• @nimarlu
    De tristezas que no dejan costura por reventar y de otros amores impensables
  • @L0laM0ra
    Suelen anidar las ilusiones en la tímida noche buscando la última estrella
  • @monarcamanni
    Lo que nos rompa primero: el olvido o una canción
  • @Anadimeana
    Algunos inundan puentes y ventanas, otros llueven estrellas: cada palabra con su mano vuela
  • @xhuvia922
    Las esponjas del mar borran el horizonte
  • @nancyeldarjani
    El tiempo es un olor cuando llueve
  • @DeNegraTinta
    También te quiero a deshoras
  • @DLobosyQuimeras
    Barcos de papel en dique seco
  • @LaPetit10
    Yo ya no quiero sueños intocables
  • @BlueDement_
    El día que te conozcas, vas a enamorarte de mi
  • @RecMaria
    El tiempo matará lo que no defiendas
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño

Debe el amor vencer

 

  Edgar Bayley

 

 

   En Común

 

   6

 

a cuanto hemos vivido

los cuerpos oponen sus últimas páginas

al pasar

los hábitos de tu nombre se inclinan sobre mi boca

y todas las ventanas respiran cuando nacemos cada noche

duramos en torno a nuestros brazos

comienzan las palabras a cada seducción de los cabellos

nacemos en la calle en el humo de las risas

nuestro amor atraviesa las alas de los días festivos

 

 

   2

 

ninguna soledad existe

ningún eco de los ojos

unidos sobre las manos

los nombres

para sostener lo mejor de cada uno

 

tu evidencia prolonga la tierra

tus labios halagan el sobresalto

tu alegría

tu tristeza

extreman la libertad de los refugios

tus puertas han desplegado sus molinos vivientes

tus palabras guardan para todos el hábito de las pupilas

esta noche te rodea como el curso de un río

 

 

   Nos conocemos

 

tardo en convencerme de que existes

que estás ahí

mientras el fuego arde

y el puente y la orilla acercan sus extremos

y el agua continúa

amanece

dice sí

 

me convenzo del fuego

me convenzo del agua

del vapor

del crisantemo

de la alondra

del suelo que abandono

me convenzo del aire

del caracol

de la noche

me convenzo del sí

de la esperanza y el mar

 

me convenzo de que existo

porque existes

estás resides viajas

 

tardeo en convencerme

pero llego al equinoccio

al sol de tus brazos

y el colibrí se extiende

nos conocemos

a pleno día

a cada instante

 

(De “Obras”, con presentación de Francisco Madariaga, prólogo de Rodolfo Alonso y estudio preliminar de Daniel Freidemberg, Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1999. Edgar Bayley nació en Buenos Aires, en 1919. Identificado con el vanguardismo, fue cofundador de la revista “Arturo”, en 1944. Fue también un estudioso de la poesía, lo que se expresó en el ensayo “Realidad interna y función de la poesía”, publicado en 1952. Fue también dramaturgo. “Obras” es una gran expresión de su obra poética. Incluye "En común" (1944-1949), "La vigilia y el viaje" (1949-1955), "Ni razón ni palabra" (1955-1960), "El día" (1960-1963), "Celebraciones" (1968-1976), "Nuevos poemas" (1977-1981), "Alguien llama" (1981-1983), "Algunos poemas más" (1984-1990), "Otros poemas", "Poemas inéditos", "Vida y memoria del doctor Pi", "Otras historias". También las piezas teatrales "Burla de primavera", "Farsa de Isopete y el sastre" y "Dulioto -en cinco momentos-", y una serie de ensayos, reflexiones y relatos. Bayley murió en Buenos Aires, en 1990).

 

 

   Rafael Cadenas

 

 

   Fragmentos

 

   31

 

No hay enigma. El tiempo es ella sobre la arena.

 

 

   Recuento

 

   (9)

 

De la insidiosa hojarasca emerge tu rostro.

Guirnalda para ti que regresas desnuda de lo que me quité.

Mujer, la más despojada. Ardiente exactitud.

 

--

 

Llegas

no a modo de visitación

ni a modo de promesa

ni a modo de fábula

sino

como firme corporeidad, como ardimiento,

          como inmediatez.

