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Pétalos sutiles

 

   José Emilio Pacheco

 

   II

 

   13

 

O es el desnudo pulular del frío

o la voz invisible de la hormiga

atareada en morir bajo su carga.

 

Repta el viento y horada los caminos

subvegetales que horadó la asfixia

de algún roedor en su hosca madriguera.

 

Hunde el jardín las zonas del verano

que engendran el otoño adormecido

por la savia esclerótica.

 

                                   Y no es esto

lo que intento decir.

                        Es otra cosa.

 

 

   III

 

   4

 

Atardecer de México en las lúgubres

montañas del poniente…

                                        Allí el ocaso

es tan desolador que se diría:

la noche así engendrada será eterna.

 

 

   Oda

 

Bajó la primavera al aire nuestro.

Invade

con sus plenos poderes al invierno.

Todo lo redescubre y lo ilumina.

Brota del mar.

Es Dios o su emisario.

 

 

   Noche y nieve

 

Me asomé a la ventana y en lugar de jardín, hallé la noche

     constelada de nieve.

 

 

La nieve hace tangible el silencio. Es el desplome de la luz y se apaga.

 

La nieve no quiere decir nada:

 

 

Es sólo una pregunta que deja caer millones de signos de

      interrogación sobre el mundo.

 

 

   Perduración de la camelia

 

                                               Alba de añil…

                                                              Efraín Huerta

 

Bajo el añil del alba flota en su luz

la camelia recién abierta.

No tiene aroma, sólo es resplandor.

Parece toda hecha de espuma.

 

Nube que se posó en la rama un instante

para mirar el cielo desde aquí abajo,

a los tres días de su nacimiento

se desmorona en pétalos sombríos,

polvo que se hace tierra y de nuevo vida.

 

 

   Claro del bosque

 

                                   In memorian Kenneth Rexroth

 

A este claro del bosque acuden año atrás año los ciervos

para el apareamiento.

Nadie jamás ha visto la ceremonia sagrada.

Si alguien la perturbara

no habría ciervos.

 

Aquí conocen el amor los ciervos,

Aquí se reconocen.

Y luego se dispersan.

No vuelven nunca

a este claro del bosque.

 

Porque su más allá recibe el nombre de muerte

y para ellos significa flechas, jaurías,

rifles de alta potencia.

 

 

   Nubes

 

En un mundo erizado de prisiones

Sólo las nubes arden siempre libres.

 

No tienen amo, no obedecen órdenes,

Inventan formas, las asumen todas.

 

(De “Tarde o temprano, poemas 1958-2009”, Colección Nuevos Textos Sagrados, dirigida por Antoni Marí, Tusquets Editores, Ciudad de México, 2010. Esta antología incluye “Los elementos de la noche”, 1958-1962; “El reposo del fuego”, 1963-1964; “No me preguntes cómo pasa el tiempo”, 1964-1968; “Irás y no volverás”, 1969-1972; “Islas a la deriva”, 1973-1975; “Desde entonces”, 1975-1978; “Los trabajos del mar”, 1979-1983; “Miro la tierra”, 1984-1986; “Ciudad de la memoria”, 1986-1989; “El silencio de la luna”, 1985-1996; “La arena errante”, 1992-1998; “Siglo pasado, desenlace”, 1999-2000; “Como la lluvia”, 2001-2008; y “La edad de las tinieblas”, 2009. José Emilio Pacheco nació el 30 de junio de 1939 en Ciudad de México, y murió en ese mismo lugar el 26 de enero de 2014. Su relación con la literatura y sus actividades iniciales en ella comenzaron en la revista “Medio Siglo” de la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente dirigió colecciones y publicaciones vinculadas con la literatura. Se especializó en literatura mexicana del siglo XIX, y estudió al argentino Jorge Luis Borges. Se lo considera uno de los exponentes de la “Generación de los cincuenta”, también llamada “Generación de medio siglo”, junto con Salvador Elizondo, Eduardo Lizalde, Carlos Mosiváis y Sergio Galindo, entre otros escritores. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1963 con “Los elementos de la noche”. Después de la antología “Tarde o temprano”, de 2009, se publicaron “Como la lluvia” y “La edad de las tinieblas”, en el mismo año, y “El espejo de los ecos”, en 2012. Fue también novelista, cuentista, ensayista y traductor. Obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Cervantes, en 2009, el Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, en 2005, el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2004, y el Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, en 2003).

 

   Fernando Arbeláez

 

   Colombia latitud sur

 

   II

 

Claridad vengadora

bajo el exorcismo del trueno

que resguarda la lluvia

de sus nocturnas corazas.

A la sombra de la nube

entre las ceibas

el ala de una cigarra

arde en la costra de los pantanos.

 

 

   III

 

El ojo en las ruinas

de un viejo destacamento y el río

con su avenida de pizarra.

Nidos ascendentes

frutas estriadas

el viento y su doble filo

la veleta de los árboles.

 

 

   VII

 

El árbol del pan en el horizonte

aves que huyen las blandas anguilas

y sus penachos eléctricos

el sueño de sangre de las pirañas.

Los remos cavan en la tumba

coronada de flores.

Un perro lame la sangre del sol

en la piel de la orilla

la tierra ciega con los signos en el aire

resplandece su negra armadura.

 

(De “Antología Básica Contemporánea de la Poesía Latinoamericana”, con selección y presentación de Daniel Barros, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1979. Fernando Arbeláez nació en Manizales, en 1924, y murió en Bogotá, en 1995. En su formación se inscriben cursos de filosofía en Buenos Aires. Comenzó la publicación de poesía en 1950, con “El humo y la pregunta”. Siguieron, entre otras obras, “La estación del olvido”, “Canto llano” y “Textos de exilio”. Poemas suyos fueron integrados a varias antologías. Fue también funcionario en el área de Cultura, diplomático, profesor universitario y editor).

