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    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
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    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
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    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Álvaro Mutis

Cada poema

Cada poema un pájaro que huye

del sitio señalado por la plaga.

Cada poema un traje de la muerte

por las calles y plazas inundadas

en la cera letal de los vencidos.

Cada poema un paso hacia la muerte,

una falsa moneda de rescate,

un tiro al blanco en medio de la noche

horadando los puentes sobre el río,

cuyas dormidas aguas viajan

de la vieja ciudad hacia los campos

donde el día prepara sus hogueras.

Cada poema un tacto yerto

del que yace en la losa de las clínicas,

un ávido anzuelo que recorre

el limo blando de las sepulturas.

Cada poema un lento naufragio del deseo,

un crujir de los mástiles y jarcias

que sostienen el peso de la vida.

Cada poema un estruendo de lienzos que derrumban

sobre el rugir helado de las aguas

el albo aparejo del velamen.

Cada poema invadiendo y desgarrando

la amarga telaraña del hastío.

Cada poema nace de un ciego centinela

que grita al hondo hueco de la noche

al santo y seña de su desventura.

Agua de sueño, fuente de ceniza,

piedra porosa de los mataderos,

madera en sombra de las siemprevivas,

metal que dobla por los condenados,

aceite funeral de doble filo,

cotidiano sudario del poeta,

cada poema esparce sobre el mundo

el agrio cereal de la agonía.

De la ciudad

¿Quién ve a la entrada de la ciudad

la sangre vertida por antiguos guerreros?

¿Quién oye el golpe de las armas

y el chapoteo nocturno de las bestias?

¿Quién guía la columna de humo y dolor

que dejan las batallas al caer la tarde?

Ni el más miserable, ni el más vicioso

ni el más débil y olvidado de los habitantes

recuerda algo de esta historia.

Hoy, cuando el amanecer crece en los parques

el olor de los pinos recién cortados,

ese aroma resinoso y brillante

como el recuerdo vago de una hembra magnífica

o como el dolor de una bestia indefensa,

hoy, la ciudad se entrega de lleno

a su niebla sucia y a sus ruidos cotidianos.

Y sin embargo el mito está presente,

subsiste en los rincones donde los mendigos

inventan una temblorosa cadena de placer,

en los altares que muerde la polilla

y cubre el polvo con manso y terso olvido,

en las puertas que se abren de repente

para mostrar al sol un opulento torso

de mujer que despierta entre naranjos

-blanda fruta muerta, aire vano de alcoba-.

En la paz del mediodía, en las horas del alba,

en los trenes soñolientos cargados de animales

que lloran la ausencia de sus crías,

allí está el mito perdido, irrescatable, estéril.

Apuntes para un funeral

fragmento

II

Batallas Batallas Batallas

que recorren la tierra con prisa de animales sedientos

o semillas estériles de instantánea belleza.

Trapos que el viento baraja

oliva blanco cobalto púrpura

savia confusa de la guerra, de la humana conquista

de territorios bajo un cielo antiguo

protector de legiones –corazas al viento de la tarde,

rígidas estatuas de violencia sumergidas en alcoholes bárbaros-

batallas sin voz, batallas a medianoche

en rutas anegadas, entre carros atascados

en un espeso barro de milenios.

(De “Veinticuatro poetas latinoamericanos”, antología para nuevos lectores coordinada por el CERLALC. Editor responsable, CIDCLI, México, coedición latinoamericana con participación de editoriales de Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Chile, Guatemala, México, Perú, Puerto Rico, República Dominicana y Venezuela. Ciudad de México, 1997. Álvaro Mutis nació el 25 de agosto de 1923 en Bogotá, y murió el 22 de septiembre de 2013 en Ciudad de México. Publicó su primer libro de poemas, “La balanza”, en 1948. Fue también narrador y ensayista. A partir de 1974, cuando ganó el Premio Nacional de Letras, de Colombia, obtuvo gran cantidad de reconocimientos, como el Nacional de Poesía de su país, en 1983; Premio Xavier Villaurrutia de México, en 1988; el Príncipe de Asturias de las Letras, en 1997; el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, ese mismo año; y el Cervantes, en 2001. En México estuvo ligado también a la producción cinematográfica).

Una palabra

Cuando de repente en mitad de la vida llega una palabra jamás antes pronunciada, una densa marea nos recoge en sus brazos y comienza el largo viaje entre la magia

recién iniciada,

que se levanta como un grito en un inmenso hangar abandonado donde el musgo

cobija las paredes,

entre el óxido de olvidadas criaturas que habitan un mundo en ruinas, una palabra

basta,

una palabra y se inicia la danza pausada que nos lleva por entre un espeso polvo de

ciudades,

hasta los vitrales de una oscura casa de salud, a patios donde florece el hollín y andan

densas sombras,

húmedas sombras, que dan vida a cansadas mujeres.

Ninguna verdad reside en estos rincones y, sin embargo, allí sorprende el mudo pavor que llena la vida con su aliento de vinagre –rancio vinagre que corre por la mojada

despensa de una humilde casa de placer.

Y tampoco es esto todo.

Hay también las conquistas de calurosas regiones, donde los insectos vigilan la

copulación de los guardianes del sembrado

que pierden la voz entre los cañaduzales sin límite surcados por rápidas acequias

y opacos reptiles de blanca y rica piel.

¡Oh el desvelo de los vigilantes que golpean sin descanso sonoras latas de petróleo para espantar los acuciosos insectos que envía la noche como una promesa de vigilia!

Camino del mar pronto se olvidan estas cosas.

Y si una mujer espera con sus blancos y espesos muslos abiertos como las ramas de un

florido písamo centenario,

entonces el poema llega a su fin, no tiene ya sentido su monótono treno de fuente

turbia y siempre renovada por el cansado cuerpo de viciosos gimnastas.

Sólo una palabra.

Una palabra y se inicia la danza

de una fértil miseria.

Invocación

¿Quién convocó aquí a estos personajes?

¿Con qué voz y palabras fueron citados?

¿Por qué se han permitido usar

el tiempo y la substancia de mi vida?

¿De dónde son y hacia dónde los orienta

el anónimo destino que los trae a desfilar frente a nosotros?

Que los acoja, Señor, el olvido.

Que en él encuentren la paz,

el deshacerse de su breve materia,

el sosiego a sus almas impuras,

la quietud de sus cuitas impertinentes.

No sé, en verdad, quiénes son,

ni por qué acudieron a mí

para participar en el breve instante

de la página en blanco.

Vanas gentes estas,

dadas, además, a la mentira.

Su recuerdo, por fortuna,

comienza a esfumarse

en la piadosa nada

que a todos habrá de alojarnos.

Así sea.

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