• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
  • @Innestesia
    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
  • @letrasdemorado
    Ya no hacen el pasado como antes
  • @itzarbepoesia
    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
  • @leonbenIarregui
    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Augusto Roa Bastos

  

   Los hombres

 

Tan tierra son los hombres de mi tierra

que ya parece que estuvieran muertos,

por afuera dormidos y despiertos,

por dentro con el sueño de la guerra.

 

Tan tierra son que son ellos la tierra

andando con los huesos de sus muertos,

y no hay semblantes, años ni desiertos

que no muestren el paso de la guerra.

 

De florecer antiguas cicatrices

tienen la piel arada y su barbecho

alumbran desde el fondo las raíces.

 

Tan hombres son los hombres de mi tierra

que en el color sangriento de su pecho

la paz florida brota de su guerra.

 

 

   Destino

 

Cada uno cría su íntimo cuervo

en las entrañas de los ojos

así alguno que otro al final

puede contemplar el lado oculto

de las cosas

 

cada uno lleva pegado

a la sed inmemorial de los labios

el trémulo colibrí

de la materia alma

su río de rocío inagotable

 

cada uno está hecho de tierra

de agua de aire de fuego de anhelo

de estiércol

de nada

 

sólo entre tantos no es tan triste

nacer ni vivir

las catástrofes hacen felices

a los profetas

cada uno tiene la suya

muere en su día cada uno

más la persona-muchedumbre

lázaramente se levanta

después de cada cataclismo

cien años más joven

sin ningún artilugio alegórico

 

 

   Nocturno paraguayo


   II

 

Cómo asir esta espina de fuego

incrustada en el alma.

Cómo decir, contar o responder

a preguntas vacías

entre el exasperado desorden

y el inaudible grito que aún nos hiela

la sangre,

que hubo una vez entre palmares y siglos

y jazmines

un país de rocío, una isla de tierra

rodeada de tierra,

el corazón purpúreo de América

del Sur.

La fiebre de los meses manando

por los poros

mancha con un sudor sangriento los pañuelos

que uno lleva a los ojos.

Cómo sin que se caigan a pedazos los labios,

explicar por ejemplo,

que hay cabelleras blancas sobre cabezas

núbiles

y pulmones que aúllan a la muerte

y ojos adolescentes ya de rescoldo y tierra

tiritando apagados

en el fangoso tremedal de los esteros

o bajo el párpado de piedra de las cárceles

llenas hasta los bordes

de su agua humana hambrienta y sedienta.

Lo que agoniza y sufre tiene letras terribles.

entrañas como dientes

y follaje de nervios,

páginas que nos queman la mano, el ojo,

el ánima.

Cómo escribir entonces un reflejo sombrío,

dibujar una boca

que hable y diga y cuente desde el fondo

del pecho

lo que está allí enterrado

bajo espesas cordilleras

de blasfemia y suspiro.

Nada más que la luna

sobre los grandes ríos,

sus pómulos cobrizos, sus profundas ojeras

de pantano y de fiebre;

un pueblo entero entre los bosques

y el silencio

su argamasa espectral empañando

los árboles.

Y esta resina fresca de los muertos

que aprenden a beber a sorbos largos

su lenta eternidad de raíces calladas

chupando en nuestras llagas

su vid de vida, su hiel infiel,

nutriendo en nuestros ojos

su mirar necesario

y final.

 

   III

 

 

Canta el urutaú,

conozco bien su queja solitaria

que hace entre las maderas su aposento,

en el tímpano denso de la noche,

detrás del tiempo, de espaldas

a la luz.

Pero desde el nocturno campanario

del monte,

no dobla por los muertos

sino por los ausentes en lejanos países,

por los vivos que mueren poco a poco

bajo el madero negro de la ausencia.

Porque en la zona roja del tanino,

o en las comarcas del yerbal profundo,

o entre los cocoteros sepulcrales,

suena el sonido puro

de la guerra.

Desde el silencio atado a tantos huesos

que errabundas centellas

agitan por la casa dormida de la noche,

crece el fragor, el vasto son de fuego,

su redoble triunfal.

Más fuerte que el penacho de humo,

más alta que el recuerdo y las palabras,

la fogata natal centellea a lo lejos

y en la noche sagrada dibuja

su reino melodioso.

Un hálito ancestral anda y recoge labios,

anda y recoge pulsos hundidos en la arena,

cose entre las cortezas meteoros caídos

y sobre el terciopelo de la noche

junta estas joyas,

estos eslabones sagrados

que arman la cegadora certeza del triunfo.

La Cruz del Sur está en su sitio,

sube y decora el cielo

desde su empuñadura de miradas y manos;

la sangre combatiente está en su sitio,

el tiempo está en su sitio

y el espacio que falta a nuestros hombros

se llena ya de nuevas frentes

y claridades.

