• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
  • @DivinaOnix
    También lo imposible puede ser amado
  • @LunaPara2
    El que se va en silencio, lo ha dicho todo
  • @Ghouls99
    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
  • @siete_verdes
    Es espesa, grumosa y fría. Llamémosla decepción
  • @JanoTwoFaces
    Dejad de ordenar caos y provocad alguno
  • @sammasathi
    Sueño, luego insisto
  • @TISHA77
    La poesía también es presagio
  • @juanita_amore
    Escribir porque el tiempo nos viene a leer
  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Variaciones sobre el 12 de octubre

Henry Luque Muñoz

Caribes

Los indios caribes
vorazmente llamados caníbales
por el conquistador
eran vegetarianos,
señores caníbales

(Poema leído por el poeta colombiano en el Festival Internacional de Poesía de Rosario, Santa Fe, Argentina, en 1997. La lectura está registrada en un disco compacto editado por la Secretaría de Cultura de la Provincia de Santa Fe: Festival Internacional de Poesía de Rosario, CD 1, 1994-1998).


Joaquín Pasos

Los indios viejos

Los hombres viejos, muy viejos, están sentados
junto a sus cabras, junto a sus pequeños animales mansos.
Los hombres viejos están sentados junto a un río
que siempre va despacio.
Ante ellos el aire detiene su marcha,
el viento pasa, contemplándolos,
los toca con cuidado
para no desbaratarles sus corazones de ceniza.

Los hombres viejos sacan al campo sus pecados,
éste es su único trabajo.
Los sueltan durante el día, pasan el día olvidando,
y en la tarde salen a lazarlos
para dormir con ellos calentándose.

(De "Antología Básica Contemporánea de la Poesía Latinoamericana", selección y presentación de Daniel Barros. Ediciones de la Flor, Buenos Aires, Argentina, 1973).


Viento andino

Viento que todo lo sabes
viento que todo lo ves
¿dónde está mi amor?

Viento que vas al cielo
viento que te has ido
¿qué hace mi amor?

Viento que entras y sales
viento incorpóreo
¿qué canta mi amor?

Viento anciano y trotamundo
viento niño joven viento
¿cuándo termina el amor?

(Poema de origen aymara, recopilado en las sierras de Perú y Bolivia por José Luis Ayala. Publicado en "Aborígenes americanos: colibríes encendidos", de la colección Poesía Mayor de la Editorial Leviatán, Buenos Aires, Argentina, 1998).


Augusto Roa Bastos

Silenciario

a la sombra del silencio
se oye el susurro de los orígenes
la curvatura del anhelo

como el sonido del humo
se oye en la neblina
la gárrula mudez de los muertos

retornan sin ruido los ausentes
doblan la esquina de los vientos
aparecen cubiertos de polvo

con la potencia de la hierba
crecen bajo el suelo de piedra
bajo suelas de piedra


(De "Augusto Roa Bastos, Poesía", con prólogo de Jorge Boccanera, colección de poesía Musarisca, de Editorial Colihue, Buenos Aires, Argentina, 1999).

 

Elvio Romero

Presagio

Nos dicen que desapareceremos,
que seremos borrados de la tierra,
que nos borrarán de la tierra.

Nos dicen que desapareceremos,
que nos llevarán los misioneros,
con otra lengua y otras oraciones,
vaciadas de trueno las tormentas,
navegando en silencio las piraguas,
y dirán que desapareceremos,
que seremos borrados de la tierra,
que nos borrarán de la tierra.

Eso dice: que habremos de entregarnos,
que el panal de la miel será olvidado
como las dulces hierbas aromáticas,
el humo y las pociones curativas;
que nos confundiremos los hermanos,
que las cinco palmeras que sustentan
el mundo han de arrancarse para siempre;
que el invierno saldrá de su escondida,
que el jaguar será el dueño de los bosques,
y que se dispersarán todas las tribus
como el polen de las plantas al viento.

Dicen que nos tapará la noche,
que llegamos a la última floración,
al primer rayo, a la primera lluvia,
al límite final de nuestros cantos;
que habremos de olvidar a nuestros dioses,
al iris que descansa en el relámpago,
que después se talarán los montes
sin el estorbo de los naturales.

Que nosotros habremos de entregarnos,
que nos llevarán los misioneros,
que seremos borrados de la tierra,
que nos borrarán de la tierra.


Castigo

A esta pobre comarca
le han cruzado la piel a latigazos,
le inflamaron los pozos
negros del llanto,
la cicatriz de la ira,
le abrieron los muñones a golpazos,
a insoportables ramalazos secos.

Le han rajado la cara
con estampidos de odio.

Y ayer, ¡qué bien sonaba! ¡Qué bien
su mandiocal sonoro,
sus caballos que andaban enloqueciendo el
belfo
por el nivel lluvioso del paisaje,
su juvenil coraje de muchacho,
su música de troncos,
su quebracho!

Aquí,
aquí han puesto la mano,
aquí desbarataron las centellas,
aquí las Iniciales de los jóvenes muertos
van del bucle del aire a los claveles,
aquí el puñal del odio,
aquí mataron.

Severa era la vida, como el ceño
ilustre del anciano que con barba de maíces
trajinaba sus pies por la comarca;
severa la intemperie, severo el infalible
recuento de los astros. ¡Y qué bien alumbraba
la lumbre sobre el leño!
Pero aquí han puesto fuego,
hambre,
polvo desaliñado,
cenizas y mortajas;
le han sorbido los huesos, le han labrado
la cara con hachazos.

Aquí han puesto la mano.
Y además, golpes,
golpes rabiosos,
golpes en la cara,
¡feroces puñetazos extranjeros!

(De "Elvio Romero, Sus mejores poemas", prólogo de Josefina Plá y un poema dedicado de Nicolás Guillén, Biblioteca Paraguaya El Lector, segunda edición, Asunción del Paraguay, 1996).


Euler Granda

Poema sin llanto

Hoy mataron a Juan el Huasicama,
lo mataron a palo en día claro,
lo mataron por indio,
porque trabajaba como tres
y nunca sació el hambre,
porque junto a los bueyes
arrastraba el arado,
porque dormía sobre el suelo
y con su mala suerte cobijábase,
porque amaba la tierra
como la aman los árboles;
lo mataron por bueno,
por animal de carga.

Se quedó
de los pies hasta el alma ensangrentado,
se quedó boca abajo
para que los trigales no le vieran
la cara destrozada,
quedó
como las hierbas
después que pasan los caballos
y nadie dice nada;
lo mataron sin que nadie lo notara,
sin que a nadie le importara nada.
El viento persistió en su erranza,
como siempre las aves revolaron,
siguió impasible el soledoso páramo.

No hubo más,
el patrón lo mató
porque le dio la gana.

(De "Poesía viva del Ecuador, siglo XX", antología a cargo de Jorge Enrique Adoum, Editorial Libresa, Quito, Ecuador, 1998 -primera edición en 1990, Editorial Grijalbo Ecuatoriana, colección Espejo de Tinta).

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