• @nimarlu
    De tristezas que no dejan costura por reventar y de otros amores impensables
  • @L0laM0ra
    Suelen anidar las ilusiones en la tímida noche buscando la última estrella
  • @monarcamanni
    Lo que nos rompa primero: el olvido o una canción
  • @Anadimeana
    Algunos inundan puentes y ventanas, otros llueven estrellas: cada palabra con su mano vuela
  • @xhuvia922
    Las esponjas del mar borran el horizonte
  • @nancyeldarjani
    El tiempo es un olor cuando llueve
  • @DeNegraTinta
    También te quiero a deshoras
  • @DLobosyQuimeras
    Barcos de papel en dique seco
  • @LaPetit10
    Yo ya no quiero sueños intocables
  • @BlueDement_
    El día que te conozcas, vas a enamorarte de mi
  • @RecMaria
    El tiempo matará lo que no defiendas
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño

Sones, resplandores

 

   José Emilio Pacheco

 

   El río Colne en Wivenhoe

 

Bajo el calor los bosques recuperan

la unidad del principio, aquel momento

en que todo era todo y fue apartándose

para dar vida a cada cosa viva.

 

Bajo el calor brillaba como nunca

la cicatriz del viento sobre el agua.

El río pareció por un instante

desandar su camino.

 

El mar desembocaba en una fuente.

Cielo y tierra eran líquidos, vapores:

humus y humos como en el origen.

 

Bajo el calor el vaporoso río

iba siempre en camino al no volver.

 

 

   Oda

 

Baja la primavera al aire nuestro.

Invade

con sus plenos poderes al invierno.

Todo lo redescubre y lo ilumina.

Brota del mar.

Es Dios o su emisario.

 

 

   Noche y nieve

 

Me asomé a la ventana y en lugar de jardín, hallé la noche

    constelada de nieve.

 

La nieve hace tangible el silencio. Es el desplome de la luz y se apaga.

 

La nieve no quiere decir nada:

 

Es sólo una pregunta que deja caer millones de signos de

    interrogación sobre el mundo.

 

 

   Perduración de la carmelia

 

                        Alba de añil…

                                           Efraín Huerta

 

Bajo el añil del alba flota en su luz

la camelia recién abierta.

No tiene aroma, sólo es resplandor.

Parece toda hecha de espuma.

Nube que se posó en la rama un instante

para mirar el cielo desde aquí abajo,

a los tres días de su nacimiento

se desmorona en pétalos sombríos,

polvo que se hace tierra y de nuevo vida.

 

 

   Nubes

 

En un mundo erizado de prisiones

Sólo las nubes arden siempre libres.

 

No tienen amo, no obedecen órdenes,

Inventan formas, las asumen todas.

 

Nadie sabe si vuelan o navegan,

Si ante su luz el aire es mar o llama.

 

Tejidas de alas son flores del agua,

Arrecifes de instantes, red de espuma.

 

Islas de niebla, flotan, se deslíen

Y nos dejan hundidos en la Tierra.

 

Como son inmortales nunca oponen

Fuerza o fijeza al vendaval del tiempo.

 

Las nubes duran porque se deshacen.

Su materia es la ausencia y dan la vida.

 

 

(De “Tarde o temprano, poemas 1958-2009”, Colección Nuevos Textos Sagrados, dirigida por Antoni Marí, Tusquets Editores, Ciudad de México, 2010. Esta antología incluye “Los elementos de la noche”, 1958-1962; “El reposo del fuego”, 1963-1964; “No me preguntes cómo pasa el tiempo”, 1964-1968; “Irás y no volverás”, 1969-1972; “Islas a la deriva”, 1973-1975; “Desde entonces”, 1975-1978; “Los trabajos del mar”, 1979-1983; “Miro la tierra”, 1984-1986; “Ciudad de la memoria”, 1986-1989; “El silencio de la luna”, 1985-1996; “La arena errante”, 1992-1998; “Siglo pasado, desenlace”, 1999-2000; “Como la lluvia”, 2001-2008; y “La edad de las tinieblas”, 2009. José Emilio Pacheco nació el 30 de junio de 1939 en Ciudad de México, y murió en ese mismo lugar el 26 de enero de 2014. Su relación con la literatura y sus actividades en ella comenzaron en la revista “Medio Siglo” de la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente dirigió colecciones y publicaciones vinculadas con las letras. Se especializó en literatura mexicana del siglo XIX, y estudió al argentino Jorge Luis Borges. Se lo considera uno de los exponentes de la “Generación de los cincuenta”, también llamada “Generación de medio siglo”, junto con Salvador Elizondo, Eduardo Lizalde, Carlos Monsiváis y Sergio Galindo, entre otros escritores. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1963 con “Los elementos de la noche”. Después de la antología “Tarde o temprano”, de 2009, se publicaron “Como la lluvia” y “La edad de las tinieblas”, en el mismo año, y “El espejo de los ecos”, en 2012. Fue también novelista, cuentista, ensayista y traductor. Obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Cervantes, en 2009, el Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, en 2005, el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2004, y el Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, en 2003).

