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Tambores contra la guerra II

WILLIAM OSPINA

Los hijos del soldado

Mi padre era maestro. Yo tenía siete años.

Y un día recibió, como todos, la carta.

Había sido aceptado en el partido

(aunque él jamás habría solicitado el ingreso).

Le enviaron un escudo con la esvástica.

Unos meses después marchaba rumbo a Rusia.

Mi madre estaba enferma aquel invierno,

los tres niños debíamos hacerlo todo en casa.

Y a veces venían cartas desde el frente oriental.

La guerra era una ausencia, un silencio, un temor que crecía.

Después las cartas se acabaron, y se acabó la guerra.

Y los hombres volvieron, pero él seguía en el frente.

Qué larga fue la infancia; qué triste está Alemania en la memoria.

Los tres íbamos juntos cada sábado

a esperar aquel tren.

Sin hablar lo esperábamos.

Y mi madre creía que estábamos jugando en los campos vecinos.

Año tras año, sin faltar, cada sábado,

sin decírselo a nadie,

esa estación nos vio crecer callando.

Cuando caía la noche, regresábamos.

Oyendo gemidos distantes el enfermero se inyecta

Allí va la luna recorriendo mudos cielos de angustia

y parecen de oro las ciudades bajo esta lluvia cruel

de saber y de fuego,

tiemblan y se destrozan los instantes, los árboles de vidrio

bajo el canto del mirlo,

y oigo a la nube estremecida escondiéndose bajo las barcas.

Porque aquí hasta la llama siente culpa,

siente que la pervierten nuestras manos,

y quisieran mirar hacia otro mundo las estrellas cansadas

de esta obsesión de heridas,

y ruedan lentas lágrimas de los ojos de bronce

entre el bosque que sufre y el cielo mutilado

y el agua atravesada de cuchillos.

Ojos de horror abriéndose en las zarzas,

la flor ha enloquecido, el día se alza en plagas

y el enfermo horizonte odia su cielo.

Los espejos azules expulsan a la hermana

y sólo queda una redoma fatídica

en este rojo caos de hospitales concéntricos

de sangre y sangre y gritos sobre gritos,

un infinito anhelo de ignorancia y de olvido.

Y el beso de la muerte en los tulipanes amargos

que ascienden de la savia de las trincheras.

(De "Poesía, 1974-2004", Ediciones de Arte Dos Gráfico, Revista Número Ediciones, Bogotá, Colombia. Esta antología incluye "Hilo de arena", "La Luna del Dragón", "El país del viento", "¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?", "Africa", "Poemas tempranos" y "La prisa de los árboles", estos dos últimos inéditos al momento de la edición, en noviembre de 2004. William Ospina obtuvo reconocimientos numerosos: Premio Nacional de Ensayo 1982, Premio Nacional de Poesía 1992, Premio de Ensayo Ezquiel Martínez Estrada otorgado por Casa de las Américas, en 2003, y Premio Rómulo Gallegos 2009).

GÜNTER GRASS

Normandía

Los búnkeres de la playa

no pueden deshacerse de su hormigón.

A veces llega un general semidifunto

y acaricia las troneras.

O bien los pueblan turistas

por cinco atormentados minutos.

Viento, arena, papel y orina:

la invasión no cesa.

La batalla naval

Un portaaviones americano

y una catedral gótica

se hunden

mutuamente

en medio del Pacífico.

Hasta el final

el curita joven tocaba el órgano…

Ahora el aire está lleno de ángeles y aviones

que no pueden aterrizar.

CÓLERA, DISGUSTO, RABIA

Impotencia

Leemos napalm y nos imaginamos el napalm.

Como no podemos imaginarnos el napalm,

leemos sobre el napalm hasta que

podemos imaginarnos más cosas al leer napalm.

Entonces protestamos contra el napalm.

Después de desayunar, silenciosos,

vemos en fotos lo que el napalm puede hacer.

Nos mostramos tramas burdas

y nos decimos: mira, napalm.

Eso hacen con el napalm.

Pronto habrá libros ilustrados a buen precio,

con mejores fotografías

en las que se verá con más claridad

lo que puede hacer el napalm.

Nos mordemos las uñas y escribimos protestas.

Pero, según leemos,

hay cosas peores que el napalm.

Rápidamente protestamos contra cosas peores.

Nuestras justificadas protestas, que en todo momento se

nos permite

redactar plegar franquear, quedan registradas.

La impotencia, ensayada contra fachadas de caucho.

La impotencia en discos: canciones impotentes.

Sin Poder y con guitarra…

Pero, bien entramado y tranquilo,

el Poder se sale con la suya.

