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Poetas en Medellín / 2017 (IV)

   Publicamos la cuarta selección de poemas de autores presentes en el Festival Internacional de Medellín, del 8 al 15 de julio, en la ciudad colombiana. El espacio oficial del Festival en internet ofrece información detallada sobre los participantes y su obra. En algunos casos, además, se incluyen textos con su posición sobre el arte poético y su ubicación en el mundo.

   Los textos que siguen son tomados de la edición de julio de la Revista Prometeo, Memoria del 27° Festival Internacional de Poesía de Medellín, publicada a propósito del encuentro.

   El espacio oficial del Festival es el siguiente:

   https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Intro/index.htm

 

 

   José Luis Díaz Granados

 

   La fiesta perpetua

 

Mi historia está llena de silbidos y dédalos,

de voces y de veces, de jodidas preguntas,

de estaciones narradas para un inventario

de cicatrices y de resonancias.

 

Mi historia es una casa que envejece

con sus recintos intactos. Mi historia

es un cuerpo que habita entre estupores

y una boca que incendia las palabras

cuando bebe el amor. Mi historia debe ser

un banquete,

una fiesta perpetua

donde conviven el duende y el disturbio.

 

 

   Las palabras

 

El niño Sartre me enseñó su parábola

Una noche, a través de millares

De piedrecitas plateadas.

 

No cabía en mi cuerpo de diecisiete años

Tanto júbilo claro y oscuro y culminante.

 

Cada palabra de Las palabras era una piedra

De plata, pero también una gota de lluvia,

Una brasa en la nieve y una uva.

 

Al amanecer, estaba embriagado de campanas.

 

(José Luis Díaz Granados nació en Santa Marta, Colombia, en 1946. Publicó “El laberinto”, “La fiesta perpetua. Obra poética, 1962-2002”, “El laberinto, antología poética, 1968-2008”, “Poesía completa” (en tres tomos). También publicó poesía para niños. Obtuvo el premio de poesía “Carabela”, en Barcelona, en 1968. Es también novelista, profesor universitario y periodista).

 

 

   Hugo Rivella

 

   Guerra

 

Los ojos para qué si ya no veo,

me cegaron al tiempo en que la muerte iba en el mástil

                                                         de todas las banderas.

Cava las piernas del caído,

llena de sal su nombre,

lo despelleja.

Ha cercado la luna con sus fraguas y el vientre deformado

                                                                           de mi madre.

¿Y quién es quién entre los padeceres?

¿Qué rezo va lavando lo que queda del muerto?

¿Qué boca le pregunta por sus uñas?

¿Quién derrama una lágrima sobre su sepultura?

 

La guerra es una cruz con el hombre sangrando,

 

un alarido quebrado en el silencio.

 

 

   Amenaza

 

Un animal feroz ante la noche hociqueando mi dentro

y mi secuestro,

lo que enceniza al tiempo,

la palabra sudada,

la celda en la que soy su prisionero.

Pulsa la sien del verso,

late como un estruendo de cigarras,

el animal acecha mi esqueleto y el hálito de mi último relámpago.

Yo sé que viene a mí, viene y previene,

o viene de mil formas con sus garras,

golpe la puerta cuando me descuido y arremete hasta los últimos

                                                                         rincones de la casa.

Poesía,

en la garganta como un tajo,

el animal que eres me amenaza.

 

(Hugo Rivella nació en Rosario de la Frontera, provincia de Salta, Argentina, en 1948. Algunas de sus obras publicadas son “Algo de mi muerte”, “Agua de mis manos”, “Caballos en la lluvia”, “Centro de tormentas”, “Putas (La cacería del ángel)”, “La sombra en el espejo, Antología personal”, y “Poemas en la lengua de un sonámbulo”. Entre los reconocimientos que recibió figuran el primer premio en poesía del Certamen Literario Universidad Nacional de Córdoba, primer premio del IV Certamen Internacional de Poesía de Jaen, España, primer premio del concurso Gilberto Owen Estrada, UNAE México, y primer premio en el concurso de Paralelo Cero.)

 

 

   Zingonia Zingone

 

Desde el claustro de la cárcel se levanta un alarido de sangre. En una celda con vista al oriente, encorvado, el cuervo despluma su pasado. Ella llega como pan tibio, un verso atrapado en el piso de su mente. Como San Pedro, el carcelero agita trozos de metal entre los dedos. Nueve pasos separan de su puerta las rejas del fuego. Ella abre el libro. La llave gira en la cerradura. Desnudo el hombre abraza a su soledad. Se estremece. De su puño huye un verso: tan lleno de amor que reviento / las jaulas del odio. El carcelero escupe en el suelo. El firmamento pregona el canto del cuervo.

