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    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
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    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
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    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

La pasión según Boccanera

 

(El poeta argentino Jorge Boccanera, que en octubre de 2016 recibió el Premio Poetas del Mundo Latino, que se concede en México, publicó también varias antologías y ensayos. Uno de sus trabajos es “La pasión de los poetas”, en el que indaga las circunstancias que rodearon a los poemas de amor escritos por veintiún autores latinoamericanos. De hecho, el subtítulo de la obra es “La historia detrás de los poemas de amor”. La obra transita por un carril no convencional, ya que combina condimentos de la investigación histórico-periodística, el ensayo y el relato de ficción. Cada capítulo termina con un poema de amor del autor referido. Tomando en cuenta que La Poesía Alcanza publica asiduamente poemas de Jorge Boccanera, la celebración por la obtención del premio en México se expresa esta vez con algunos de los poemas de este libro, reeditado recientemente en la Argentina por la Editorial Patria Grande).

 

 

   César Vallejo

 

   Poema para ser leído y cantado

 

Sé que hay una persona

que me busca en su mano, día y noche,

encontrándome, a cada minuto, en su calzado,

¿Ignora que la noche está enterrada

con espuelas detrás de la cocina?

 

Sé que hay una persona compuesta de mis partes,

a la que integro cuando va mi talle

cabalgando en su exacta piedrecilla.

¿Ignora que a su cofre

no volverá moneda que salió con su retrato?

 

Sé el día,

pero el sol se me ha escapado;

sé el acto universal que hizo en su cama

con ajeno valor y esa agua tibia, cuya

superficial frecuencia es una mina.

¿Tan pequeña es, acaso, esa persona,

que hasta sus propios pies así la pisan?

 

Un gato es el lindero entre ella y yo,

al lado mismo de su taza de agua.

La veo en las esquinas, se abre y cierra

su veste, antes palmera interrogante…

¿Qué podrá hacer sino cambiar de llanto?

 

Pero me busca y busca. ¡Es una historia!

 

 

   Rosario Castellanos

 

   Destino

 

Matamos lo que amamos. Lo demás

no ha estado vivo nunca.

Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere

un olvido, una ausencia, a veces menos.

Matamos lo que amamos. ¡Que cese ya esta asfixia

de respirar con un pulmón ajeno!

El aire no es bastante

para los dos. Y no basta la tierra

para los cuerpos juntos

y la ración de la esperanza es poca

y el dolor no se puede compartir.

 

El hombre es animal de soledades,

ciervo con una flecha en el ijar

que huye y se desangra.

 

Ah, pero el odio, su fijeza insomne

de pupilas de vidrio; su actitud

que es a la vez reposo y amenaza.

 

El ciervo va a beber y en el agua aparece

el reflejo de un tigre.

El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve

-antes que lo devoren- (cómplice, fascinado)

igual a su enemigo.

 

Damos la vida sólo a lo que odiamos.

 

 

   Vicente Huidobro

 

   Altazor

   Canto II

   (fragmento)

 

Mujer el mundo está amueblado por tus ojos

Se hace más alto el cielo en tu presencia

La tierra se prolonga de rosa en rosa

Y el aire se prolonga de paloma en paloma

 

Al irte dejas una estrella en tu sitio

Dejas caer tus luces como el barco que pasa

Mientras te sigue mi canto embrujado

Como una serpiente fiel y melancólica

y tú vuelves la cabeza detrás de algún astro

 

¿Qué combate se libra en el espacio?

Eras lanzas de luz entre planetas

Reflejo de armaduras despiadadas

¿Qué estrella sanguinaria no quiere ceder el paso?

En dónde estás triste noctámbula

Dadora de infinito

Que pasea en el bosque de los sueños

 

Heme aquí perdido entre mares desiertos

Solo como la pluma que se cae de un pájaro en la noche

Heme aquí en una torre de frío

Abrigado del recuerdo de tus labios marítimos

Del recuerdo de tus complacencias y de tu cabellera

Luminosa y desatada como los ríos de montaña

¿Irías a ser ciega que Dios te dio esas manos?

te pregunto otra vez

 

El arco de tus cejas tendido para las armas de los ojos

En la ofensiva alada vencedora segura con orgullos de flor

Te hablan por mí las piedras aporreadas

Te hablan por mí las alas de pájaros sin cielo

te habla por mí el color de los paisajes sin viento

Te habla por mí el rebaño de ovejas taciturnas

Dormido en tu memoria

Te habla por mí el arroyo descubierto

La yerba sobreviviente atada a la aventura

Aventura de luz y sangre de horizonte

Sin más abrigo que una flor que se apaga

Si hay un poco de viento

(…)

Sin embargo te advierto que estamos cosidos

A la misma estrella

estamos cosidos por la misma música tendida

De uno a otro

Por la misma sombra gigante agitada como árbol

Seamos este pedazo de cielo

Este trozo que pasa la aventura misteriosa

La aventura del planeta que estalla en pétalos de sueño

(…)

Tengo una atmósfera propia en tu aliento

La fabulosa seguridad de tu mirada con sus constelaciones íntimas

Con su propio lenguaje de semilla

Tu frente luminosa como un anillo de Dios

Más firme que todo en la flora del cielo

Sin torbellinos de universo que se encabrita

Como un caballo a causa de su sombra en el aire

 

Te pregunto otra vez

¿Irías a ser muda que Dios te dio esos ojos?

