• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
  • @DivinaOnix
    También lo imposible puede ser amado
  • @LunaPara2
    El que se va en silencio, lo ha dicho todo
  • @Ghouls99
    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
  • @siete_verdes
    Es espesa, grumosa y fría. Llamémosla decepción
  • @JanoTwoFaces
    Dejad de ordenar caos y provocad alguno
  • @sammasathi
    Sueño, luego insisto
  • @TISHA77
    La poesía también es presagio
  • @juanita_amore
    Escribir porque el tiempo nos viene a leer
  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

La sangre, el salvoconducto

 

   JORGE CABRERA ANDRADE

 

   Familia de la noche

   III

 

Aquí desciendes, padre, cada tarde

del caballo luciente como el agua

con espuma de marcha y de fatiga.

Nos traes la ciudad bien ordenada

en números y rostros: el mejor de los cuentos.

Tu frente resplandece como el oro,

patriarca, hombre de ley, de cuyas manos

nacen las cosas en su sitio propio.

 

Cada hortaliza o árbol,

cada teja o ventana, te deben su existencia.

Levantaste tu casa en el desierto,

correr hiciste el agua, ordenaste la huerta,

padre del palomar y de la cuadra,

del pozo doctoral y del umbroso patio.

En tu mesa florida de familia

reía tu maíz solar de magistrado.

 

Mas, la muerte, de pronto

llegó al patio espantando las palomas

con su caballo gris y su manto de polvo.

Azucenas y sábanas, entre luces atónitas,

de nieve funeral

el dormitorio helaron de la casa.

Y un rostro se imprimió para siempre en la noche

como una hermosa máscara.

 

Es el pozo, privado de sus astros,

noche en profundidad, cielo vacío.

Y el palomar y huerta ya arrasados

se llaman noche, olvido.

Bolsa de aire no más, noche con plumas

es el muerto pichón. Se llama noche

el paisaje abolido. Sólo orugas habitan

la noche de ese rostro yacente entre las flores.

 

(De “Poesía viva del Ecuador, antología”, con selección y prólogo de Jorge Enrique Adoum. Crónica de Sueños, Libresa, Quito, 1998. Jorge Cabrera Andrade nació en 1903 en Quito, donde murió en 1978. Publicó numerosas obras de poesía, desde “Estanque inefable”, de 1922. En 1976 se publicó “Obra poética completa”. Fue también narrador y traductor de poesía francesa, dirigente político y diplomático).

 

    JUAN SÁNCHEZ PELÁEZ

 

   Animal de costumbre

   VIII

 

Mi padre partió una tarde a España.

Antes de partir, me dijo:

Hijo mío, sigue la vía recta,

Tú tienes títulos.

En esta época tan cruel

No padecerás.

 

Por dicha experiencia de años anteriores

Van y vienen voces ligadas a ti,

Padre.

Y me basta ahora y siempre

El salvoconducto de tu sangre

Mi partida de nacimiento con las inscripciones dúctiles

Del otro reino.

 

Ahora te digo:

No tengo títulos

Tiemblo cada vez que me abrazan

Aún

No cuelgo en la carnicería.

 

Y ésta es mi réplica

(Para ti):

Un sentimiento diáfano de amor

Una hermosa carta que no envío.

 

(De “Antología poética”, Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Monte Ávila Editores Latinoamericanos, Caracas, 2004. Juan Sánchez Peláez nació en Altagracia de Orituco, estado Guárico, en 1922, y murió en Caracas, en 2003. Comenzó a publicar poesía en 1951, con “Elena y los elementos”. En 2004 se publicó en Barcelona “Obra Poética”. Residió cuatro años en Chile, donde se vinculó con los poetas del Grupo La Mandrágora. También residió en París y fue agregado cultural en Colombia).

 

   OLGA OROZCO

 

   No han cambiado y son otros

   (fragmento)

 

Mi padre fue un incrédulo rey mago que llegó a nuestro sur

   siguiendo la otra cara de su estrella.

Vino de mar en mar,

desde una isla donde se entrecruzaron terremotos, dinastías

   y vientos,

y fundó unas colonias de secretas nostalgias y traicionera sal

que absorbieron un día y otro día las ávidas arenas.

