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    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
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    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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Serie 8 de Marzo: Delmira Agustini

(La Poesía Alcanza invitó a sus lectores, a través de internet, a proponer a poetas mujeres para publicar en la serie que llamamos 8 de Marzo, por el Día Internacional de la Mujer. La lectora que se identifica en Twitter como @Dayangh, propuso a la poeta uruguaya Delmira Agustini).

 

 

   Lo inefable

 

Yo muero extrañamente… no me mata la vida,

no me mata la Muerte, no me mata el Amor;

muero de un pensamiento mudo como una herida…

¿No habéis sentido nunca el extraño dolor

 

de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida,

devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?

¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida

que os abrasaba enteros y no daba un fulgor?

 

¡Cumbre de los Martirios!... ¡Llevar eternamente,

desgarradora  y árida, la trágica simiente

clavada en las entrañas como un diente feroz!...

 

Pero arrancarla un día en una flor que abriera

milagrosa, inviolable… ¡Ah, más grande no fuera

tener entre las manos la cabeza de Dios!

 

 

   Amor

 

Yo lo soñé impetuoso, formidable y ardiente;

hablaba el impreciso lenguaje del torrente;

era un mar desbordado de locura y de fuego,

rodando por la vida como un eterno riego.

 

Luego lo soñé triste, como un gran sol poniente

que dobla ante la noche la cabeza de fuego;

después rió, y en su boca tan tierna como un ruego

sonaba sus cristales el alma de la fuente.

 

Y hoy sueño que es vibrante, y suave, y riente, y triste,

que todas las tinieblas y todo el iris viste;

que, frágil como un ídolo y eterno como Dios,

 

sobre la vida toda su majestad levanta:

y el beso cae ardiendo a perfumar su planta

en una flor de fuego deshojada por dos…

 

 

    Fiera de amor

 

Fiera de amor, yo sufro hambre de corazones

de palomos, de buitres, de corzos o leones,

no hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor;

había ya estragado mis ganas y mi instinto,

cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto

me deslumbró una estatua de antiguo emperador.

 

Y crecí de entusiasmo, por el tronco de piedra

ascendió mi deseo como fulmínea hiedra

hasta el pecho, nutrido en nieve al parecer;

y clamé al imposible corazón…, la escultura

su gloria custodiaba serenísima y pura,

con la frente en Mañana y la planta en Ayer.

 

Perenne mi deseo, en el tronco de piedra

ha quedado prendido como sangrienta hiedra;

y desde entonces muerdo soñando un corazón

de estatua, presa suma para mi garra bella;

no es ni carne ni mármol: una pasta de estrella

sin sangre, sin calor y sin palpitación.

 

¡Con la esencia de una sobrehumana pasión!

 

 

    La musa

 

Yo la quiero cambiante, misteriosa y compleja;

con dos ojos de abismo que se vuelvan fanales;

en su boca, una fruta perfumada y bermeja

que destile más miel que los rubios panales,

 

a veces nos asalte un aguijón de abeja;

una raptos feroces a gestos imperiales

y sorprenda en su risa el dolor de una queja;

en sus manos asombran caricias y puñales.

 

Y que vibre, y desmaye, y llore, y ruja, y cante,

y sea águila, tigre, paloma en un instante,

que el Universo quepa en sus ansias divinas;

 

tenga una voz que hiele, que suspenda, que inflame,

y una frente que erguida su corona reclame

de rosas, de diamantes, de estrellas o de espinas.

 

 

   Nocturno

 

Engarzado en la noche el lago de tu alma,

diríase una tela de cristal y de calma

tramada por las grandes arañas del desvelo.

 

Nata de agua lustral en vaso de alabastros;

espejo de pureza que abrillantas los astros,

y reflejas la sima de la Vida en un cielo…

 

Yo soy el cisne errante de los sangrientos rastros,

voy manchando los lagos y remontando el vuelo.

 

 

    Serpentina

 

En mis sueños de amor ¡yo soy serpiente!

gliso y ondulo como una corriente;

dos píldoras de insomnio y de hipnotismo

son mis ojos; la punta del encanto

es mi lengua… ¡y atraigo como el llanto!

      soy un pomo de abismo.

 

Mi cuerpo es una cinta de delicia,

glisa y ondula como una caricia…

 

Y en mis sueños de odio ¡soy serpiente!

mi lengua es una venenosa fuente;

mi testa es la luzbélica diadema,

haz de la muerte, en un fatal soslayo

son mis pupilas; y mi cuerpo en gema

      ¡es la vaina del rayo!

 

Si así sueño mi carne, así es mi mente:

      un cuerpo largo, largo, de serpiente,

vibrando eterna, ¡voluptuosamente!

