• @dianalefaz
    Son tantas las veces que no estamos aquí, donde pisamos
  • @Anadimeana
    Mi próxima línea viene con raíces de rosa del viento
  • @Xhuvia922:22
    Los sauces llorones mojan lo que resta de tu sombra
  • @LaPetit10
    El miedo es la distancia más larga
  • @cochambrossa
    Un corazón donde la nostalgia acomode su ingravidez
  • @Genrus
    Nada como el asedio de lo irreparable para mantener el corazón encendido y las velas desplegadas
  • @largabreve
    Todo el amor es una breve esperanza, una contención indebida, enajenadora
  • @SimoneBella7
    No tardes que el silencio arrecia, hoy solo basta con que insinúes un suspiro para volverme agua
  • @ReneValdesM
    La poesía saca lo mejor que no tenemos
  • @_Annai_
    Un don es una sombra liberada
  • @___Sputnik___
    Nadie verá el estante vacío
  • @entiyparati
    Poner el alma a las palabras y que respires de ellas

Pueblos, cuerpos (II)

  

   Mundo al revés

 

¿Qué es esto por Dios, qué es esto?

nacer ser adulto

trabajar.

 

¿Quién ideó este orden, quién ideó?

misti saqueadores

sin corazón.

 

¿Quién manda aquí, quién ordena?

si somos la mayoría

y humanos.

 

¿Cuándo cambiará esto, cuándo el mundo?

si todo está al

revés

 

(Poema de origen aymara, recopilado en la sierra de Perú y Bolivia por José Luis Ayala).

 

 

   Plegaria al sol

   (fragmento)

 

Cubre tu cabeza con tu manto rojo

con el agua roja pinta tu frente y emerge

hombre Sol

hombre del verano

orondo sal.

Con el agua roja pinta tu frente y emerge

resecando las piedras grandes del río y a todo

resecando los cerros altos y a todo

hacia oriente

hacia oriente

quemando

resecando

el cerro alto

resecando a todo

hombre Sol

hombre del verano

orondo sal.

 

Tu pajarillo rojo de colores pintado

está silbando

el gran guacamayo rojo

volando volando pasea

el ave amarilla de colores pintada

volando volando pasea

hombre Sol

hombre de verano

orondo sal.

 

Hacia oriente

hacia oriente

resecando

las cumbre del cerro alto alúmbralo

la copa del árbol gigante alúmbrala

hacia oriente

resecando a todos

hombre Sol

hombre del verano

orondo sal.

 

(Canto cashibo, pueblo de la Amazonia peruana, compilado por Alejandro Romualdo).

 

 

   Todo lo viviente

 

   Todo lo viviente está unido por un cordón umbilical. Las altas montañas y los arroyos, el maíz y el búfalo que pace, el héroe más valiente y el tramposo coyote.

 

(Habla un sioux mayor. Recopilado en Estados Unidos por Richard Erdoes y Alfonso Ortiz)

 

 

   La gente civilizada

 

   La gente civilizada depende demasiado de las páginas impresas por el hombre. Yo me vuelvo hacia el libro del Gran Espíritu, que es la totalidad de su creación. Puedes leer gran parte de ese libro si estudias la Naturaleza. Si llevas todos tus libros a la pradera, los dejas bajo el sol, y permites que la nieve, la lluvia y los insectos trabajen en ellos por un tiempo, no quedará nada. Pero el Gran Espíritu nos ha dado, a ti y a mí, la oportunidad de estudiar en la universidad de la naturaleza: los bosques, los ríos, las montañas, los animales y nosotros incluidos.

 

(Walking Buffalo, stoney, compilado y traducido por O. Rao).

 

   (De "Colibríes encendidos, aborígenes americanos", Colección Poesía Mayor, Editorial Leviatán, Buenos Aires, 1998).

 

 

   Violeta Parra

 

   Arauco tiene una pena

 

Arauco tiene una pena

que no la puedo callar,

son injusticias de siglos

que todos ven aplicar.

Nadie le ha puesto remedio

pudiéndolo remediar,

¡Levántate, Huenchullán!

 

Un día llegó de lejos

huescufe conquistador

buscando montañas de oro

que el indio nunca buscó.

Al indio le basta el oro

que le relumbra del sol.