Sus manos no estaban hechas para asir;

eran manos de palmas hacia arriba ofreciendo la pelea del

   milagro a los esperanzados y a los desposeídos.

Tenía los sentidos tan despiertos como las luminarias de los

   bosques paganos

y era capaz de convertir de pronto un recinto enlutado

   en un salón de fiesta,

una roja manzana en el más codiciado trofeo del estío,

aunque hubiera debajo de su piel y detrás de las chispas

   azules de su risa

una lejana bruma, algo como una oculta vocación de ausencia.

La enfermedad lo ató con invencibles ligaduras a un inmóvil

   encierro.

Lo he visto en su Agrigento, en el torso del Júpiter caído

   entre columnas griegas.

Se fue con la marea, como un náufrago que se deja llevar

   hacia su orilla.

Me trae con el alba bengalas encendidas y un puñado

   de almendras.

 

(De “Poesía completa”, edición y cronología de Ana Becciú, prólogo de Tamara Kamenszain, colección la lengua / poesía, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2012.  Olga Orozco nació en 1920 en Toay, provincia de La Pampa, Argentina. Murió en 1999 en Buenos Aires. Entre los galardones que recibió figuran el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes -1980-, el Primer Premio Nacional de Poesía -1988- y el Premio Gabriela Mistral otorgado por la Organización de Estados Americanos, OEA -1998-). 

 

   JORGE TEILLIER

 

   Retrato de mi padre, militante comunista

 

En las tardes de invierno

cuando un sol equivocado busca a tientas

los aromos de primaveras perdidas,

va mi padre en su Dodge 30

por los caminos ripiados de la Frontera

hacia aldeas que parecen guijarros o perdices echadas.

 

O llega a través de barriales

a las reducciones de sus amigos mapuches

cuyas tierras se achican día a día,

para hablarles del tiempo en que la tierra

se multiplicará como los panes y los peces

y será de verdad para todos.

 

Desde hace treinta años

grita “Viva la Reforma Agraria”

o canta “La Internacional”

con su voz desafinada

en planicies barridas por el puelche,

en sindicatos o locales clandestinos,

rodeado de campesinos y obreros,

maestros primarios y estudiantes,

apenas un puñado de semillas

para que crezcan los árboles de mundos nuevos.

 

Honrado como una manta de Castilla

lo recuerdo defendiendo al Partido y a la Revolución

sin esperar ninguna recompensa

así como Eddie Polo –su héroe de infancia-

luchaba por Perla White.

 

Porque su esperanza ha sido hermosa

como ciruelos florecidos para siempre

a orillas de un camino,

pido que llegue a vivir en el tiempo

que siempre ha esperado,

cuando las calles cambien de nombre

y se llamen Luis Emilio Recabarren o Elías Lafertte

(a quien conoció una lluviosa mañana de 1931 en

    Temuco,

cuando al Partido sólo entraban los héroes).

 

Que pueda cuidar siempre

los patos y las gallinas,

y vea crecer los manzanos

que ha destinado a sus nietos.

 

Que siga por muchos años

cantando la Marsellesa el 14 de julio

en homenaje a sus padres que llegaron de Burdeos.

 

Que sus días lleguen a ser tranquilos

como una laguna cuando no hay viento,

y se pueda reunir siempre con sus amigos

de cuyas bromas se ríe más que nadie,

a jugar tejo, y comer asado al palo

en el silencio interminable de los campos.

 

En las tardes de invierno

cuando un sol convaleciente

se asoma entre el humo de la ciudad

veo a mi padre que va por los caminos ripiados de la

   Frontera

a hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra

en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas.

 

(De "Crónicas del forastero", con selección y prólogo de Jorge Valdivieso, colección de poesía Musarisca, dirigida por Jorge Boccanera, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1999. Jorge Teillier nació en Lautaro, Chile, en 1935, y murió en Viña del Mar, en 1996. Sus primeras publicaciones de poesía datan de 1956. Recibió numerosos premios, como el Municipal de Santiago, en 1961, y el del Consejo Nacional del Libro, en 1994. Fue asimismo cuentista y traductor, y además se desempeñó como periodista).