Porque la patria vive

como una gigantesca mano color de tierra;

porque la tierra vive

como una gigantesca llama color de sangre;

porque la sangre vive

como una gigantesca llama color de aurora.

Y en esta luz un pueblo lázaro

se levanta y camina.

 

(De “Poesía”, con prólogo de Jorge Boccanera, colección Musarisca, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1999, y de “Poesías reunidas”, con introducción, bibliografía y hemerografía de Miguel Ángel Fernández, Editorial El Lector, Asunción, 2003. Augusto Roa Bastos nació en Asunción, en junio de 1917, y murió en esa misma ciudad en abril de 2005. Sus primeras publicaciones de poesía datan de 1942.  En 1932, cuando tenía quince años, se fue de su casa para combatir en la Guerra del Chaco, experiencia que quedó expresada después en su novela “Hijo de hombre”, publicada en 1960 y parte de la llamada “trilogía paraguaya” que integraron además “Yo el Supremo” y “El Fiscal”. Después de pasar un período en Europa, en 1947 tuvo que salir al exilio, amenazado por las autoridades. Se radicó en Buenos Aires. Al tiempo que se intensificó su escritura y se multiplicaron publicaciones, comenzó a recibir reconocimientos. Un intento por regresar a su país terminó en la expulsión en 1982, otra vez hacia Argentina. Aunque el dictador Alfredo Stroessner fue derrocado en 1989, él regresó en 1996. Fue también narrador, autor teatral y guionista de cine. El primero de enero de 2017 se puso en marcha en su país un año de homenajes que incluye ediciones, concursos y exposiciones).

 

 

 

   Silenciario

 

a la sombra del silencio

se oye el susurro de los orígenes

la curvatura del anhelo

como el sonido del humo

se oye en la neblina

la gárrula mudez de los muertos

retornan sin ruido los ausentes

doblan la esquina de los vientos

aparecen cubiertos de polvo

con la potencia de la hierba

crecen bajo el suelo de piedra

bajo suelas de piedra

 

 

   Margen

 

En el borde interior de la página

en el blanco arenal que bordea

la selva de lo escrito

alguien espera en cuclillas con mirada de sordo

con ansiedad de miope

a que la palabra diga algo

en futuro arcaico en sonido

en voz propia

como el canto natural de los pájaros

o al menos como el ruido de un alfiler

cayendo de punta sobre la cresta

del mundo

 

 

   La jaula de oro

 

En esta cárcel de mi joven vida

donde cantando estoy porque mi llanto

la blanda soledad no turbe tanto,

vivo soñando una ilusión perdida.

 

Es una jaula de doradas rejas

como esas que aprisionan la sonora

inquietud del ruiseñor cuando a la aurora

repite el canto de sus dulces quejas.

 

¡Cuántas veces también con ala herida,

en vano intento de fugarse, mi alma

en forzada quietud halló la calma…!

 

Sólo a mi encierro acude a darme vida,

cuando gimiendo estoy, con una mansa

caricia de sus dedos, la Esperanza.

 

 

     Límite

                   a Josefina Plá

 

Cuando tocamos en la noche

el rostro vivo del recuerdo

su sangre moja nuestro nombre

y arden las manos hasta el hueso.

 

Canción de olvido en la tiniebla,

muerte acostada sobre el tiempo,

la mosca grávida y eterna

pone su huevo sobre el sexo.

 

De labio a labio se propaga,

germen axial del universo.

Donde se acaba la esperanza

se borra el límite del tiempo.

 

Cuando yo sople en mis cenizas

otro estará ya en mi momento,

las muchedumbres que me habitan

en mi costado las contemplo.

 

Ojo del hacha sin la lágrima,

música sin el instrumento,

siglos volando en una ráfaga

sobre los vivos y los muertos.

 

Esto es el hombre, la medida

de su congoja y pensamiento,

gusano de una fruta henchida,

cava en la tierra y en el cielo.

 

El alma enciende su semblante

con un destello polvoriento.

Más alto siempre que tu imagen

no tiene límite el deseo.

Suda el silencio sangre humana

y el ojo ya quemado y yerto

mira sin párpados la llama

en la memoria de un sol negro.

 

 

    Razón de vida

 

Con dientes yo golpeo en el rocío

y martillo con dientes en el agua

y estoy mordiendo una ardorosa fragua

con dentadura de metal bravío.

 

En mi propio relámpago me enfrío

y de mi propia sangre me desagua

la luna que encanece en mi piragua

boyando aguas abajo por el río.

De esta pasión de material mutable

busco lo intenso en medio de lo endeble,

colgado de la lágrima de un ojo.

 

Halo con fuerza del sangriento cable

y envuelto en pueblo vivo y ya indeleble

saco a la orilla un esqueleto rojo.

 

La poesía alcanza para todos - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.