• @_marazi
    Sentimos demasiado como para salir ilesos
  • @HilseCaracas
    Se afiebra el corazón cuando la luna se lleva por dentro
  • @LunaFractal
    Escribir, volver a las andanzas
  • @mediamente
    Los tiempos que corren deberían ser detenidos
  • @NicolasPaulsen
    El monstruo niega su soledad multiplicando los espejos
  • @Naomi_Her
    Todas las flores lloran, incluso las que somos de papel
  • @sontusnubes
    El tiempo, para el poeta, habita en los labios
  • @gensoctavia
    Soy un fragmento de mi asombro
  • @patytemple74
    Con dedos de granizo y largas llamaradas, abriendo mi pecho, mil veces traspasado, malherido
  • @silencioenletra
    Soy de las que empiezan a desvestirse quitándose las cicatrices
  • @annemidi
    Inmigrantes de intimidades heridas somos todos
  • @PedroLuna73
    Soñar es un acto político

Generación del 27

 

El poeta Pedro García Baena expresó en octubre de 2015 una preocupación central, la de ser recordado, o más exactamente que algo de su obra lo sea. Dijo que se daría por satisfecho si al menos uno de sus versos pudiera tener vigencia en el futuro. Lamentó, respecto de esto, que los poetas de la Generación del 27 están siendo olvidados. La selección de poetas que sigue está hecha con la esperanza y el propósito de que eso no suceda.

 

   PEDRO SALINAS

 

(1)

 

   ¡Si me llamaras, sí,

si me llamaras!

 

   Lo dejaría todo,

todo lo tiraría:

los precios, los catálogos,

el azul del océano en los mapas,

los días y sus noches,

los telegramas viejos

y un amor.

Tú, que no eres mi amor,

¡si me llamaras!

 

   Y aún espero tu voz:

telescopios abajo,

desde la estrella,

por espejos, por túneles,

por los años bisiestos

puede venir. No sé por dónde.

Desde el prodigio, siempre.

Porque si tú me llamas

-¡si me llamaras, sí, si me llamaras!-

será desde un milagro,

incógnito, sin verlo.

 

   Nunca desde los labios que te beso,

nunca

desde la voz que dice: “No te vayas”.

 

 

(2)

 

   Perdóname por ir así buscándote

tan torpemente, dentro

de ti.

Perdóname el dolor, alguna vez.

Es que quiero sacar

de ti tu mejor tú.

Ese que no te viste y que yo veo,

nadador por tu fondo, preciosísimo.

Y cogerlo

y tenerlo yo en alto como tiene

el árbol la luz última

que le ha encontrado al sol.

Y entonces tú

en su busca vendrías, a lo alto.

Para llegar a él

subida sobre ti, como te quiero

tocando ya tan sólo a tu pasado

con las puntas rosadas de tus pies,

en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo

de ti a ti misma.

 

   Y que a mi amor entonces, le conteste

la nueva criatura que tú eras.

 

 

(4)

 

   ¿Serás, amor,

un largo adiós que no se acaba?

Vivir, desde el principio, es separarse.

En el primer encuentro

con la luz, con los labios,

el corazón percibe la congoja

de tener que estar ciego y sólo un día.

Amor es el retraso milagroso

de su término mismo:

es prolongar el hecho mágico,

de que uno y uno sean dos, en contra

de la primer condena de la vida.

Con los besos,

con la pena y el pecho se conquistan,

en afanosos lides, entre gozos

parecidos a juegos,

días, tierras, espacios fabulosos,

a la gran disyunción que está esperando,

hermana de la muerte o muerte misma.

Cada beso perfecto aparta el tiempo,

le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve

donde puede besarse todavía.

Ni en el llegar, ni en el hallazgo

tiene el amor su cima:

es en la resistencia a separarse

en donde se le siente,

desnudo, altísimo, temblando.

Y la separación no es el momento

cuando brazos, o voces,

se despiden con señas materiales.

Es de antes, de después.

Si se estrechan las manos, si se abraza,

nunca es para apartarse,

es porque el alma ciegamente siente

que la forma posible de estar juntos

es una despedida larga, clara.

Y que lo más seguro es el adiós.

 

 

   Aquí...

 

Aquí

en esta orilla blanca

del lecho donde duermes

estoy al borde mismo

de tu sueño. Si diera

un paso más, caería

en sus ondas, rompiéndolo

como un cristal. Me sube

el calor de tu sueño

hasta el rostro. Tu hálito

te mide la andadura

del soñar: va despacio.

Un soplo alterno, leve

me entrega ese tesoro

exactamente: el ritmo

de tu vivir soñando.

Miro. Veo la estofa

de que está hecho tu sueño.

La tienes sobre el cuerpo

como coraza ingrávida.

Te cerca de respeto.

A tu virgen te vuelves

toda entera, desnuda,

cuando te vas al sueño.