 

  

   JAIME SABINES

  

   Algo sobre la muerte del mayor Sabines

 

   V

 

De las nueve de la noche en adelante

viendo la televisión y conversando

estoy esperando la muerte de mi padre.

Desde hace tres meses, esperando.

En el trabajo y en la borrachera,

en la cama sin nadie y en el cuarto de niños,

en su dolor tan lleno y derramado,

su no dormir, su queja y su protesta,

en el tanque de oxígeno y las muelas

del día que amanece, buscando la esperanza.

 

Mirando su cadáver en los huesos

que es ahora mi padre,

e introduciendo agujas en las escasas venas,

tratando de meterle la vida, de soplarle

en la boca el aire…

 

(Me avergüenzo de mí hasta los pelos

por tratar de escribir estas cosas.

¡Maldito el que crea que esto es un poema!)

 

Quiero decir que no soy enfermero,

padrote de la muerte,

orador de panteones, alcahuete,

pinche de Dios, sacerdote de las penas.

Quiero decir que a mí me sobra el aire…

 

 

   VIII

 

No podrás morir.

Debajo de la tierra

no podrás morir.

Sin agua y sin aire

no podrás morir.

Sin azúcar, sin leche,

sin frijoles, sin carne,

sin harina, sin higos,

no podrás morir.

Sin mujer y sin hijos

no podrás morir.

Debajo de la vida

no podrás morir.

En tu tanque de tierra

no podrás morir.

En tu caja de muerto

no podrás morir.

En tus venas sin sangre

no podrás morir.

En tu pecho vacío

no podrás morir.

En tu boca sin fuego

no podrás morir.

En tus ojos sin nadie

no podrás morir.

En tu carne sin llanto

no podrás morir.

No podrás morir.

No podrás morir.

No podrás morir.

 

Enterramos tu traje,

tus zapatos, el cáncer;

no podrás morir.

Tu silencio enterramos

Tu cuerpo con candados.

Tus canas finas,

tu dolor clausurado.

No podrás morir.

 

 

   IX

 

Te fuiste no sé a dónde.

Te espera tu cuarto.

Mi mamá, Juan y Jorge

te estamos esperando.

Nos han dado abrazos

de condolencia, y recibimos

cartas, telegramas, noticias

de que te enterramos,

pero tu nieta más pequeña

te busca en el cuarto,

y todos, sin decirlo,

te estamos esperando.

 

 

   XI

 

Recién parido en el lecho de la muerte,

criatura de la paz, inmóvil, tierno,

recién niño del sol de rostro negro,

arrullado en la cuna del silencio,

mamando obscuridad, boca vacía

ojo apagado, corazón desierto.

 

Pulmón sin aire, niño mío, viejo,

cielo enterrado y manantial aéreo

voy a volverme un llanto subterráneo

para echarte mis ojos en tu pecho.

 

(De “Tarumba y otros poemas, antología”, con selección y prólogo de Eduardo Langagne, colección El Viento de los Locos, Cooperativa de Trabajo Editora Patria Grande, Buenos Aires, 2015. Jaime Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926, y murió en Ciudad de México, en 1999. Estudió filosofía y letras. Recibió el Premio Nacional de Ciencias y Artes, el Nacional de Literatura y el Xavier Villaurrutia de Poesía, entre otros reconocimientos. Algunas de sus obras: "Heral" -la primera, publicada a la edad de 23 años-; "La señal", "Adán y Eva", "Tarumba", "Poemas sueltos", "Yuria", "Tlatelolco", "Maltiempo", "Algo sobre la muerte del mayor Sabines", "Otros poemas sueltos", "Los amorosos: cartas a Chepita". El director Claudio Isaac realizó un documental sobre su vida y obra, titulado “Algo sobre Jaime Sabines”. El poema “Los amorosos”, ya publicado en www.lapoesiaalcanza.com.ar e incluido en “Tarumba y otros poemas, antología”, fue la base para una serie de televisión que llevó ese mismo nombre. El poema fue asimismo llevado a la música por Alejandro Filio y Pedro Aznar. En el prólogo de esta edición, Langagne sostiene que con Sabines “se conquistaron nuevas regiones de lo indecible”).

 

La poesía alcanza para todos - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.