 

 

   Pablo Neruda

 

   Pájaro

 

Es un pájaro solo, empedernido,

lleno de agua que cae,

de loca luz que sube,

de gutural cristal,

de trino inacabable.

 

Por qué?

 

Y la pregunta canta.

 

 

   Enigma con una flor

 

Una victoria. Es tarde, no sabías.

Llegó como azucena a mi albedrío

el blanco talle que traspasa

la eternidad inmóvil de la tierra,

empujando una débil forma clara

hasta horadar la arcilla

con rayo blanco o espolón de leche.

Muda, compacta oscuridad del suelo

en cuyo precipicio

avanza la flor clara

hasta que el pabellón de su blancura

derrota el fondo indigno de la noche

y de la claridad en movimiento

se derraman atónitas semillas.

 

   Casa de Mantaras en Punta del Este

 

Cuántas cosas caen del pino,

bigotes verdes,

música,

piñas como peñascos

o armadillos

o como libros para deshojar.

 

También cayó en mi cara

el pétalo sutil

que sujetaba una semilla negra:

era un ala himenóptera

del pino,

una transmigración

de suavidades

en que el vuelo se unía

a las raíces.

 

Caen

gotas del árbol,

puntuaciones,

vocales, consonantes,

violines,

cae lluvia,

silencio,

todo cae del pino,

del aire vertical:

cae el aroma,

la sombra acribillada

por el día,

la noche clara

como leche de luna,

la noche negra

como aquella ausencia.

 

Amanece.

 

Y cae

un nuevo día

desde lo alto del pino,

cae con su reloj,

con sus agujas

y sus agujeros,

y anocheciendo cosen

las agujas del pino

otra noche a la luz,

otro día a la noche.

 

(De “Las manos del día”, Biblioteca Clásica y Contemporánea, Losada, Buenos Aires, 1971. Pablo Neruda nació en Parral, Región del Maule, en 1904, y murió en Santiago, en 1973. Su primera publicación de poesía fue “Crepusculario”, en 1923, a lo que siguió en 1924 una de sus obras más difundidas y elogiadas en infinidad de países, “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Más adelante fueron celebradas también “Residencia en la tierra”, de 1935, y “Canto general”, de 1950. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1963.  “El más grande poeta del siglo XX en cualquier idioma”, lo definió el escritor colombiano Gabriel García Márquez. Fue también dirigente político y senador, por el Partido Comunista. Sufrió persecución y padeció el exilio).

 

 

   Wislawa Szymborska

 

   El silencio de las plantas

 

La relación unilateral entre vosotras y yo

no va mal del todo.

 

Sé qué es una hoja, un pétalo, una espiga, una piña, un tallo

y qué os pasa en abril y en diciembre.

 

Aunque mi curiosidad no es correspondida,

sobre algunas me inclino con especial atención,

y ante otras levanto la cabeza.

 

Tengo nombres para vosotras:

arce, cardo, narciso, brezo,

enebro, muérdago, nomeolvides,

y vosotras no tenéis ninguno para mí.

 

Hacemos el viaje juntas.

Y durante los viajes, se habla, ¿no?

se intercambian algunas opiniones al menos sobre el tiempo

o sobre las estaciones que pasan volando.

 

No faltarían temas porque nos unen muchas cosas.

La misma estrella nos tiene a su alcance.

Proyectamos sombras según las mismas leyes.

Intentamos saber cosas cada una a su manera

y en lo que no sabemos también hay semejanza.

 

Lo aclararé como pueda, preguntadme y ya está:

qué es mirar con los ojos,

para qué me late el corazón

o por qué mi cuerpo no echa raíces.

 

Pero cómo contestar a preguntas nunca hechas,

si, además, una es

para vosotras tan nadie.

 

Musgos, bosques, prados y juncales,

todo lo que os digo es un monólogo

y las que escucháis no sois vosotras.

 

La conversación con vosotras es necesaria e imposible.

Urgente es una vida apresurada

y aplazada hasta nunca.

 

 

   Nubes

 

Con la descripción de las nubes

debería darme mucha prisa,

después de una milésima de segundo

dejan de ser ésas y empiezan a ser otras.

 

Es propio de ellas

no repetirse nunca

en formas, matices, posturas y orden.

 

Sin la carga de ningún recuerdo

se elevan sin problemas sobre los hechos.

 

¡De qué van a ser testigos!,

en un segundo se disipan en todas direcciones.

 

En comparación con las nubes

la vida parece tener los pies sobre la tierra,

se diría que es inmutable y prácticamente eterna.

 

Frente a las nubes

hasta una piedra parece un hermano

en el que se puede confiar

y las nubes, nada, primas lejanas y frívolas.

 

Que exista la gente si quiere,

y después que se muera uno tras otro,

poco les importan a las nubes

todas esas cosas

tan curiosas.

 

Sobre toda tu vida

y también la mía, aún incompleta,

desfilan pomposas igual que desfilaban.

 

No tienen la obligación de morir con nosotros.

No necesitan ser vistas, para poder pasar.

 

(De “El gran número, Fin y principio y otros poemas”, edición de María Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal, con estudio introductorio de Malgorzata Baranowska, poesía Hiperión, Madrid, 1997. Wislawa Szymborska nació en Prowent, actualmente Kornik, Polonia, en 1923. Murió en Cracovia en 2012. Fue trabajadora ferroviaria y comenzó estudios de Literatura y Sociología, pero no pudo concluirlos por problemas económicos. Publicó sus primeros poemas en la prensa, en 1945. Siete años después apareció su primer libro, del que fue posteriormente muy crítica. Fue traductora del francés y obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Nobel de Literatura, en 1996).

 

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