¡Levántate, Curimón!

 

Entonces corre la sangre,

no sabe el indio qué hacer,

le van a quitar su tierra,

la tiene que defender.

El indio se cae muerto

y el ajuerino de pie.

¡Levántate, Manquilef!

 

Adónde se jue Lautaro

perdido en el cielo azul

y el alma de Galvarino

se la llevó el viento sur.

Por eso pasan llorando

los cueros de su cultrún.

¡Levántate, pues, Calful!

 

El año mil cuatrocientos

que el indio afligido está,

a la sombra de su ruca

lo pueden ver lloriquear.

Totora de cinco siglos

nunca se habrá de secar.

¡Levántate, Curiñán!

 

Arauco tiene una pena

más negra que su chamal,

ya no son los españoles

los que les hacen llorar.

Hoy son los propios chilenos

los que les quitan su pan.

¡Levántate, Quilapán!

 

Ya rugen las votaciones,

se escuchan por no dejar,

pero el quejido del indio,

¿por qué no se escuchará?

Aunque resuene en la tumba

la voz de Caupolicán:

"¡Levántate, Callupán!"

 

(De "Violeta Parra, Poesía", edición de Ernesto Pfeiffer y Cristián Warnken, con recopilación, estudio y notas de Paula Miranda, prólogo de Rosabetty Muñoz y epílogos de Pablo de Rokha, José María Arguedas, Gonzalo Rojas, Pablo Neruda y Nicanor Parra; Editorial de la Universidad de Valparaíso, Chile, 2016. Violeta Parra nació en San Carlos, Región de Chillán, sur de Chile, en 1917. Influida por la inclinación musical de sus padres, a los nueve años se inició en la guitarra y el canto, y a los doce compuso sus primeras canciones. Con apoyo de Nicanor entre sus ocho hermanos, recorre zonas rurales, recopila música folclórica y realiza sus primeras grabaciones. Compone canciones, décimas y también música instrumental. Entre otras actividades, se dedica también a la pintura y la escultura. Viaja en 1954 a Polonia, recorre Europa y la Unión Soviética y vive dos años en París, donde toma contacto con numerosos creadores, al tiempo que graba sus primeros discos. De regreso en su país, desarrolla una intensa actividad creativa, impulsa acciones culturales, crece su figura como folclorista pero en un contexto hostil, sin ser reconocida como poeta, limitación que se prolonga, en algunos ámbitos, hasta la actualidad. En los 60 realiza más viajes y, tras pasar por Argentina, vuelve a Europa. Expone sus tapices en arpillera en el Museo del Louvre, entre otras actividades. En 1966 graba el disco “Las últimas composiciones”, que incluye “Gracias a la vida” y “Volver a los diecisiete”, las canciones que la consagraron internacionalmente y que acumulan infinidad de versiones. Se suicidó en 1967, cuando tenía 49 años, en su carpa de La Reina, en lo que se cree tuvo relación con sus frustraciones amorosas. Esta edición de la Universidad de Valparaíso es para varios críticos y académicos la aceptación, tardía, de su condición de poeta).

 

 

    Euler Granda

 

 

   Poema sin llanto

 

Hoy mataron a Juan el Huasicama,

lo mataron a palo en día claro,

lo mataron por indio,

porque trabajaba como tres

y nunca sació el hambre,

porque junto a los bueyes

arrastraba el arado,

porque dormía sobre el suelo

y con su mala suerte cobijábase,

porque amaba la tierra

como la aman los árboles;

lo mataron por bueno,

por animal de carga.

 

Se quedó

de los pies hasta el alma ensangrentado,

se quedó boca abajo

para que los trigales no le vieran

la cara destrozada,

quedó

como las hierbas

después que pasan los caballos

y nadie dice nada;

lo mataron sin que nadie lo notara,

sin que a nadie le importara nada.

El viento persistió en su erranza,

como siempre las aves revolaron,

siguió impasible el soledoso páramo.

 

No hubo más,

el patrón lo mató

porque le dio la gana.

