• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
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  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Ida Vitale, en el silencio del mundo

 

   Agradecimiento

 

Agradezco a mi patria sus errores,

los cometidos, los que se ven venir,

ciegos, activos a su blanco de luto.

Agradezco el vendaval contrario,

el semiolvido, la espinosa frontera de argucias,

la falaz negación de gesto oculto.

Sí, gracias, muchas gracias

por haberme llevado a caminar

para que la cicuta haga su efecto

y ya no duela cuando muerde

el metafísico animal de la ausencia. *

 

  • Peter Sloterdijk

 

 

   Bogotá, 2001

 

Bajo nubes ahumadas, sin convicción,

al sesgo, cae la lluvia.

Hay flores amarillas y espejos de agua grises

y pinos, pinos, pinos y rebaños.

Los eucaliptos, los de flores rojas,

se han asentado sobre la verde, irreductible tierra.

Todo se sabe a salvo en su propio color

y espera que por los aires suba

el papalote de la primavera.

A nada esto inquieta si la poesía dura.

¿Se nutre ella del silencio del mundo?

 

 

   Obstáculos lentos

 

Si el poema de este atardecer

fuese la piedra mineral

que cae hacia un imán

en un resguardo hondísimo;

 

si fuese un fruto necesario

para el hambre de alguien,

y maduraran puntuales

el hambre y el poema;

 

si fuese el pájaro que vive por su ala,

si fuese el ala que sustenta al pájaro,

si cerca hubiese un mar

y el grito de gaviotas del crepúsculo

dice la hora esperada;

 

si a los helechos de hoy

-no los que guarda fósiles el tiempo-

los mantuviese verdes mi palabra;

si todo fuese natural y amable…

 

Pero los itinerarios inseguros

se diseminan sin sentido preciso.

Nos hemos vuelto nómades,

sin esplendores en la travesía,

ni dirección adentro del poema.

 

 

   El día, un laberinto

 

El día, un laberinto

donde solo tienes la luz

                                     unos minutos.

 

Te asomas a la mesa que marea,

miras papeles,

                       mares que se ajan,

letras confusas,

                          hojas de otro otoño,

el registro del día,

                             el laberinto

donde solo tuviste luz

                                   unos minutos.

 

 

   Mariposa, poema

 

En el aire estaba

impreciso, tenue, el poema.

Imprecisa también

llegó la mariposa nocturna,

ni hermosa ni agorera,

a perderse entre biombos de papeles.

La deshilada, débil cinta de palabras

se disipó con ella.

¿Volverán ambas?

Quizás, en un momento de la noche,

cuando ya no quiera escribir

algo más agorero acaso

que esa escondida mariposa

que evita la luz, como las Dichas.

 

 

   Residua

 

Corta la vida o larga, todo

lo que vivimos se reduce

a un gris residuo en la memoria.

 

De los antiguos viajes quedan

las enigmáticas monedas

que pretenden valores falsos.

 

De la memoria solo sube

un vago polvo y un perfume.

¿Acaso sea la poesía?

 

 

   Justicia

 

Duerme el aldeano en un colchón de heno.

El pescador de esponjas descansa

sobre su mullidísima cosecha.

¿Dormirás tú, en lenta flotación,

sobre papel escrito?

 

 

   A la velocidad del miedo

 

A veces tiene el color

del atardecer en un parque,

la melancolía que acompaña siempre

a la belleza.

Espera a la distancia justa.

A veces parece estar muy próxima,

detrás de la ventana,

dispuesta a romper el vidrio

que me aísla.

Sé todavía medir la velocidad

de su paso,

la hora de sus distracciones.

Soy su menguante límite fijo.