 

 

   El Tíber no es una serpiente

 

Rómulo mató a Remo.

Marte ilumina el cielo romano

y las alas plateadas de las gaviotas.

 

Uno recorre las orillas del Tíber

se ampara a una virgen pagana

busca la higuera sagrada

miel de lactancia

que alimentó los cimientos

de la urbe.

 

Encuentra la cesta vacía

(de Vesta solo queda

un templo en ruinas)

 

hay hedor a rata embotellada

espuma amarillenta

polímeros

arbustos intoxicados.

 

Uno recorre los muros de contención

como lagarto suicida

se ampara a un vértigo adolescente

al vahído de una civilización ávida

-insoportable-

de aguas turbias y naufragios.

 

Marte sigue parpadeando sobre el Tíber.

El Tíber no es una serpiente.

 

Rómulo juró matar

a aquel que traspasara

los límites urbanos.

 

Uno cruza el puente más antiguo

y escupe hiel en la corriente.

 

¿Habrá la loba engullido la esperanza?

¿Quién insiste irrespetando los confines?

 

(Zingonia Zingone nació en Inglaterra, en 1971. Vive entre Costa Rica e Italia. Tiene publicaciones en Costa Rica, España, Francia, India, Italia y México. Entre ellas, las más recientes son “Los naufragios del desierto”, “Petit Cahier du Grand Mirage” y “Light, the Templation”. Mantiene una publicación de poesía internacional para la revista italiana Minerva. En su condición de traductora, llevó al italiano la obra más reciente de Claribel Alegría, titulada “Voci”. Es fundadora del Movimiento Poético LibredeCadenas, que se desarrolla en una prisión para hombres en Roma.)

 

  

   Diana Araujo

 

   Mapa

 

Con los pies de indio no me pises la alfombra blanca.

Con los pies de negro no me alcances la sala principal.

Con esta sonrisa dudosa no me mires a los ojos

que los tengo seguros

que los quiero salvados de dudas o dolores.

He pasado ya el puente de la incertidumbre.

He cruzado el umbral de los tiempos duros y gastados.

Como en la mesa y uso adecuadamente los cubiertos.

Sé mantener el mantel y la máscara.

Cierro los ojos de noche y cuento las ovejitas blancas.

Duermo tranquila después de rezar.

Hoy tengo organizado el mundo

 

y mis pasos caminan sin vacilar por el mapa.

El mismo mapa que me dieron en la cuna,

que me hicieron tragar en la leche,

y que aprecio cómodamente

desde la ventana o la internet.

¡Ah! Y canto bien las canciones que enamoran o tranquilizan.

Con esfuerzo aprendí las perfectas consignas

con qué mantenerme de pie

con qué lavar la cara antes de acostarme

con qué descansar el susto cotidiano de existir por acá.

 

(Diana Araujo nació en Río de Janeiro, en 1972. Publicó “Vientreadentro” con Adolfo Montejo Navas, “Otras Palabras/Outras Palavras” y “Horizontes partidos”. Fue incluida en las antologías “Cancionero Pluvial del guazú”, editado en Lima, y “Multilingual Anthology”, en Nueva York. Es traductora y profesora de literatura latinoamericana. Colaboró en la traducción al portugués de Antonio Cisneros, Pedro Granados, Juan Gelman, Omar Lara, Hildebrando Pérez Grande, Marco Lucchesi, Carlos Aguasaco y Mercedes Roffé).

 

 

   Gary Geddes

 

   Cementerio general

 

Entre las cruces de hierro de los desaparecidos

no hay hastiados leones ni avenidas de eucaliptos;

aquí ninguno desciende a corromperse

 

espléndidamente aislado en cripta o mausoleo,

allí donde todavía se dan aires vacías calaveras

y los huesos aún suelen recordar sus privilegios.

 

Entre las cruces forjadas de los desaparecidos

no hallarás homenajes a la inteligencia,

epitafios en verso ni vestigios arquitectónicos

 

de Grecia o Egipto. Sumas las desiguales columnas

de los desposeídos y deja que los archivos

del viento registren cada artículo de fe.

 

Entre las cruces de hierro de los desaparecidos

sólo puede pasar un perro medio muerto de hambre

o un picaflor, con el alma en un hilo.

 

Suspendido en el aire sobre la fosa abierta

entrega un testimonio sobre las farsas

que no se detienen con la muerte en Santiago.

 

Un zapato de mujer con un tacón cuadrado asoma

de un montón de huesos y ladrillos, una mancha

de color visible bajo una capa de polvo.

 

Entre las cruces forjadas de los desaparecidos

sus tacones plásticos son plataformas disidentes;

su ingenio y candor, crímenes contra el gobierno.

