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    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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Luis Cernuda

Se cumplen en noviembre cincuenta años de la muerte del poeta español Luis Cernuda. A raíz de ello, se realizan una serie de actos de recordación y homenaje (Noticia en http://www.lapoesiaalcanza.com.ar/index.php/noticias/755-multiples-homenajes-a-luis-cernuda-en-espana-con-unas-violetas)

Peregrino

¿Volver? Vuelva el que tenga,

Tras largos años, tras un largo viaje,

Cansancio del camino y la codicia

De su tierra, su casa, sus amigos,

Del amor que al regreso fiel le espere.

Mas ¿tu? ¿volver? Regresar no piensas,

Sino seguir libre adelante,

Disponible por siempre, mozo o viejo,

Sin hijo que te busque, como Ulises,

Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.

Sigue, sigue adelante y no regreses,

Fiel hasta el fin del camino y tu vida,

No eches de menos un destino más fácil,

Tus pies sobre la tierra antes no hollada,

Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

Quisiera estar solo en el sur

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur

De ligeros paisajes dormidos en el aire,

Con cuerpos a la sombra de ramas como flores

O huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta,

Y esa voz no se extingue como pájaro muerto;

Hacia el mar encamina sus deseos amargos

Abriendo un eco débil que vive lentamente.

En el sur tan distante quiero estar confundido,

La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;

Su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.

Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.

Los marineros son las alas del amor

Los marineros son las alas del amor,

Son los espejos del amor,

El mar les acompaña,

Y sus ojos son rubios lo mismo que el amor

Rubio es también, igual que son sus ojos.

La alegría vivaz que vierten en las venas

Rubia es también,

Idéntica a la piel que asoman;

No les dejéis marchar porque sonríen

Como la libertad sonríe,

Luz cegadora erguida sobre el mar.

Si un marinero es mar,

Rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,

No quiero la ciudad hecha de sueños grises;

Quiero sólo ir al mar donde me anegue,

Barca sin norte,

Cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.

(De “Luis Cernuda, 34 poemas”, Mitos Poesía, Mondadori, Madrid, 1998. Luis Cernuda nació en Sevilla, el 21 de septiembre de 1902, y murió en Ciudad de México, el 5 de noviembre de 1963. Estudió Derecho y Literatura Española. Había comenzado a leer poesía a los nueve años. Pedro Salinas, que había sido profesor suyo, lo conectó con otros escritores. Participó de tertulias literarias y en 1925 conoció a Juan Ramón Jiménez. Publicó sus primeros poemas en “Revista de Occidente”. Ya en Madrid, publicó en 1927 “Perfil del aire”. Se relacionó con Vicente Aleixandre, Federico García Lorca y Rafael Alberti. Aquí empezó a adquirir cuerpo una escritura poética que lo integrará a la Generación del 27. Cuando Federico fue asesinado escribió una elegía, y más adelante participó del Segundo Congreso de Intelectuales Antifascistas, en Valencia, donde conoció a Octavio Paz, a quien verá posteriormente en México. Su condición de homosexual le dificultó la vida en la conservadora sociedad española y viajó primero a Inglaterra y luego a Estados Unidos, para llegar a México en 1952. En poesía publicó también “Égloga, elegía y oda”, “Un río, un amor”; “Los placeres prohibidos”; “Donde habite el olvido”; “Invocaciones a las gracias del mundo” y “Desolación de la quimera”. Desde 1936 reunió sus poemas bajo un título único, “La realidad y el deseo”, que alcanzó una versión definitiva en 1964, un año después de su muerte en México).

Sentimiento de otoño

Llueve el otoño aún verde como entonces

Sobre los viejos mármoles,

Con aroma vacío, abriendo sueños,

Y el cuerpo se abandona.

Hay formas transparentes por el valle,

Embeleso en las fuentes,

Y entre el vasto aire pálido ya brillan

Unas celestes alas.

Tras de las voces frescas queda el halo

Virginal de la muerte.

Nada pesa ganado ni perdido.

Lánguido va el recuerdo.

Todo es verdad, menos el odio, yerto

Como ese gris celaje

Pasando vanamente sobre el oro,

Hecho sombra iracunda.

Impresión de destierro

Fue la pasada primavera,

Hace ahora casi un año,

En un salón del viejo Temple, en Londres,

Con viejos muebles. Las ventanas daban,

Tras edificios viejos, a lo lejos,

Entre la hierba el gris relámpago del río.

Todo era gris y estaba fatigado

Igual que el iris de una perla enferma.

Eran señores viejos, viejas damas,

En los sombreros plumas polvorientas;

Un susurro de voces allá por los rincones,

Junto a mesas con tulipanes amarillos,

Retratos de familia y teteras vacías.

La sombra que caía

Con un olor a gato,

Despertaba ruidos en cocinas.

Un hombre silencioso estaba

Cerca de mí. Veía

La sombra de su largo perfil algunas veces

Asomarse abstraído al borde de la taza,

Con la misma fatiga

Del muerto que volviera

Desde la tumba a una fiesta mundana.

En los labios de alguno,

Allá por los rincones

Donde los viejos juntos susurraban,

Densa como una lágrima cayendo,

Brotó de pronto una palabra: España.

Un cansancio sin nombre

Rodaba en mi cabeza.

Encendieron las luces. Nos marchamos.

Tras largas escaleras casi a oscuras

Me hallé luego en la calle,

Y a mi lado, al volverme,

Vi otra vez a aquel hombre silencioso,

Que habló indistinto algo

Con acento extranjero,

Un acento de niño en voz envejecida.

Andando me seguía

Como si fuera solo bajo un peso invisible,

Arrastrando la losa de su tumba;

Mas luego se detuvo.

“¿España?”, dijo. “Un nombre.

España ha muerto”. Había

Una súbita esquina en la calleja.

Le vi borrarse entre la sombra húmeda.

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