 

(De “Jardín de sílice, Antología poética 1949-2005”, con selección y prólogo de Katherine Hedden y Víctor Rodríguez Núñez, Editorial Arte y Literatura, La Habana, Cuba, 2015. Ida Vitale nació en Montevideo, en 1923. Integró el grupo de escritores que con Juan Carlos Onetti, Idea Vilariño y Mario Benedetti, entre otros, es conocido como Generación del 45. Su primera publicación data de 1949, “La luz de esta memoria”.  Se fue al exilio con su pareja, Enrique Fierro, durante la dictadura cívico-militar que asoló al Uruguay entre 1973 y 1985. Se radicaron en México, donde conoció a Octavio Paz, quien la ayudó a insertarse entre escritores e intelectuales. Tuvo varias publicaciones en México, entre ellos la antología “Fieles”. Luego Fierro consiguió un trabajo en Austin, por lo que se establecieron en la ciudad estadounidense, donde la poeta siga radicada. También autora de prosa y ensayo, trabajó además como traductora. En 2015 recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y en 2016 el Federico García Lorca).

 

 

   Preguntas

 

¿Puedes contar el color de la lluvia,

los grados de la ausencia por su peso de sombra?

¿Aceptas, cuando bajan del cielo

los anillos del tiempo,

cómo estrechan tu infancia, tu piel o tus herbarios?

¿Puedes ver deshacerse la escalera de polvo

por donde tu alegría había crecido en nubes,

sin estupor volver al mismo sueño,

sin soñarlo volver al mismo sitio,

y no gritar y no gritar?

Una vuelta de vida, un giro bajo el sol,

y un mundo de fantasmas ha perdido sentido.

¿Puedes vivir y olvidarte que es juego,

olvidar su secreta razón estar muriendo?

 

 

   Juez y parte

 

Se apagan rostros como estrellas

que caen. Nadie erige deseos,

ni cabe formular augurio alguno.

Lejos, golpean puertas en el mundo

de los rapaces que halconizan.

Pasan palabras, gestos.

 

Asume la sentencia. Este cuarto vacío,

tus horas de desollada piel,

esa nube que cercena la ventana, la dictan.

Las dactilares copias del otoño,

sobre imposibles resurrecciones,

la refrendan.

 

 

   Trastienda

 

Cielos veloces de Montevideo,

estratos de oro y de laurel,

halados por la más alta red,

tibios lilas lentísimos

concientes de su luz multiplicada,

pasan y nos envuelven

y nos entretenemos con su gracia,

como una mano juega

entre arenas que guardan

la eternidad en la que no pensamos.

Entretanto, el pegaso peligro

relincha ferozmente.

 

 

   Granada de Nicaragua

 

En un mar que no es mar,

sino engañoso inmenso lago,

mar dulce para asombrados españoles,

un volcán obstinado volcó islas,

más de trescientas verdes islas como sílabas

que se buscan para decir sus cosas.

Un olor sin doctrina flota en las aguas dóciles.

 

Cuerdas de golondrinas

-arriba con guirnaldas-

graban en la memoria esa gracia tendida,

un cantabile súbito de lo verde a lo verde.

Pero donde concluye esta paz, a lo lejos,

paz de jardines solos y cercanos,

las aguas callan y se encrespan.

No sabré lo que sigue.

 

 

   Austin

 

El pensamiento va

de una casa a los árboles,

se detiene en un pájaro.

Una esquina, una nariz extraña

se funden y alejan el rayo de luz,

las graves, interiores inercias.

 

Todo es suma de partes:

debería aprender cuáles forman

esto que avanza

o retrocede inescrutable

por la ajena ciudad que me ha aceptado

en sus misterios inasibles:

distancias aún no sumadas y tatuajes,

pocos susurros, arrebatos dementes,

prescindibles noticias aventadas

al oído en que caigan,

algo vago que reemplaza las almas.

 

Un enclave muy íntimo

se duele de la huella del monstruo

en el camino que nadie cree seguir

y yo sospecho.

Esa quimera de lucidez es

vago consuelo

para un itinerario ciego.

 

 

 

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