 

Deposita ahora tu flor entre los muertos sin nombre

y déjalas marchitarse mientras su tallo degollado

sangra en la tierra silenciosa y sin pretensiones.

 

(Gary Geddes nació en Canadá, en 1940. Entre sus obras publicadas figuran “Poemas”, “Raíz de serpiente”, “Guerra y otras medidas”, “Salida difícil”, “Muchacha junto al agua”, “El perfecto guerrero frío” y “La reanudación del juego”. Recibió el Premio Nacional de Poesía de la Asociación de Autores Canadienses y el de Poesía de la Commonwealth (región Américas), el Pablo Neruda y el Gabriela Mistral. Como dramaturgo, publicó “Los malditos ingleses”.)

 

 

   Orietta Lozano

 

   Sortilegio

 

Retorno las palabras a su agua-origen,

a su aldea tribal,

a sus ancestros.

Las viajo en tren, las herrumbro,

las quebranto, las incinero y las renazco;

en la carencia del dolor las alimento,

las sollozo, las blasfemo, las consagro,

las enveneno, les entierro el cuchillo,

devoro sus entrañas, vierto su sangre en el cuentagotas

y las escribo.

 

Les pongo un talismán, les rezo sortilegios,

les prendo velas, les ofrendo lirios, les leo la noche,

las insomnizo, las adivino, y las deliro;

las lluevo, las desierto, las camino,

las pongo al sol sobre mi espalda,

las cultivo en el solar de mi vientre.

 

Busco en el árbol de su fuego, el árbol de ceniza.

Nos contagiamos, nos hastiamos,

enigma y acertijo.

Me dudan, me sumergen.

 

Restalla su corona de laureles, su sermón y su legión.

 

 

   Fabricio Estrada

 

   Cuando el río suena

 

Yo escuché cuando venías, piedra,

en el tumulto del invierno

tronaste bajo el río, piedra,

piloto de las hondas, martillo de los pobres,

benjamín de las armas,

corazón del rayo

incrustado en los ocotes.

 

Yo escuché cuando rompías, piedra,

la cerámica de las frentes,

el espejo de los pechos,

te arrimaste magnética a mis manos

y a tumbos me pediste la fuerza, piedra,

para describir parábolas en los ojos,

amenazas en los tímpanos,

murmullo fantasmal en las arenas.

 

Yo te vi saltar en Jericó

de tu prisión en la muralla,

impávida, del teocalli

a tu nuevo disfraz de catedral,

y yo escuché cuando venías

aprestándome al golpe,

al retumbo de tu canto, piedra,

corona de basalto,

collar de grava,

perla escondida

en la ostra de mi mano.

 

(Fabricio Estrada nació en Sabanagrande, Honduras, en 1974. Publicó “Sextos de lluvia”, “Poemas contra el miedo”, “Solares”, “Poemas de onda corta”, “Blancas Piranhas”, “Sur del mediodía” y “Houdini vuelve a casa”. Poemas suyos fueron incluidos en antologías en Honduras, Argentina, México y España).

 

 

   Ann-Margaret Lim

 

   Querido César Vallejo

 

                       Señor Ministro de Salud: ¿qué hacer?

                       ¡Ah! Desgraciadamente, hombres humanos,

                       hay, hermanos, muchísimo que hacer..

                                                                  César Vallejo

 

 

Querido César Vallejo,

 

En Jamaica, nuestra ira colectiva es como el mar;

ondula y luego, se sumerge

como flor de un día;

o de alguna manera se endereza

como el choque de las olas que se aplanan

en la nada, como un trapo bien planchado.

 

Así que mi abuela es un pez muerto

una estadística desconocida y sin contabilizar;

cuyo corazón no pudo con la devastación

de esos virus, en un cuerpo de ochenta y un años,

que hasta ese momento había sido fuerte.

 

Mi abuela, trasplantada de la China,

fue arrojada bajo el bus, como el resto de nosotros,

que no sabíamos lo susceptibles que éramos.

¡Como mamá era la palabra,

a la gente le faltaba el conocimiento y perecía!

 

Así que en Jamaica, señor Vallejo,

el gobierno se para junto a la mesa de planchar

como un dios silencioso en el cielo

por encima del trapo arrugado

y el trapo cuya rabia aplanchan hasta que desaparece,

                                                                         somos nosotros.

 

(Anne-Margaret Lim nació en Jamaica, en 1976. Publicó “El festival de la orquídea salvaje” y “El botón de oro de Kingston”. Poemas suyos fueron incluidos en antologías del Caribe, Surámerica y Estados Unidos, y también en revistas y periódicos. Es licenciada en Literatura Inglesa.)

      

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