 

 

   Marosa di Giorgio

 

   Magnolia

 

   31

 

 

Este melón es una rosa,

éste perfuma como una rosa,

adentro debe tener un ángel

con el corazón y la cintura siempre en llamas.

Este es un santo,

vuelve de oro y de perfume

todo lo que toca;

posee todas las virtudes, ningún defecto.

Yo le rezo,

después lo voy a festejar en un poema.

Ahora, sólo digo lo que él es:

un relámpago,

un perfume,

el hijo varón de las rosas.

 

 

   Clavel y tenebrario

 

   35

 

No me puedo olvidar de la diamela (de aquel

jazmín de diamelas al pie de la ventana bajísima

y enorme).

Era una fogata de luz de luna; los Reyes colgaron los juguetes

   en sus ramos.

Manaba azúcar, de continuo, tules vivos como almas,

almendras como huevos de paloma,

y un polvo finísimo y brillante,

que volvía, inmortales, a las cosas.

 

 

   56

 

Pájaros en los alambres de la tarde,

pasa el ferrocarril que lleva los ganados a la feria,

no sé cómo viene tan cerca de la casa,

cruza los ramajes, los lirios, las arvejas,

en medio de los trigos que abren las manos con hostias

perfumadas.

Hasta que la noche,

sus tules y sus fósforos,

caen al fin.

Mamá tiene pocos años y sombrero rojo,

pero, sus miradas pintan de violeta

el povernir.

 

 

   118

 

El gladiolo está allá, parado, inmóvil.

Parece una mujer de gasa,

un hada.

Blanco como el mármol,

como la luna,

el casamiento,

la muerte,

la nada.

Me atrevo a mirarlo,

lo espío,

a través de una puerta,

que se entreabre, misteriosamente.

Es una hoguera fría,

un chorro de azúcar,

es como mirar un ensueño.

A veces, despliega todas las manos,

los cálices, los ojos,

y apresa una especie de hostia,

una almendra,

que él mismo

hace aparecer en el aire,

para él.

 

(De "Los papeles salvajes I", colección la lengua / obra reunida, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2000. Marosa Di Giorgio nació en Salto, Uruguay, en 1932, y murió en Montevideo, en 2004. Comenzó a publicar poesía en 1954, con "Poemas". También escribió narrativa e incursionó en la prosa erótica. Algunas de sus obras fueron traducidas al francés, inglés, italiano y portugués. Recibió premios y reconocimientos, entre ellos el Primer Premio del Festival Internacional de Poesía de Medellín, en 2001).

 

 

   Elvio Romero

 

   Galope en la selva

 

No hay piedra sino polvo, verde polvo,

sólo palmar rielado por la luna,

agrestes turbonadas estivales,

polvo y sudor, rasgando guardamontes.

 

Sólo calor, oscuras polvaredas;

Polvaredas, calor, breñal abierto,

Huellas quemantes, lomas coloradas,

Verano en virulencias.

                                   Galopando…

 

Galopando el sudor. El monte duro,

con vapores selváticos y musgos

está quemando frenos y monturas.

 

No hay sino son de brazos trasudados,

sino brazos talando arboladuras,

desenfundando el árbol de la tierra,

desenfundando el sol de la corteza.

 

Deshilachando el aire.

                                A pulso firme

se va a tragar la tierra los estribos.

Un furioso galope en el crepúsculo

pega al sudor el polvo de las huellas.

 

Sufren la tierra, el monte, las taperas

al son de la herradura.

                                Las hojas truenan

con verdes ademanes que se quiebran.

Suenan las ramas y el jinete sabe

que la muerte le acecha en la arboleda.

 

No hay sino polvo, verde polvo,

polvo en el árbol, en la rama quieta

y en el furor de los bejucos, polvo.

 

Es el galope a una infernal ribera

porque en el monte hay polvo, polvo y muerte

al son de la herradura.

                                 Muerte y polvo.