 

(De “Orientales, Uruguay a través de su poesía Siglo XX”, con estudio, selección y notas de Amir Hamed, Editorial Graffiti, Montevideo, Uruguay, 1996. Delmira Agustini nació en Montevideo, el 24 de octubre de 1886, y murió en esa misma ciudad, el 6 de julio de 1914. Comenzó a escribir a los diez años, mientras estudiaba música y danza. Además de colaborar con algunas publicaciones, como poeta formó parte de la Generación del 900, junto con Julio Herrera y Reissig, Leopoldo Lugones, Rubén Darío y Horacio Quiroga. Su poesía avanzó en el tema de la sexualidad y el erotismo femenino, en una época en que ello representaba un gran desafío a los valores establecidos. En “Orientales…”, el compilador afirma que “la poesía de Agustini es el primer punto de referencia cuando se piensa el ingreso del cuerpo a la lírica”. Publicó “El libro blanco”, en 1907; “Cantos de la mañana”, en 1910; y “Los cálices vacíos”, en 1913. Ya en 1924, diez años después de su muerte, se publicó “Los astros del abismo”. Versos suyos fueron incluidos en numerosas antologías. Delmira Agustini tuvo un matrimonio de poco más de cincuenta días con Enrique Job Reyes, a quien abandonó acusándolo de malos tratos, algo por completo infrecuente para esa época. La versión más mencionada es que Reyes asesinó a la poeta y luego se quitó la vida. Sin embargo, también hay especulaciones sobre un “pacto suicida”).

 

 

   Otra estirpe

 

Eros, yo quiero guiarte, Padre ciego…

Pido a tus manos todopoderosas,

¡su cuerpo excelso derramado en fuego

Sobre mi cuerpo desmayado en rosas!

 

La eléctrica corola que hoy despliego

brinda el nectario de un jardín de Esposas;

para sus buitres en mi carne entrego

todo un enjambre de palomas rosas.

 

Da a las dos sierpes de su abrazo, crueles,

mi gran tallo febril… Absintio, mieles,

viérteme de sus venas, de su boca…

 

¡Así tendida, soy un surco ardiente

donde puede nutrirse la simiente

de otra Estirpe sublimemente loca!

 

 

   Visión

 

¿Acaso fue en un marco de ilusión,

en el profundo espejo del deseo,

o fue divina y simplemente en vida

que yo te vi velar mi sueño la otra noche?

 

En mi alcoba agrandada de soledad y miedo,

taciturno a mi lado apareciste

como un hongo gigante, muerto y vivo,

brotado en los rincones de la noche,

húmedos de silencio,

y engrasados de sombra y soledad.

 

Te inclinabas a mí, supremamente,

como a la copa de cristal de un lago

sobre el mantel de fuego de un desierto;

te inclinabas a mí, como un enfermo

de la vida a los opios infalibles

y a las vendas de piedra de la Muerte;

te inclinabas a mí como el creyente

a la oblea de cielo de la hostia…

-Gota de nieve con sabor de estrellas

que alimenta los lirios de la Carne,

chispa de Dios que estrella los espíritus-.

Te inclinabas a mí como el gran sauce

de la Melancolía

a las hondas lagunas del silencio;

te inclinabas a mí como la torre

de mármol del Orgullo,

minada por un monstruo de tristeza,

a la hermana solemne de su sombra…

Te inclinabas a mí como si fuera

mi cuerpo la inicial de tu destino

en la página oscura de mi lecho;

te inclinabas a mí como al milagro

de una ventana abierta al más allá.

 

¡Y te inclinabas más que todo eso!

 

Y era mi mirada una culebra

apuntada entre zarzas de pestañas,

al cisne reverente de tu cuerpo.

Y era mi deseo una culebra

glisando entre los riscos de la sombra

a la estatua de lirios de tu cuerpo.

 

Tú te inclinabas más y más… y tanto,

y tanto te inclinaste,

que mis flores eróticas son dobles,

y mi estrella es más grande desde entonces.

Toda tu vida se imprimió en mi vida…

 

Yo esperaba suspensa el aletazo

del abrazo magnífico; un abrazo

de cuatro brazos que la gloria viste

de fiebre y de milagro, ¡será un vuelo!

Y pueden ser los hechizados brazos

cuatro raíces de una raza nueva:

 

Y esperaba suspensa el aletazo

del abrazo magnífico… Y cuando

te abrí los ojos como un alma, y vi

¡que te hacías atrás y te envolvías

en yo no sé qué pliegue inmenso de la sombra!

 

 

   La sed

 

¡Tengo sed, sed ardiente! –dije a la maga, y ella

me ofreció de sus néctares. -¡Eso no, me empalaga!-

Luego, una rara fruta, con sus dedos de maga,

exprimió en una copa clara como una estrella;

y un brillo de rubíes hubo en la copa bella.

Yo probé. –Es dulce, dulce. Hay días que me halaga

tanta miel, pero hoy me repugna, me estraga-.

Vi pasar por los ojos del hada una centella.

 

Y por un verde valle perfumado y brillante,

llevóme hasta una clara corriente de diamante.

-¡Bebe! –dijo-. Yo ardía, mi pecho era una fragua.

 

Bebí, bebí, bebí la linfa cristalina…

¡Oh, frescura! ¡oh pureza! ¡oh sensación divina!

-¡Gracias, maga, y bendita la limpidez del agua!

 

 (De “Antología Plural de la Poesía Uruguaya del Siglo XX”, con estudio preliminar, selección y notas de Washington Benavides, Rafael Courtoisie y Sylvia Lago, Seix Barral, Montevideo, Uruguay, 1995).

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