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Balam Rodrigo

 

Baldía la luz de amor baña los álamos del bosque. Pocos los pájaros que trinan al apenas sol. Quizá su canto añora ese costal de oscuridad que moraba la víspera los tordos corazones. Paladeo sílabas huérfanas cuando digo oscuridad o digo noche. Sin embargo, una palabra es la que corta la sangre de mi lengua: ¿es niebla o es luz? Baldía la luz de amor baña los álamos del bosque.

 

 

La niebla es un ángel sin rostro que toma un cálamo de leche y escribe en nuestro insomnio los limpios sueños de una roja meretriz que tatúa el invierno y el silencio con la sal de sus pezones.

 

 

El poema atraviesa el corazón y su limo hondo y silencioso. El poema atraviesa la página y su bosque nevado como un ejército de pájaros que marcha por un campo abandonado al invierno y sus fantasmas. Al otro lado del bosque nos espera el poema –bruñendo en las manos del ángel- con su daga de luz fría. Bajo la sombra de los árboles, y en medio del silencio y la tierra escarbada por cuchillos de luz muerta, alguien me dicta con sílabas negras este oscuro testamento de niebla: el poeta es un ángel que atraviesa el corazón con la lengua desenvainada.

 

 

Bebí de los espejos el ártico reflejo del invierno, sus médanos de rabia, su caspa glaciar y punitiva. Y amén del vino servido en manos gastadas por querubes y ángeles de luto, bebo del poema y su gélido veneno quemándome la vid que vaga entre mis venas. He aquí también tus ojos ebrios mirando hacia la página: densas lunas negras muriendo de tiempo y de silencio con el impuro tatuaje de la nieve.

 

 

Sueña la niebla un memorial de agua quemada, un abalorio que desata sus cuentas en piras de humo. Y más allá de la memoria, la montaña y su pezón de nieve en el umbral del alba que deshiela témpanos en vasos de agua clara: sed en forma de silencio, nota ebria, diáfana. Así también la voz enciende yerbas y fósiles pizarras: aliento de ángeles que ejecutan las notas del silencio y escriben su inédita música en el cielo coronado por el vasto y azulado corazón del iceberg.

 

 

Aquí la luz extiende y desparrama la horizontal laxitud de su verbo, difumina líquidas vísceras en el aire y hunde su dardo en las mantelerías de la niebla como quien hace el amor en frescos pozo de leche. Tacta y palpa rodajas de horizonte, moja lívidos y lustrales labios en las charcas, bruñe el oro templado de los icebergs y enciende el acre olor de las hembras fustigadas por el yelo y por la nieve. Vencidos ya por el láudano y el frío –lembranza de la niebla- somos breve llaga en el impuro vocablo de la luz.

 

 

Tocadas como un arpa por un dios solo y cansado cabalgan las crines de la niebla por llanuras más vastas que la sed y la memoria. Y no puede ser sino la misma niebla la que atiza su costal de brumas y diamantes molidos al tacto del ojo y de la luz. Ángeles son también lascas de niebla que devoran el cielo y nadan siglos la luz y la mirada.

 

(De “Iceberg negro”, Colección Atrasalante Poesía, Ediciones Atrasalante, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Gobierno del Estado de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 2015. Balam Rodrigo nació en Villa de Comaltitlán, Chiapas, en 1974. Publicó en 2005 “Hábito lunar”, seguido por “Poemas de mar amaranto”, “Silencia”, “Libelo de varia necrología”, “Larva agonía”, “Icarías”, “Bitácora del árbol nómada”, “Cuatro murmullos y un relincho en los llanos del silencio”, “Logomaquia”, “Braille para sordos”, “Libro de sal”, “Desmemoria del rey sonámbulo”, “El órgano inextirpable del sueño” (en Guatemala), “El corazón es una jaula de relámpagos” (en España), “Oricios del neólogo”, “Bardo. Pequeña antología” (en Chile),  “Morir es una mentira grande que inventamos los hombres para no vernos a diario”, “Sobras reunidas (antología de poesías & pensamientos inútiles)”, y “Silbar de mirlos para la hermosura”. En 2012 ganó el certamen internacional de literatura Sor Juana Inés de la Cruz, y en 2014 el premio internacional Jaime Sabines. Es biólogo, graduado en la Universidad Nacional Autónoma de México, y diplomado en teología pastoral). 

 

 

Así también me alumbro con lámparas de nieve, con páginas de yelo y materias de invierno y de silencio. Ha caído ya la luz sobre mis ojos con un peso mayor que un témpano de olvido sobre el mundo. Y hay veces la sangre de mis manos se otoña y se deslíe como la nieve y sus cristales, y yo vuelvo a contar la sustancia del sol sobre mis pasos, y entonces lloro como un iceberg, como un niño de nieve perdido en los umbrales del verano y el dolor. Me apago entonces como esa impura errata que se hunde entre las páginas de un libro a la deriva, abandonado en el mar.

 

 

Cae la noche y la nieve sobre este amargo, entenebrado corazón. Ensalitrada por la lengua de oscuros manantiales, su negra voz lame las venas y los sueños de los grajos, el azul agua de los icebers. Nieve plomiza y redentora cayendo en nuestras almas que, zurcidas a la voluntad de los glaciares, buscan la paz y la lembranza en las tinieblas, en los mares. Rendidos ya por la música del viento en los espejos, el ángel del dolor escribe con sílabas de yelo en nuestra sangre: yo amo la voz de Dios azotando la soledad del alma en los henares. Cae la noche y la nieve sobre este amargo, entenebrado corazón.

 

 

Solos, hundidos en el vasto continente del silencio, escritos en el tiempo con sílabas de sangre, somos eco de Dios en la memoria de los ángeles, páginas de odio perdidas en un vasto mar de nieve muerta. Y nos pesa la sombra y el último destello del día sobre los hombros, y el breve y único gajo de sol que flota en el crepúsculo agota su rumor cayendo en nuestros ojos, y el solo corazón del hombre no es más que una oscura ínsula de sueño que duerme para siempre en el olvido.

 

 

Bebe la niña la occisa luz de los espejos. Vaga en tinieblas, quieta y pulida, inerme hacia la llama de los ojos. En la mesa de ópalos y junto al mar de vidrio que fulge en la ventana, un petirrojo desecado atraviesa los sueños de la muerte. Trina silencio en el aviario una gota de aire: polen metálico del canto. Regresan la sed y los murmullos al fundamento de la voz, al regimiento de la lengua y sus oxidaciones. Derrotan los espejos la luz y la mirada. Danza la niña, calla.

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