Hacer lo que sea (fragmento)

No podemos mirar sólo.

Aunque no podamos evitar nada,

tenemos que pronunciarnos.

(Haz algo. Haz algo.

Lo que sea. Haz algo).

Cólera, disgusto y rabia buscan sus objetivos.

La cólera se llama justa.

Pronto se habló de disgusto diario.

La rabia cayó en la impotencia: rabia impotente.

Hablo del poema de protesta

y contra el poema de protesta.

(Una vez vi reclutas jurando bandera

con los dedos cruzados para que no valiera).

Impotente protesto contra las protestas impotentes.

Se trata de marchas de Pascua, del Silencio y de la Paz.

Se trata de cien nombres buenos

bajo siete frases ciertas.

Se trata de guitarras y demás

instrumentos de protesta que fomentan el negocio del disco.

Hablo de la espada de madera y del colmillo que falta

al poema de protesta.

Lo mismo que el acero, la poesía tiene su coyuntura.

El rearme abre mercados para los poemas antibélicos.

Los costos de producción son bajos.

Tómese un octavo de cólera justa,

dos octavos de disgusto diario

y cinco octavos, para que predomine, de rabia impotente.

Porque sentimientos medios contra la guerra

se consiguen baratos

y ya desde Troya son invendibles.

(Haz algo. Haz algo.

Lo que sea. Haz algo).

(De “Poemas”, con traducción de Miguel Sáenz, Visor Madrid, 1999. Gúnter Grass nació en Danzig –actualmente Gdansk, Polonia- en 1927. Su primera publicación, en 1956, fue en poesía, pero es también novelista, dramaturgo, ensayista e ilustrador. Entre numerosísimas obras, una de las más renombradas es la novela “El tambor de hojalata”. Ganó el Premio Nobel de Literatura y el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 1999).

SALVATORE QUASIMODO

De las frondas de los sauces

¿Y cómo podíamos cantar

con el pie extranjero sobre el corazón,

entre los muertos abandonados en las plazas

sobre la hierba dura de hielo,

ante el lamento de cordero de los niños

y el alarido negro de la madre

que marchaba al encuentro de su hijo

crucificado en el poste del telégrafo?

De las frondas de los sauces, por voto,

también colgaban nuestras liras,

al triste viento oscilaban leves.

Carta

Este silencio estancado en las calles,

este viento que ahora se desliza

bajo e indolente entre las hojas muertas

o sube a los colores de banderas

extranjeras… el ansia de decirte,

tal vez, una palabra antes que el cielo

vuelva a cerrarse sobre todo día,

tal vez la incercia, nuestro mal más vil…

La vida no está en este tremendo

latir sombrío del corazón, no es

piedad, es sólo un juego de la sangre

donde la muerte florece. Oh mi dulce

gacela, te recuerdo aquel geranio

que vimos encendido sobre un muro

acribillado por la metralla.

¿O tampoco la muerte ya consuela

a los vivos, la muerte por amor?

19 de enero de 1944

Te leo dulces versos de un antiguo,

y las palabras nacidas en las viñas,

las cortinas, al borde de los ríos

de las tierras del este, cómo caen

ahora desoladas y sombrías

en esta noche profunda de guerra

en que el cielo de ángeles de muerte

nadie recorre; y se oye el viento como

estruendo de derrumbe si sacude

las chapas que separan aquí arriba

los pórticos, y la melancolía

sube de perros que aúlllan en los huertos

a cada fusilazo de las rondas

por las calles desiertas. Alguien vive.

Acaso alguien vive. Aquí nosotros,

atentos encerrados en la antigua

voz, un signo buscamos que supere

la vida, de la tierra el sortilegio

oscuro, donde entre las tumbas rotas

la hierba mala también alza su flor.

Nieve

Baja la tarde: otra vez nos dejáis

queridas imágenes de la tierra, árboles,

animales, pobre gente encerrada

en capotes de soldados, madres

cuyos vientres las lágrimas secaron.

Como luna, la nieve de los prados

nos ilumina. Oh, estos muertos. Golpead

en la frente, golpead hasta el corazón.

Que alguien al menos aúlle en el silencio,

en este cerco blando de sepultos.

(De “Todos los poemas”, versión y notas de Leopoldo Di Leo, Ediciones de Librerías Fausto, Buenos Aires, 1976. Salvatore Quasimodo nació en Sicilia en 1901. Murió en Amalfi, en 1968. Su primera publicación de poesía data de 1930, con “Aguas y tierras”. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1959. Fue también periodista).

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