 

--

 

En tu reino

todos los días se vuelven suficientes.

 

--

 

Traes el espacio

donde el solo existir

sobrepasa todo quehacer.

Secreta religión del asombro

que devuelve a las manos la tierra de origen.

 

--

 

Destruye

la retórica del amante

y hazlo venir a pie, desnudo, sin arrimo,

a tu recio descampado.

Que pruebe a sostenerse ahí,

que sienta tu frío,

que vele.

 

--

 

Amante,

amante

en mí

sin tallar

como ignorado ícono.

Oigo decir que debo verte,

pero en mi mano

sólo está

rendirse.

 

(De “Antología”, con selección y prólogo de Luis Miguel Isava, Altazor, Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1981. Rafael Cadenas nació en Barquisimeto, estado de Lara, Venezuela, en 1930. Publicó su primer libro en su ciudad natal cuando contaba apenas 16 años. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez lo encarceló por su adhesión al Partido Comunista y finalmente se exiló en la Isla de Trinidad. En 1958, un año después de su regreso al país, publicó “Una isla”, y en 1960 apareció “Los cuadernos del destierro”, reeditado en 2001. Siguieron “Derrota”, “Falsas maniobras”, “Intemperie”, “Memorial”, “Amante”, “Dichos” y “Gestiones”. Asimismo, se publicaron antologías suyas en 1993, 1996 y 1999, además de la que se reporta en esta publicación. También se editó “Poemas selectos”, en 2004, 2006 y 2009. Cadenas es además ensayista y profesor universitario. Recibió el Premio Nacional de Literatura, en el rubro poesía, en 1985; la Beca Guggenheim, en 1986, el Premio Internacional de Poesía Juan Antonio Pérez Bonalde, en 1992; el premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, México, en 2009, y el premio Federico García Lorca en 2016).

 

 

   Juan Manuel Roca

 

   El amor es ciego

 

Los enamorados, ciegos el uno del otro, se conducen por las calles del mundo, se apoyan en bastones de aire, no tienen ojos para mirar un paisaje distinto al de sus noches. Ciegos el uno del otro, leen su piel con las leves yemas de sus dedos, se miran con el deseo, son sus propios lazarillos. Los mapas que señalan su camino se han ido desgastando por las visitas permanentes de su tacto. Los enamorados, espejo de mano el uno del otro, guardan en sus dedos historias y secretos. Por eso, cuando usan guantes en invierno suelen perder la memoria. El sueño de atravesar el espejo no desvela a los amantes porque en su memoria táctil reconcilian el adentro y el afuera, como si habitaran otros aires, otros lugares. En medio de cataclismos y desastres se han visto parejas de enamorados que parecen no escuchar cómo caen las torres de las iglesias y ni siquiera las paredes de su propia morada. Cuando fui ciego, Casandra, recorrí el relieve de tus formas y tus pezones como cúpulas morenas me iniciaron en el braille de tu cuerpo. No he encontrado una lectura más luminosa que tu piel.

 

(De “Testigo de sombras, antología personal”, con prólogo de Jorge Boccanera, Editora Patria Grande, Buenos Aires, 2015. Juan Manuel Roca nació en Medellín, Colombia, en 1946. Es también narrador y ensayista. Su primera publicación de poesía, “Memoria del agua”, data de 1973. Tres años después siguió “Luna de ciegos”, con la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Ya en 1983 publicó una antología poética y en 2005 otra, llamada “Cantar de lejanía”. Esta obra tuvo prólogo del poeta chileno Gonzalo Rojas, que dice en un tramo: “Lo que más celebro en Roca es la fiereza, esa amarra entre vida y poesía que llega a lo libérrimo”. Roca recibió también el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura, en 2004, el Casa de las Américas José Lezama Lima, en 2007, por “Cantar de lejanía”, y el Casa de América de Poesía Americana, que se otorga en España, en 2009. También obtuvo reconocimientos por sus cuentos y por su labor periodística. Dirige la publicación cultural “La sangrada escritura”. Asimismo, publicó libros junto a artistas plásticos, entre ellos Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón y Patricia Durán).