 

(De "Sus mejores poemas", con prólogo de Josefina Plá. Biblioteca Paraguaya El Lector, Editorial El Lector, Asunción, 1997. Elvio Romero nació en Yegros, en 1926. Su creación y actividad literaria comenzó cuando era muy joven, así como su participación en los asuntos del país, como activista social. Con 21 años debió salir al exilio, tras la guerra civil de 1947. Entre otras actividades, después del derrocamiento del dictador Alfredo Stroessner, fue diplomático de su país en Argentina. "Días roturados", "Resoles áridos", Despiertan las fogatas", El sol bajo las raíces", "De cara al corazón", "Esta guitarra dura", "Un relámpago herido", "Los innombrables", "Destierro y atardecer", "El viejo fuego", "Los valles imaginarios", "Flechas en un arco tendido", "El poeta y sus encrucijadas", son algunas de sus obras. Murió en Buenos Aires, en mayo de 2004).

 

 

   Wislawa Szymborska

 

   El silencio de las plantas

 

La relación unilateral entre vosotras y yo

no va mal del todo.

 

Sé qué es una hoja, un pétalo, una espiga, una piña, un tallo

y qué os pasa en abril y en diciembre.

 

Aunque mi curiosidad no es correspondida,

sobre algunas me inclino con especial atención,

y ante otras levanto la cabeza.

 

Tengo nombres para vosotras:

arce, cardo, narciso, brezo,

enebro, muérdago, nomeolvides,

y vosotras no tenéis ninguno para mí.

 

Hacemos el viaje juntas.

Y durante los viajes, se habla, ¿no?

se intercambian algunas opiniones al menos sobre el tiempo

o sobre las estaciones que pasan volando.

 

No faltarían temas porque nos unen muchas cosas.

La misma estrella nos tiene a su alcance.

Poryectamos sombras según las mismas leyes.

Intentamos saber cosas cada una a su manera

y en lo que no sabemos también hay semejanza.

 

Lo aclararé como pueda, preguntadme y ya está:

qué es mirar con los ojos,

para qué me late el corazón

o por qué mi cuerpo no echa raíces.

 

Pero cómo contestar a preguntas nunca hechas,

si, además, una es

para vosotras tan nadie.

 

Musgos, bosques, prados y juncales,

todo lo que os digo es un monólogo

y las que escucháis no sois vosotras.

 

La conversación con vosotras es necesaria e imposible.

Urgente es una vida apresurada

y aplazada hasta nunca.

 

 

   Nubes

 

Con la descripción de las nubes

debería darme mucha prisa,

después de una milésima de segundo

dejan de ser ésas y empiezan a ser otras.

 

Es propio de ellas

no repetirse nunca

en formas, matices, posturas y orden.

 

Sin la carga de ningún recuerdo

se elevan sin problemas sobre los hechos.

 

¡De qué van a ser testigos!,

en un segundo se disipan en todas direcciones.

 

En comparación con las nubes

la vida parece tener los pies sobre la tierra,

se diría que es inmutable y prácticamente eterna.

 

Frente a las nubes

hasta una piedra parece un hermano

en el que se puede confiar

y las nubes, nada, primas lejanas y frívolas.

 

Que exista la gente si quiere,

y después que se muera uno tras otro,

poco les importan a las nubes

todas esas cosas

tan curiosas.

 

Sobre toda Tu vida

y también la mía, aún incompleta,

desfilan pomposas igual que desfilaban.

 

No tienen la obligación de morir con nosotros.

No necesitan ser vistas para poder pasar.

 

  

   El manzano

 

En el paraíso de mayo, un bello manzano

que, con sus flores, como de risas, se estremece,

 

yo debajo, él tan inconsciente del bien y del mal,

que ante ello se encoge de ramas,

 

yo debajo, él de nadie, de cualquiera que diga de él mío,

cargado sólo con el presentimiento de la fruta,

 

yo debajo, él tan ajeno, a qué año, qué país,

qué planeta y a dónde rueda,

 

yo debajo, él tan poco familiar y tan diferente,

que ni me consuelo ni me espanta,

 

yo debajo, él indiferente a cualquier cosa que pase,

tembloroso de paciencia con cada hoja,

 

yo debajo, él tan inconcebible, como si yo con él soñara,

o como si todo, menos él, fuera un sueño

demasiado visible y vanidoso,

 

quedarme un poco más, no volver a casa.

Sólo los presos ansían volver a casa.

 

(De “El gran número, Fin y principio y otros poemas”, edición de María Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal, con estudio introductorio de Malgorzata Baranowska, poesía Hiperión, Madrid, 1997. Wislawa Szymborska nació en Prowent, actualmente Kornik, Polonia, en 1923. Murió en Cracovia en 2012. Fue trabajadora ferroviaria y comenzó estudios de Literatura y Sociología, pero no pudo concluirlos por problemas económicos. Publicó sus primeros poemas en la prensa, en 1945. Siete años después apareció su primer libro, del que fue posteriormente muy crítica. Fue traductora del francés y obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Nobel de Literatura, en 1996).

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