 

 

(De "La pasión de los poetas, la historia detrás de los poemas de amor", Alfaguara, Buenos Aires, 2002. Jorge Boccanera nació en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1952. Obtuvo numerosos premios, entre ellos el Casa de las Américas de Cuba, en 1976; el Nacional de Poesía Joven de México, en 1977; el Premio Internacional “Camaiore” de Italia, y el Casa de América de España, en 2008; el Internacional de Poesía “Ramón López Velarde”, de 2012; y el Poetas del Mundo Latino Víctor Sandoval, en 2016. Su extendida obra poética, que comenzó a publicar en 1976, se expresa en varias antologías: “Marimba”, de 1986; “Servicios de insomnio”, de 2005; “Tambor de jadeo”, de 2009; “Libro del errante”, de 2009; “Sombra de dos lugares”, de 2009; y “Cartas de nadie a nunca”, de 2013. También es autor de prólogos y estudios sobre Raúl González Tuñón, Federico García Lorca, Augusto Roa Bastos, Ernesto Cardenal y Pablo Neruda. Asimismo, publicó ensayos sobre su compatriota Juan Gelman y coordinó varias antologías y colecciones de poesía. Es también crítico y periodista).

 

 

   Eliseo Diego

 

   La niña en el bosque

 

Caperuza del alma, está en lo oscuro

el lobo, donde nunca

sospecharías,

y te mira

desde su roca de miseria,

su soledad, su enorme hambre.

 

Tú le preguntas: ¿por qué tienes

esos ojos redondos?

Y él responde,

ciego, para mirarte

mejor, llorando.

Y enseguida

 

tú vuelves: las orejas,

¿por qué tan grandes?

Y él,

para escucharte, oh música

del mundo, sólo

para escucharte.

Y luego

 

lo demás es la sombra –indescifrable.

 

 

   José Coronel Urtecho

 

   La cazadora

 

Mi señora tan luego se levanta

va a cazar un venado matutino;

sin miedo a los colmillos del zaino,

ni al mortal topetazo de la danta.

 

Entra con ojo alerta y firme planta

en la espesura donde no hay camino,

y de los matorrales, repentino,

salta un venado que su paso espanta.

 

Ella, rápida apresta su escopeta,

veloz le apunta, le dispara y mata

-y después el marido que es poeta;

 

cuando regresa la mujer que adora;

en un soneto clásico relata

la bella hazaña de la cazadora.

 

 

   Raúl González Tuñón

 

   Lluvia

 

Entonces comprendimos que la lluvia también era hermosa.

Unas veces cae mansamente y uno piensa en los cementerios

   abandonados. Otras veces cae con furia, y uno piensa en

   los maremotos

que se han tragado tantas espléndidas de extraños

   nombres.

De cualquier manera la lluvia es saludable y triste.

De cualquier manera sus tambores acunan nuestras noches y

   la lectura tranquila corre a su lado por los canales del

   sueño.

Tú venías hacia mí y los otros seres pasaban.

No habían despertado todavía al amor.

No sabían nada de nosotros.

De nuestro gran secreto.

Ignoraban la intimidad de nuestros abrazos voluptuosos, la

   ternura de nuestra fatiga.

Acaso los rostros amigos, las fotografías, los paisajes que

   hemos visto juntos, tantos gestos que hemos entrevisto o

   sospechado, los ademanes y las palabras de ellos, todo,

   todo ha desaparecido y estamos solos bajo la lluvia, solos

   en nuestro compartido, en nuestro apretado destino, en

   nuestra posible muerte única, en nuestra posible

   resurrección.

Te quiero con toda la ternura de la lluvia.

Te quiero con toda la fuerza de la lluvia.

Te quiero con todos los tambores de la lluvia.

Te quiero con todos los violines de la lluvia.

Aún tenemos fuerzas para subir la callejuela empinada. Recién

   estamos descubriendo los puentes y las casas, las

   ventanas y las luces, los barcos y los horizontes.

Tú estás arriba, suntuosa y bíblica, pero tan humana,

   increíble, pero tan real, numerosa, pero tan mía.

Yo te veo hasta en la sombra imprecisa del sueño.

Oh, visitante.

Ya es seguro que ningún desvío nos separará.

Iguales luces señaleras nos atraen hacia la compartida vida,

   hacia el destino único.

Ambos nos ayudaremos para subir la callejuela empinada.

Ni en otra carne ni en nuestro espíritu nunca pasaremos la

   línea del otoño.

Porque la intensidad de nuestro amor es tan grande, tan

   poderosa, que no nos daremos cuenta cuando todo haya

   muerto, cuando tú y yo seamos dos sombras, y todavía

   festejemos pegados, juntos, subiendo siempre la

   callejuela sin fin de una pasión irremediable.

Oh, visitante.

Estoy lleno de tu vida y de tu muerte.

Estoy tocado de tu destino.

Al extremo de que nada te pertenece sino yo.

Al extremo de que nada me pertenece sino tú.

Sin embargo yo quería hablar de la lluvia, igual, pero distinta,

   ya al caer sobre los jardines, ya al deslizarse por los

   muros, ya al reflejar sobre el asfalto las súbitas, las

   fugitivas luces rojas de los automóviles, ya al inundar los

   barrios de nuestra solidaridad y de nuestra esperanza, los

   humildes barrios de los trabajadores.

La lluvia es bella y triste y acaso nuestro amor sea bello y triste

   y acaso esa tristeza sea una manera sutil de la alegría.

   Oh, íntima, recóndita alegría.

Estoy tocado de tu destino.

Oh, lluvia. Oh, generosa.

 

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