. El día entero

arde un rubor terrible en su mejilla.

(Pero la otra mejilla está eclipsada.)

La soltera se afana en quehacer de ceniza

en labores sin mérito y sin fruto

y a la hora en que los deudos se congregan

alrededor del fuego, del relato,

se escucha el alarido

de una mujer que grita en un páramo inmenso

en el que cada peña, cada tronco

carcomido de incendios, cada rama

retorcida es un juez

o es un testigo sin misericordia.

De noche la soltera

se tiende sobre el lecho de agonía.

Brota un sudor de angustia a humedecer las sábanas

y el vacío se puebla

de diálogos y de hombres inventados.

Y la soltera aguarda, aguarda, aguarda.

Y no puede nacer en su hijo, en sus entrañas,

y no puede morir

en su cuerpo remoto, inexplorado,

planeta que el astrónomo calcula,

que existe aunque no ha visto.

Asomada a un cristal opaco, la soltera

-astro extinguido- pinta con un lápiz

en sus labios la sangre que no tiene.

Y sonríe ante un amanecer sin nadie.

II

¿Qué hay más débil que un dios? Gime hambriento y

husmea

la sangre de la víctima

y come sacrificios y busca las entrañas

de lo creado, para hundir en ellas

sus cien rapaces.

(Un dios. O ciertos hombres que tienen un destino.)

Cada día amanece

y el mundo es nuevamente devorado.

III

Los ojos del gran pez nunca se cierran.

No duerme. Siempre mira (¿a quién? ¿a dónde?)

en su universo claro y sin sonido.

Alguna vez su corazón, que late

tan cerca de una espina, dice: quiero.

Y el gran pez, que devora

y pesa y tiñe el agua con su ira

y se mueve con nervios de relámpago,

nada puede, ni aún cerrar los ojos.

Y más allá de los cristales, mira.

(De “Antología Básica Contemporánea de la Poesía Latinoamericana”, con selección y presentación de Daniel Barros. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1973. Rosario Castellanos nació en Ciudad de México en 1925 y murió en Tel Aviv en 1974. Al estudiar filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México trabó relación con Ernesto Cardenal, Jaime Sabines y Augusto Monterroso, entre otros. Se desempeñó como docente en varias universidades. Ya en 1958 recibió el premio Chiapas por su obra “Balún Canán” y dos años después el Xavier Villaurrutia por “Ciudad Real”. Fue defensora de los derechos de las mujeres. Además de poesía, escribió cuentos, ensayos y novelas).

ANA GUILLOT

II

Casi secretos los caminos

escondidos.

Entro y salgo de ellos,

me desvelo.

Soy puro fulgor o puro barro.

Incendio limpidez o la clausuro.

Casi secretos los caminos.

Abismo insular

el ser humano.

Sólo de cuando en cuando

un beso crepuscular o una mirada.

Casi secretos tus caminos,

casi secretos los míos.

Desvelamos luz

y somos

sólo sombras,

sólo hombre y mujer

en tensa espera.

VII

Y ya no es un estío de glicinas

sino un aire desmesuradamente gris.

Esqueletos tensos,

raíces de hojas que serán

y un viento metálico

desdoblado en el sol.

Es tiempo de espera,

austero y tercamente frío.

Es hojarasca ocre

ensoñada en la vereda húmeda

de la mañana.

Es tiempo de recolección,

de interiores,

de buscar almas y redondear besos

en noches largamente íntimas.

Y ya no es este estío de glicinas

que estalla en los muros

y en el cuerpo,

sino este otro tiempo

de ojos que entrecierran el fuego.

Tiempo hacia adentro.

(Desmesuradamente gris,

ocre en espera).

X

No dejar en reposo la patria interior.

No abandonar.

No dejar.

No dejar que se integre en sepultura.

Tal vez

reunir el polvo

y amasarlo con generosa mano.

No abandonar el corazón yerto en el foso.

No dejar.

Tal vez

humedecer en calor.

Tal vez

acariciar el polvo

y anudarlo en terrón esencial.

Porque no hay abismo

si el movimiento rota en permanencia

hacia adentro.

Hacia uno

siempre.

Por eso

no dejar en exilio la patria interior.

Ahondar

tal vez

el hueco

aunque cavar

también suponga un dolor sólido,

visceral

terrestre

encarnado.

Por eso no dejar en reposo.

No abandonar el terrón medular.

Humedecerlo en calor,

en continua latencia.

Acariciar la raíz

que siempre intenta alimentarse

en sabia nervadura.

Y entregarse en aleluyas

cuando se insinúe la planta

verde y nueva.

Por eso,

no dejar ni abandonar.

(De “Curva de mujer”, Colección de Poesía Todos Bailan, Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, 1994. Ana Guillot nació en Buenos Aires, en 1953. Es profesora en Letras y ejerció como docente en varias instituciones. Estuvo entre las primeras escritoras en desarrollar talleres literarios en escuelas. Publicó también “Abrir las puertas (para ir a jugar)”, en 1997; “Mientras duerme el inocente”, en 1999, y “Los posibles espacios”, en 2004. También publicó narrativa y ensayo).

CIRCE MAIA

En el tiempo

Hay eso que se acaba y sin terminarse

que se queda así, como capullo roto

gajo recién nacido, quebrado, una verde

planta pisada.

Pero hay cosas maltrechas, resistiendo

gastadas, sin fuerzas

y sin embargo están, ya ni se sabe cómo

y sin embargo quedan,

cuando se cortan hilos extendidos

a tiempos no llegados

se ve desmoronarse

azul y resplandor de luz de agua, nuevo

verde que llegaría

voz que se escucharía

que se hubiera escuchado

y color de mañana silenciosa

desprendiéndose, lenta

de noches que vendrían.

Se acaba y borra

hora naciente

de golpe hundida.

En cambio nos quedan, no se van nunca

viejos restos, como hoja arrugada

amarilla de vieja

esqueleto de resto de vida

y se queda.

Opacidad

El ojo indiferente decolora

enfría y empareja.

Todo es igual para las miradas neutras

una cosa entre otras

un rostro entre los otros

un gesto entre otros gestos.

Por encima palabras y palabras

como una lluvia sorda.

Y nada sobresale: mar parejo

horizonte cerrado.

Sombra.

Vacío mar del tiempo.

Una hora se mira en otras horas

y todas son iguales.

El ojo las contempla ya sin verlas

y ya no es más mirada.

Es ojo seco. Piedra.

Dureza fría. Cosa.

Poemas de Caraguata

(imagen final)

III

Varios relojes invisibles miden

el pasaje de distintos tiempos.

Tiempo lento: las piedras

vueltas arena y cauce

del río.

Tiempo

de estiramientos:

despacioso, invisible

el reloj vegetal da la hora verde

la hora roja y dorada, la morada, la cenicienta.

Todas acompasadas, silenciosas,

o con un son oscuro, que no oímos.

Apoyado a la vez en roca y árbol

un ser de parpadeos y latidos

un ser hecho de polvo de memoria

está allí detenido.

Y quiere penetrar disimuladamente

en otro ritmo, en otro tiempo

ajeno.

(De “Orientales, Uruguay a través de su poesía, Siglo XX”, con estudio, selección y notas de Amir Hamed, Editorial Graffitti, Montevideo, 1996. Circe Maia nació en Montevideo, en 1932. Estudio Filosofía y Ciencias Sociales. En 1944 publicó “Plumitas”. En 2007 se editó su “Obra poética”. Algunos de sus poemas fueron musicalizados por varios compositores, entre ellos Daniel Viglietti. Se editaron discos en los que leyó sus poemas).

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