 

 

   Eduardo Lizalde

 

   Retrato hablado de la fiera

 

   5

 

Debe el amor vencer,

vencerlo todo.

La muerte y la cursilería.

 

Vence a los leones locos el amor,

lo vence todo.

La sintaxis.

Los corchos apretados,

el tránsito y las úlceras.

Y vence la desgracia del ratón sin muelas,

la miseria del diente sin castores,

la del castor y el diente sin carpintería.

 

Todo lo vence, compañeros,

vence a la muerte, ciudadanos,

porque es la muerte él mismo.

 

 

   Boleros del resentido

 

   El amor es otra cosa, señores

 

Uno se hace a la idea,

desde la infancia,

de que el amor es cosa favorable

puesta en endecasílabos, señores.

 

Pero el amor es todo lo contrario del amor,

tiene senos de rana,

alas de puerco.

 

Mídese amor por odio.

Es legible entre líneas.

Mídese por obviedades,

mídese amor por metros de locura corriente.

Todo el amor es sueño

-el mejor áureo sueño de la plata-.

Sueño de alguien que muere,

el amor es un árbol que da frutos

dorados sólo cuando duerme.

 

(De “El tigre en la casa”, el suri porfiado y Círculo de Poesía, revista electrónica de literatura, Buenos Aires, 2014. Eduardo Lizalde nació en Ciudad de México, en 1929. La poesía apareció en su vida siendo niño, por las lecturas de su padre, quien lo estimuló para que escribiera sonetos. La figura del tigre trae la marca de las lecturas iniciales de Kypling y aventuras de Tarzán. Sus primeras publicaciones se registraron en diarios, a los 18 años. “La mala hora”, su primer libro de poesía, apareció nueve años después. Junto con militancia política en la izquierda, siguió su desarrollo literario hasta fundar una corriente llamada “poeticismo”, que él mismo dio posteriormente por fracasada. Ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua en 2007. Dos años después recibió la medalla de oro de Bellas Artes, otorgada por el instituto homónimo. Se lo conoce como “El Tigre”, por su recurrencia a la figura de ese animal en sus versos. Él lo describe como un recurso literario metafórico. El tigre, dice, fascina desde siempre a la literatura, porque es representativo de la muerte y a la vez de la belleza).

 

 

   Gioconda Belli

 

   Te busco en la fuerza del futuro

 

Sola yo, amor,

y vos quién sabe dónde,

tu recuerdo me mece como al maíz el viento

y te traigo en el tiempo,

recorro los caminos,

me río a carcajadas

y somos los dos juntos

otra vez,

junto al agua.

Y somos los dos juntos,

otra vez,

bajo el cielo estrellado

en el monte,

de noche.

Yo, amor, he aprendido a coser con tu nombre,

voy juntando mis días, mis minutos, mis horas,

con tu hilo de letras.

Me he vuelto alfarera

y he creado vasijas para guardar momentos,

me he soltado en tormentas

y trueno y lloro rabia por no tenerte cerca,

en viento me he cambiado,

en brisa, en agua fresca

y azoto, mojo, salto

buscándote en el tiempo

de un futuro que tiene

la fuerza de tu fuerza.

 

(De “Anillo de silencio, Centroamérica en la poesía”, antología con selección y prólogo de Jorge Boccanera. Desde la Gente, ediciones del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos, Buenos Aires, 2009. Gioconda Belli nació en 1948 en Managua. Sus publicaciones de poesía, género en la que se la considera innovadora, y revolucionaria en el planteo de la femineidad y su reivindicación, comenzaron en el diario La Prensa de su país. Su primer libro fue “Sobre la grama”, de 1972. Se destaca también como novelista. Su obra poética “Línea de fuego”, de 1978, le permitió obtener el Premio Casa de las Américas. Su oposición a la dictadura de los Somoza la forzó al exilio y en los 70 se plegó a la Revolución Sandinista. Ya en el siglo XXI, integra un grupo de intelectuales que tiene una postura muy crítica del gobierno del presidente Daniel Ortega).

 

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