• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
  • @DivinaOnix
    También lo imposible puede ser amado
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  • @sammasathi
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  • @TISHA77
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  • @juanita_amore
    Escribir porque el tiempo nos viene a leer
  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

México: no es posible callar

 

   José Emilio Pacheco

 

 

   El reposo del fuego

 

   6

 

¿Hasta cuándo, en qué islote sin presagios,

hallaremos la paz para las aguas,

tan sangrientas, tan sucias, tan remotas,

tan subterráneamente ya extinguidas,

de nuestro pobre lago, cenagoso

ojo de los volcanes, dios del valle

que nadie vio de frente y cuyo nombre

los antiguos callaron?

 

                        ¿Qué se hicieron

tantos jardines, las embarcaciones

y los bosques, las flores y los prados?

                                                           Los mataron

para alzar su palacio los ladrones.

¿Qué se hicieron los lagos, los canales

de la ciudad, sus ondas y rumores?

Los llenaron de mierda, los cubrieron

para abrir paso a todos los carruajes

de los eternos amos de esta tierra,

de este cráter lunar donde se asienta

la ciudad movediza, la fluctuante

capital de la noche.

 

Dijo el virrey: ‘Los hombres de esta tierra

son seres para siempre condenados

a eterna oscuridad y abatimiento.

Para callar y obedecer nacieron’.

 

La injuria del virrey flota en el lodo.

Ningún tiempo pasado ciertamente

fue peor ni fue mejor.

 

 

 

   7

 

México subterráneo… El poderoso

virrey, emperador, sátrapa hizo

de los lagos y bosques el desierto.

 

Hemos creado el desierto: las montañas,

rígidas de basalto y sombra y polvo,

son la inmovilidad.

                             Vibra el estruendo

que hacen las aguas muertas resonando

en el silencio cóncavo.

                                     Es retórica,

iniquidad retórica hasta el llanto.

 

 

   8

 

¿Sólo las piedras sueñan?

                                        ¿Su hosca esencia

es la inmovilidad?

                             ¿El mundo es sólo

estas piedras inmóviles?

 

Roza el aire el cantil para gastarse,

para hallar el reposo. Inconsolable

el descenso del vértigo: marea

de mil zonas aéreas desplomándose.

 

 

   10

 

Hay que darse valor para hacer esto:

escribir cuando rondan las paredes

uñas airadas, animales ciegos.

No es posible callar, comer silencio,

y es por completo inútil hacer esto

antes que los gusanos del instante

abran la boca muda de la letra

y devoren su espíritu.

 

 

   Manuscrito de Tlatelolco

    (fragmento)

 

Muchachas y muchachos por todas partes.

Los zapatos llenos de sangre.

Los zapatos sin nadie llenos de sangre.

Y todo Tlatelolco respira sangre.

 

-Vi en la pared la sangre.

 

-Aquí, aquí Batallón Olimpia.

 

-¿Quién, quién ordenó todo esto?

 

-Nuestros hijos están arriba.

Nuestros hijos, queremos verlos.

 

-Hemos visto cómo asesinan.

Miren la sangre.

Vean nuestra sangre.

 

En la escalera del edificio Chihuahua

sollozaban dos niños

junto al cadáver de su madre.

 

-Un daño irreparable e incalculable.

 

Una mancha de sangre en la pared,

una mancha de sangre escurría sangre.

 

Lejos de Tlatelolco todo era

de una tranquilidad horrible, insultante.

 

-¿Qué va a pasar ahora,

qué va a pasar?

 

 

   Crónica Mexicayotl

 

En otro giro de la procesión

o de la tribu errante que somos,

henos aquí sin nada como al principio.

Sapos y lagartijas nuestro alimento,

sal nuestra vida, polvo nuestra casa.

Añicos y agujeros en la red

Nuestra herencia de ruinas.

Por fin tenemos

que hacerlo todo a partir

de esta nada que por fin somos.