En la orilla se paran

las ansias y los besos:

esperan, ya sin prisa,

a que abriendo los ojos

renuncies a tu ser

invulnerable. Busco

tu sueño. Con mi alma

doblada sobre ti

las miradas recorren,

traslúcida, tu carne

y apartan dulcemente

las señas corporales,

para ver si hallan detrás

las formas de tu sueño.

No la encuentran. Y entonces

pienso en tu sueño. Quiero

descifrarlo. Las cifras

no sirven, no es secreto.

Es sueño y no misterio.

Y de pronto, en el alto

silencio de la noche,

un soñar mío empieza

al borde de tu cuerpo;

en él el tuyo siento.

Tú dormida, yo en vela,

hacíamos lo mismo.

No había que buscar:

tu sueño era mi sueño.

 

(De “Mil años de poesía española, antología comentada”, a cargo de Francisco Rico, con la colaboración de José María Micó, Guillermo Serés y Juan Rodríguez, Planeta, Barcelona, España, 2000 –quinta edición-. Pedro Salinas nació en Madrid, en 1891, y murió en Boston, en 1951. Fue también traductor, novelista, dramaturgo y ensayista. Comenzó a publicar poesía en 1923, con la obra “Presagio”. Dos versiones de “Poesías completas” se publicaron en 1955 y 1956, ambas en Madrid, y luego en Barcerlona, en 1971. Como buena parte de los integrantes de la Generación del 27, padeció el exilio cuando se instauró en el país la dictadura franquista).

 

 

   DÁMASO ALONSO

 

   Insomnio

 

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,

y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,

por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

 

 

   Vida

 

   Entre mis manos cogí

un puñadito de tierra.

Soplaba el viento terrero.

La tierra volvió a la tierra.

   Entre tus manos me tienes,

tierra soy.

          El viento orea

tus dedos, largos de siglos.

   Y el puñadito de arena

-grano a grano, grano a grano-

el gran viento se lo lleva.

 

 

 

   Ciencia de amor

 

No sé. Sólo me llega, en el venero

de tus ojos, la lóbrega noticia

de dios; sólo en tus labios, la caricia

de un mundo en mies, de un celestial granero.

 

¿Eres limpio cristal, o ventisquero

destructor? No, no sé... De esta delicia,

yo sólo sé su cósmica avaricia,

el sideral latir con que te quiero.

 

yo no sé si eres muerte o eres vida,

si toco rosa en ti, si toco estrella,

si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.

 

Junco en el agua o sorda piedra herida,

sólo sé que la tarde es ancha y bella,

sólo sé que soy hombre y que te amo.

 

(Idem libro anterior. Dámaso Alonso nació en Madrid, en 1898, y murió en la misma ciudad, en 1990. Comenzó a publicar poesía en 1921, con “Poemas puros. Poemillas de la ciudad”. La Guerra Civil Española impactó fuertemente en su obra poética. Se le adjudicó el Premio Nacional de Literatura, en 1927, y el Cervantes, en 1978. Su obra como filólogo es muy elogiada y destacada, principalmente por los estudios “La poesía de San Juan de la Cruz”, y “Poesía española: Ensayo de métodos y límites estilísticos”).

 

 

 

   RAFAEL ALBERTI

 

   Yo también canto a América

 

Tú mueves propiedades en tu cielo,

astros que son verdad, estrellas tuyas,

planetas confiscados que en la noche

pasan gimiendo un rastro de cadenas.

Mueves bosques con hojas como círculos,

puertas verdes al sueño de los pumas,

bosques que marchan, selvas que caminan

invadiendo la sombra de raíces.

En tu entraña, piquetas y explosiones

dan a luz en lo oscuro nuevos ríos,

puestos al sol por hombres expropiados

a tu matriz herida y desangrada.

Ellos son, deben ser, y no los otros,

los que arañen sus manos en tus grietas,

los que tenaz descuelguen su desvelo

en tus ocultas venas sacudidas.

Tú no eres un cadáver extendido

de mar a mar, velado por palmeras.

Tú estás de pie, la sangre te circula,

pero entre dos orillas de fusiles.

Ni siquiera eres dueña de tus noches,

insultada en los bares y cantinas,

noches con ojos indios impasibles

por los que pasan flechas vengadoras.

Yo he visto Panamá desde las nubes

como albos continentes sin viajeros,

de norte a sur, y comprobando el Istmo,

sobre una larga zona de uniformes;

la flor del mar Pacífico, entrevista

como una cresta roja de mi infancia,

gritando, muda, por tus litorales

de azúcar y café, pero invadidos;

jacales y bohíos limosneros

que intentan vagamente ser aldeas,

con raigones en tierras que son suyas

y recelos de canes arrojados.

Oigo un clamor de pumas y caimanes,

de idiomas dominados a cuchillo,

de pieles negras atemorizadas,

entre un sordo rumor que se unifica.