 

(De "Poesía viva del Ecuador, siglo XX", antología a cargo de Jorge Enrique Adoum, Editorial Libresa, Quito, Ecuador, 1998 -primera edición en 1990, Editorial Grijalbo Ecuatoriana, colección Espejo de Tinta. Euler Granda nació en Riobamba, Ecuador, en 1935. Publicó en poesía "Voz desbordada", "El lado flaco", "El cuerpo y los sucesos", "La inutilmanía y otros nudos", "Un perro tocando la lira", "Daquilema Rey y otros poemas de bla, bla, bla", "Anotaciones del acabose", con el que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Jorge Luis Borges, "Ya paren de contar", "Poema con piel de oveja", "Relincha el sol" y "Que trata de unos gatos").

 

 

    Elvio Romero

 

   Presagio

 

Nos dicen que desapareceremos,

que seremos borrados de la tierra,

que nos borrarán de la tierra.

 

Nos dicen que desapareceremos,

que nos llevarán los misioneros,

con otra lengua y otras oraciones,

vaciadas de trueno las tormentas,

navegando en silencio las piraguas,

y dirán que desapareceremos,

que seremos borrados de la tierra,

que nos borrarán de la tierra.

 

Eso dice: que habremos de entregarnos,

que el panal de la miel será olvidado

como las dulces hierbas aromáticas,

el humo y las pociones curativas;

que nos confundiremos los hermanos,

que las cinco palmeras que sustentan

el mundo han de arrancarse para siempre;

que el invierno saldrá de su escondida,

que el jaguar será el dueño de los bosques,

y que se dispersarán todas las tribus

como el polen de las plantas al viento.

 

Dicen que nos tapará la noche,

que llegamos a la última floración,

al primer rayo, a la primera lluvia,

al límite final de nuestros cantos;

que habremos de olvidar a nuestros dioses,

al iris que descansa en el relámpago,

que después se talarán los montes

sin el estorbo de los naturales.

 

Que nosotros habremos de entregarnos,

que nos llevarán los misioneros,

que seremos borrados de la tierra,

que nos borrarán de la tierra.

 

 

   Castigo

 

A esta pobre comarca

le han cruzado la piel a latigazos,

le inflamaron los pozos

negros del llanto,

la cicatriz de la ira,

le abrieron los muñones a golpazos,

a insoportables ramalazos secos.

 

Le han rajado la cara

con estampidos de odio.

 

Y ayer, ¡qué bien sonaba! ¡Qué bien

su mandiocal sonoro,

sus caballos que andaban enloqueciendo el

belfo

por el nivel lluvioso del paisaje,

su juvenil coraje de muchacho,

su música de troncos,

su quebracho!

 

Aquí,

aquí han puesto la mano,

aquí desbarataron las centellas,

aquí las Iniciales de los jóvenes muertos

van del bucle del aire a los claveles,

aquí el puñal del odio,

aquí mataron.

 

Severa era la vida, como el ceño

ilustre del anciano que con barba de maíces

trajinaba sus pies por la comarca;

severa la intemperie, severo el infalible

recuento de los astros. ¡Y qué bien alumbraba

la lumbre sobre el leño!

Pero aquí han puesto fuego,

hambre,

polvo desaliñado,

cenizas y mortajas;

le han sorbido los huesos, le han labrado

la cara con hachazos.

 

Aquí han puesto la mano.

Y además, golpes,

golpes rabiosos,

golpes en la cara,

¡feroces puñetazos extranjeros!

 

(De "Elvio Romero, Sus mejores poemas", prólogo de Josefina Plá y un poema dedicado de Nicolás Guillén, Biblioteca Paraguaya El Lector, segunda edición, Asunción del Paraguay, 1996. Elvio Romero nació en Yegros, en 1926. Su creación y actividad literaria comenzó cuando era muy joven, así como su participación en los asuntos del país, como activista social. Con 21 años debió salir al exilio, tras la guerra civil de 1947. Entre otras actividades, después del derrocamiento del dictador Alfredo Stroessner, fue diplomático de su país en Argentina. "Días roturados", "Resoles áridos", Despiertan las fogatas", "El sol bajo las raíces", "De cara al corazón", "Esta guitarra dura", "Un relámpago herido", "Los innombrables", "Destierro y atardecer", "El viejo fuego", "Los valles imaginarios", "Flechas en un arco tendido", "El poeta y sus encrucijadas", son algunas de sus obras. Murió en Buenos Aires, en mayo de 2004).

 

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