 

(De “Tarde o temprano, poemas 1958-2009”, Colección Nuevos Textos Sagrados, dirigida por Antoni Marí, Tusquets Editores, Ciudad de México, 2010. Esta antología incluye “Los elementos de la noche”, 1958-1962; “El reposo del fuego”, 1963-1964; “No me preguntes cómo pasa el tiempo”, 1964-1968; “Irás y no volverás”, 1969-1972; “Islas a la deriva”, 1973-1975; “Desde entonces”, 1975-1978; “Los trabajos del mar”, 1979-1983; “Miro la tierra”, 1984-1986; “Ciudad de la memoria”, 1986-1989; “El silencio de la luna”, 1985-1996; “La arena errante”, 1992-1998; “Siglo pasado, desenlace”, 1999-2000; “Como la lluvia”, 2001-2008; y “La edad de las tinieblas”, 2009. José Emilio Pacheco nació el 30 de junio de 1939 en Ciudad de México, y murió en ese mismo lugar el 26 de enero de 2014. Su relación con la literatura y sus actividades en ella comenzaron en la revista “Medio Siglo” de la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente dirigió colecciones y publicaciones vinculadas con las letras. Se especializó en literatura mexicana del siglo XIX, y estudió al argentino Jorge Luis Borges. Se lo considera uno de los exponentes de la “Generación de los cincuenta”, también llamada “Generación de medio siglo”, junto con Salvador Elizondo, Eduardo Lizalde, Carlos Monsiváis y Sergio Galindo, entre otros escritores. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1963 con “Los elementos de la noche”. Después de la antología “Tarde o temprano”, de 2009, se publicaron “Como la lluvia” y “La edad de las tinieblas”, en el mismo año, y “El espejo de los ecos”, en 2012. Fue también novelista, cuentista, ensayista y traductor. Obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Cervantes, en 2009, el Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, en 2005, el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2004, y el Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, en 2003).

 

  

   Marco Antonio Campos

 

   El país (I)

 

                                   a Gastón García Cantú

 

 

Ya pueden decir lo que quieran, me dirán lo que

   quieran

pero yo siempre he amado a México.

Cuando estuve lejos bajaba repentinamente un

   delgado mas

inmenso manantial de imágenes y una triste voz era

   triste

cuerda en la cítara del corazón enamorado.

Podía o pudo ser acaso una noche de lluvia

   innumerable

en un parque neoyorquino,

o en la aspirable terraza de un café parisiense,

o bajo el crepúsculo en lo alto de una plaza de

   Gotemburgo.

Podrán escarnecerme el mañana del triste que fui

   ayer

por gloriarme en público de ser “un italiano

   desplazado”

o “un hombre del Duecento florentino en pleno

   siglo XX”.

Pero yo siempre he amado a México.

Lo he reconocido –lo he amado- en mi casa

  destruida,

en mi familia destruida,

en el trato con amigos y también con enemigos,

en mujeres que amé y me enterraron bajo la fosa más

honda y más oscura,

en paisajes que al hacerlos míos con una distancia

   íntima

me emocionan por su belleza que me creo o me

   invento,

en ciudades que delineó la memoria como líneas

simétricas en una piedra,

en iglesias que se caían de proporción y luz,

en actos dignos de hombres que no morirán del todo.

Y aunque sé que a este país lo ha gobernado el

   diablo,

que los mexicanos no hemos estado a la altura del

   gran país,

ustedes dirán lo que quieran, pensarán lo que quieran,

pero yo siempre he amado a México,

                                            

                                                            siempre.

(De “¿Dónde quedó lo que yo anduve?”, el suri porfiado, de Argentina, y Círculo de Poesía, revista electrónica de literatura, de México, Buenos Aires, 2016. Marco Antonio Campos nació en Ciudad de México, en 1949. Es también narrador, ensayista, traductor y editor. Estudió Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde fue miembro del taller de poesía de su compatriota Juan Bañuelos. Como docente, fue profesor huésped de varias universidades, entre ellas la de La Plata, Argentina, en 1992. Sus publicaciones de poesía comenzaron con “Muertos y disfraces”, de 1974. En 2007 publicó “El forastero en la tierra, 1970-2004”, su poesía reunida. Entre gran cantidad de premios se destaca el Xavier Villaurrutia, en 1992 y 1993; el Casa de América de Poesía Americana de Madrid, en 2005; el Iberoamericano Ramón López Velarde, en 2010. Tradujo a Charles Baudelaire, Arthur Rimbaud, Antonin Artaud, Umberto Saba, Giuseppe Ungaretti, Salvatore Quasimodo, Cesare Pavese, Carlos Drummond de Andrade y Nuno Júdice, entre otros).