Despierta, de improviso, en esa hora

que el terremoto verde de tus bosques

a tientas reconstruye con sonidos

los escombros nocturnos de sus ramas.

Despiértate, y de un salto reconquista

tu subterránea sangre de petróleo,

brazos de plata, pies de oro macizos,

que tu existencia propia vivifiquen.

Va a sonar, va a sonar, yo quiero verlo,

quiero oírlo, tocarlo, ser su impulso,

ese sacudimiento que destruya

la intervención armada de los dólares.

Las estrellas verdad se confabulen

con tu robado mar, la tierra, el viento,

contra esas trece bandas corrompidas

y esa Company Bank de estrellas falsas.

Recupere -ciclones en las manos,

sísmicas lavas de correr ardiendo-

el predominio vasto de tus frutas

y el control de tus puertos y aduanas.

Yo también canto a América, viajando

con el dolor azul del mar Caribe,

el anhelo oprimido de sus islas,

la furia de sus tierras interiores.

Que desde el golfo mexicano suene

de árbol a mar, de mar a hombres y fieras

como oriente de negros y mulatos,

de mestizos, de indios y criollos.

Suene este canto, no como el vencido

letargo de las quenas moribundas,

sino como una voz que estalle uniendo

la dispersa conciencia de las olas.

Tu venidera órbita asegures

con la expulsión total de tu presente.

Aire libre, mar libre, tierra libre.

Yo también canto a América futura.

 

   Costas de Venezuela

   (Desde el "Colombie")

 

Se ve que estas montañas son los hombros de América.

Aquí sucede algo, nace o se ha muerto algo.

Estas carnes sangrientas, peladas, agrietadas,

estos huesos veloces, hincándose en las olas,

estos precipitados espinazos a los que el viento asesta un golpe

seco y verde a la cintura.

Puede que aquí suceda el silencioso nacimiento o la agonía de las nubes,

sombríamente espiadas desde lejos por mil picos furiosos de pájaros piratas,

cayendo de improviso lo mismo que cerrados balazos ya difuntos

sobre el horror velado de los peces que huyen.

Aquí se perdió alguien,

se hundió, se murió alguien,

algo que estas costillas,

que estos huesos saben callar o ignoran.

Pero, aquí existe un nombre,

una fecha,

un origen.

Se ve que estas montañas son los hombros de América.

 

 

   Retornos de la dulce libertad

 

Retornos de la dulce libertad

Podías, cuando fuiste un marinero en tierra,

ser más libre que ahora,

yéndote alegremente,

desde las amarradas comarcas encendidas

de tu recién nacido soñar, por los profundos

valles de huertos submarinos, por las verdes

laderas de delfines, sumergidos senderos

que iban a dar a dulces sirenas deseadas.

Podías, bien podías entonces, bien podías,

sin lágrimas inútiles, sin impuestas congojas,

viajar, llenos de viento los labios, como un golpe

de abierta luz en medio del corazón, bien alta

la valerosa vida cayendo de tu frente.

¿En dónde las fronteras entonces, ese miedo,

ese horror a los límites,

ese cerco que escuchas avanzar en la noche

como un triste mandato que ha de cumplirse al alba?

Libertad, dulce mía,

por muy niña que fueses,

por más chicos que fueran tus tiernos pasos, dime,

contéstame si aún tus pequeños oídos

me conocen: ¿No intentas, fugitiva y cantando,

retornarme a tus libres comarcas venturosas?

¿Quién te encarcela, dime? Di, ¿quién te pone grillos?

¿Quién te esposa las alas y quién, dime, cerrojos

clava en tu lengua y sombras pone sólo en tus ámbitos?

Libertad, no me dejes. Vuelve a mí, dura y dulce,

como fresca muchacha madurada en la pena.

Hoy mi brazo es más fuerte que el de ayer, y mi canto,

encendido en el tuyo, puede abrir para siempre,

sobre los horizontes del mar, nuestra mañana.

 

(De "Antología poética", Maestros de la Literatura Conteporánea, Losada, Buenos Aires. Rafael Alberti nació en El Puerto de Santa María, Cádiz, el 16 de diciembre de 1902, donde murió el 28 de octubre de 1999. Publicó "Marinero en tierra" en 1925, obra con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Luego siguieron "Cal y canto", de 1929; "El poeta en la calle", escrita entre 1924 y 1937; "Un fantasma recorre Europa", en 1937, y muchas otras. Marchó al exilio durante la dictadura franquista, aunque no dejó de actuar contra el régimen. De 38 años fuera de su país, pasó 24 en Argentina y 14 en Italia. Numerosas ediciones de sus obras se registraron en América Latina, con sucesivas reediciones. A su pedido, se lo recuerda siempre en el día de su nacimiento, y la Fundación que lleva su nombre lo hace leyendo sus versos, que son los que lo mantienen entre nosotros).

La poesía alcanza para todos - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.