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Trinidad Gan

  

   Diccionarios

 

Al enfrentar lenguajes construimos

un muro para apartar las sombras

y trazamos, llevados por el pánico,

fronteras que contengan la vida y su avalancha.

 

Mas, cuando ella nos toca,

con su borde afilado, con su frágil belleza,

es tarea perdida.

                          Si restalla en los labios,

¿qué muralla podremos alzar entre los hombres?

 

Era tu noche triste, la mía de abandono.

En aquel alfabeto que yo no conocía

me hablabas, extranjero,

de los años pasados: deseo y literatura.

 

Bajo la lluvia fría vi mezclarse

las raíces comunes de nuestros diccionarios

y ya sólo escuché arder un eco:

dos voces conjugando la soledad vencida.

 

 

   Trazo quebrado

 

Sabes, abierta la ventana, 

que el horizonte es una cabellera

trenzada por los ojos,

una línea de sombras y de luz

que hacen mudar las horas,                                                                   

un cuerpo que se tiende, tan lejano,

que cambia si te acercas

—vana impresión que huye en tu mirada—.

Y que la realidad nunca confirma

el calado de ningún sueño:

arriesga solo unos perfiles,

confunde las distancias,

trueca cuentas y planes.

Te obliga a caminar sobre la cuerda

de las cosas posibles

como un equilibrista

que llevara en las manos

esa pértiga inútil del deseo.

 

No pongas ya tus pasos en el aire.

Tendrás que separar el cielo de la tierra

con trazo más preciso, más quebrado,

como el que hoy te ofrecen las montañas.

 

 

   Esquina al mar

 

Bajo este insomnio de papel ceniza,

tras el tenaz azogue del espejo,

como si fuera un mar que rompe

en la esquina que doblas,

te cita una mujer,

aquella que ahora miente la juventud perdida.

¿Mas quedan hojas verdes en las ramas desnudas

o acaso algún pasado que regrese?

¿Ves que insistan las notas, todavía,

de las canciones muertas?

 

Nada tiene la llave del retorno

y toda cosa, toda herida

sabe guardar su sitio,

su sombra, su caricia tan intacta,

su dura soledad.

 

No aprietes en tu mano la arena fugitiva.

No la levantes contra el cielo

pidiendo en tu locura

—con el gesto de aquel poeta antiguo—

que te conceda un tiempo innumerable,

la eternidad fingida de aquellos días jóvenes.

 

Deja que, entre los dedos, sus granos se te escapen

y que crujan, estallen, vibren bajo tu cuerpo.

Formarán al caer reguero tras tus pasos,

una línea de fuego en las playas vacías

que mires, al volverte, cuando llegues al mar.

                                                          

 

   Cenizas

 

Baila frente a la hoguera.

Mira las llamas, cómo oscila

ese ligero toque de azul justo en el centro.

Y salta sobre ellas, aunque después te sientas

un trozo de metal que ha blanqueado el fuego.

Ahora que ves arder toda promesa,

que prenden tuétanos y sílabas

encima de los cuerpos que has gozado,

de las nucas mordidas y el olvido,

mejor este dolor que aquel desgarro:

esa búsqueda torpe de fronteras

donde juntar amor con soledad.

Nunca huyas del fuego,

porque donde no existe estás de sobra.

Atrévete a pisar en ambos lados,

en su cara de luz, también en su tiniebla.

Deja tu huella con el peso exacto

abierta en cada una de las orillas rojas.

Sé ángel, sé demonio,

 hielo y ascua, destellos o remanso:

cualquiera de los muchos matices de la llama.

Y cae después como ceniza fértil

sobre tu propia tierra calcinada.

 

 

   El fugitivo

 

El viajero insomne contempla

el paisaje que acompaña su huida.

Tras el rectángulo de luz,

ese cielo invadido

por pájaros caóticos

en la tarde sin nubes,

alza su arquitectura la memoria.

 

Todo son tenues ráfagas

que en la lejanía se cruzan.

Flechas negras se acercan, se detienen

justo al límite de los ojos.

Agitan con fuerza sus alas,

se desploman desde lo alto,

planean, se persiguen en parejas,

en tríos, en bandadas

que al alejarse giran,

pueblan de gritos su cabeza,

levantan con su vuelo de suicidas

incipientes palabras.

 

Siente ahora propicia para el viaje

la espalda silenciosa de esa nieve

sobre la que desliza trazos

como dedos voraces que acarician

cada cuerpo que un día pensó suyo,

cada arruga encontrada en el espejo,

cada rostro perdido, cada sombra

de la que hoy se ve superviviente.

 

Llega el crepúsculo, 

atraviesa el azul de la montaña

y deshilachadas estelas

anticipan el paso de los trenes nocturnos.

Los oye con estrépito acercarse,

en un sonido rápido, fugaz,

—­­aquel de sus noches de cárcel,

de sus largas huidas

sobre el vano raíl de la palabra—.

Acuchillan la oscura nieve,

y de su ritmo entrecortado queda

solo el rastro de imprevistas ventanas,

un tumulto de luces sucesivas

que le alcanza y arrastra voces, ecos,

hasta desvanecerse en la distancia.

 

¿Cómo serán los rostros que no ve

ahora que amanece y que pronuncian

—desde qué diccionarios—

las letras que en los muros señalan su destino?

 

Ya en todos los cristales

han empezado a arder

aristas de tejados, las doradas

teselas de las cúpulas,

la sombra de las gárgolas

inclinada en el filo de un alero.

Con su luz más desnuda,

los viejos arquitrabes ya le muestran

las columnas de entrada a la ciudad.

 

Sus pasos siguen las vías quebradas

—la única señal que le presta la nieve,

quizá posibles rutas para olvidar la noche—

y camina por el andén vacío.

Extiende como un mapa 

las líneas acabadas del poema

bajo el círculo del reloj

y sale al bulevar sin equipaje alguno,

desnudo de recuerdos,

tan solo con la voz contra el avance

de un día nuevo y de su laberinto.

Fugitivo de todo.

 

(De “Papel ceniza”, Valparaiso ediciones, 2014. Trinidad Gan nació en Granada, en 1960. Sus primeros textos fueron incluidos en la antología “Nuevas voces de la literatura en Granada”. Siguió la plaqueta “Las señas del pirata”, en 1999. Tres años después fue incluida en el Diccionario-Antología “Plumas femeninas en la literatura de Granada (siglos VII-XX)”. Sus otras obras son “Fin de fuga”, XX Premio de Poesía Ciudad de Cáceres, 2008; “Caja de fotos”, XII Premio “Surcos de poesía”, 2009; y “Receta para el fuego (antología poética)”, en Casa de la Poesía, Costa Rica. Obtuvo accésit en los Premios del Tren, en 2009. Fue incluida en numerosas publicaciones literarias y en antologías de 2013, 2015, 2016 y 2017. Por su libro más reciente, “El tiempo es un león de montaña”, obtuvo en noviembre de 2017 el XX Premio de Poesía Generación del 27. Esta obra será publicada por Visor).

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