 

 

   Tlatelolco 68

 

   1

 

Nadie sabe el número exacto de los muertos,

ni siquiera los asesinos,

ni siquiera el criminal.

(Ciertamente, ya llegó a la historia

este hombre pequeño por todas partes,

Incapaz de todos menos del rencor.)

 

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen

como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,

pero esto fue peor,

aquí han matado al pueblo:

no eran obreros parapetados en la huelga,

eran mujeres y niños, estudiantes,

jovencitos de quince años,

una muchacha que iba al cine,

una criatura en el vientre de su madre,

todos barridos, certeramente acribillados

por la metralla del Orden y la Justicia Social.

 

A los tres días, el ejército era la víctima de los

desalmados,

y el pueblo se aprestaba jubiloso

a celebrar las Olimpíadas, que dirían gloria a México.

 

 

   2

 

El crimen está allí,

cubierto de hojas de periódicos,

con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

El aire denso, inmóvil,

el terror, la ignominia.

Alrededor las voces, el tránsito, la vida.

Y el crimen está allí.

 

 

   3

 

Habría que lavar no sólo el piso: la memoria.

Habría que quitarles los ojos a los que vimos,

asesinar también a los deudos,

que nadie llore, que no haya más testigos.

Pero la sangre echa raíces

y crece como un árbol en el tiempo.

La sangre en el cemento, en las paredes,

en una enredadera: nos salpica,

nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

 

Las bocas de los muertos nos escupen

una perpetua sangre quieta.

 

 

   4

 

Confiaremos en la mala memoria de la gente,

ordenaremos los restos,

perdonaremos a los sobrevivientes,

daremos libertad a los encarcelados,

seremos generosos, magnánimos y prudentes.

 

Nos han metido las ideas exóticas como lavativa,

pero instaramos la paz,

consolidamos las instituciones;

los comerciantes están con nosotros,

los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos,

los colegios particulares,

las personas respetables.

 

Hemos destruido la conjura,

aumentamos nuestro poder:

ya no nos caeremos de la cama

porque tendremos dulces sueños.

 

Tenemos Secretarios de Estado capaces

de transformar la mierda en esencias aromáticas,

diputados y senadores alquimistas,

líderes inefables, chulísimos,

un tropel de putos espirituales

enarbolando nuestra bandera gallardamente.

 

Aquí no ha pasado nada.

Comienza nuestro reino.

 

 

   5

 

En las planchas de la Delegación están los cadáveres.

Semidesnudos, fríos, agujereados,

algunos con el rostro de un muerto.

Afuera, la gente se amontona, se impacienta,

espera no encontrar el suyo:

“Vaya usted a buscar a otra parte”.

 

 

   6

 

La juventud es el tema

dentro de la Revolución.

El Gobierno apadrina a los héroes.

El peso mexicano está firme

y el desarrollo del país es ascendente.

Siguen la tiras cómicas y los bandidos en la televisión.

Hemos demostrado al mundo que somos capaces,

respetuosos, hospitalarios, sensibles

(¡Qué Olimpíada maravillosa!),

Y ahora vamos a seguir con el “Metro”

porque el progreso no puede detenerse.

Las mujeres, de rosa,

los hombres, de azul cielo,

desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa

que construye la patria de nuestros sueños.

 

(De “Tarumba y otros poemas, antología”, con selección y prólogo de Eduardo Langagne, El viento de los locos, Editora Patria Grande, Buenos Aires, 2015. Jaime Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926, y murió en Ciudad de México, en 1999. Estudió filosofía y letras. Recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el Nacional de Literatura y el Xavier Villaurrutia de Poesía, entre otros reconocimientos. Algunas de sus obras: "Heral" -la primera, publicada a la edad de 23 años-; "La señal", "Adán y Eva", "Tarumba", "Poemas sueltos", "Yuria", "Tlatelolco", "Maltiempo", "Algo sobre la muerte del mayor Sabines", "Otros poemas sueltos", "Los amorosos: cartas a Chepita". El director Claudio Isaac realizó un documental sobre su vida y obra, titulado “Algo sobre Jaime Sabines”. El poema “Los amorosos”, ya publicado en www.lapoesiaalcanza.com.ar, fue la base para una serie de televisión que llevó ese mismo nombre. El mismo poema fue llevado a la música por Alejandro Filio y Pedro Aznar).

 

 

 

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