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Circe Maia

 

   La poeta uruguaya Circe Maia obtuvo el Gran Premio a la Labor Intelectual, un reconocimiento que concede cada tres años la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura de su país, que recibe el miércoles 28 de octubre en el Palacio Taranco, de Montevideo. La distinción está dotada con 400 mil pesos uruguayos (unos 13 mil dólares).

 

   Opacidad

 

El ojo indiferente decolora

enfría y empareja.

 

Todo es igual para las miradas neutras

una cosa entre otras

un rostro entre los otros

un gesto entre otros gestos.

 

Por encima palabras y palabras

como una lluvia sorda.

 

Y nada sobresale: mar parejo

horizonte cerrado.

 

Sombra.

 

Vacío mar del tiempo.

Una hora se mira en otras horas

y todas son iguales.

 

El ojo las contempla ya sin verlas

y ya no es más mirada.

 

Es ojo seco. Piedra.

Dureza fría. Cosa.

 

 

   De música inaudible

 

La que toca, de espaldas

el rostro en el espejo

las manos invisibles.

 

Y todo el amplio cuarto, desde el mármol veteado

del piso, hasta las vigas

del techo alto, vibra.

 

Sobre inmenso mantel de azules-rojos

dibujos laberínticos

el sonido resbala.

 

Alrededor –afuera-lejos otro sonido alumbra

-agria luz destemplada-

Holanda del seiscientos.

Afuera sangra Europa, tiempo en sombra.

 

Aquí dentro

el color crea música

un orden, una trama clarísima.

 

El profesor escucha

sobre un bastón la mano izquierda

la otra mano en el clave.

 

La jarra es un acorde blanco.

 

 

   El ruido del mar

 

Hay un tejido, una red luminosa

que tiembla en la arena, por abajo del agua.

Se ve a través del verde transparente

como una temblorosa trama.

 

Cuando la ola rompe su espuma

quedan burbujas sueltas, chiquitas

sobre la piel del agua:

brillan intensa, nítidamente

en seguida se apagan.

 

Por la suerte curva de las olas

sobre su lento avance

sobre su amplio movimiento seguro

la luz resbala.

Se deslizan los resplandores

por los movedizos toboganes del agua.

 

Ruido del mar, qué golpe derramado

qué entreverada voz y qué sonido

tan confuso y oscuro

cuando todo en redor está tan claro

 

Todos los límites

firmes y recortados

todo con su color tan decidido

los colores tocándose

uno al lado del otro, sin mezclarse.

 

Y parece que cada uno: limpio

y liso azul, rojo tejado

verdor brillante

diera un sonido puro e inaudible

y todos un acorde fuerte y claro.

Pero el ruido del mar no se comprende,

se desploma continuamente, insiste

una y otra vez, con un cansancio

con una voz borrosa y desganada…

 

Y no se sabe

qué es qué quiere o qué pide

el turbio ruido oscuro

cuando todo en redor está tan claro.

 

 

   Anochece en el campo

 

Si decrece la luz, se oscurecen los ruidos.

Turbia sonoridad va apagándose, uniéndose

a la naciente sombra.

 

Por el borde del cerro

ha empezado a subir la noche y su vestido

no se mueve; camina

con despacioso pie, con un roce sin ruido.

 

La mano oscura apenas toca y apaga luces

sobre pétalos lisos y amarillos. Sus dedos

tocan el agua apenas y el resplandor sumergen.

 

Sólo un sonido, un hilo de sonido va suelto

atravesando el aire oscurecido:

silbido de tropero por el camino, cerca.

 

El sol alza su luz, la levanta del suelo

y todavía flota, como tela liviana

transparente

en altas, finas ramas de viraró y aruera.

 

(De “Orientales, Uruguay a través de su poesía, Siglo XX”, con estudio, selección y notas de Amir Hamed, Editorial Graffitti, Montevideo, 1996. Circe Maia nació en Montevideo, en 1932. Estudio Filosofía y Ciencias Sociales. Sufrió la persecución de la dictadura cívico-militar, con incursiones a su vivienda familiar en 1972. En 1973 fue destituida como docente de educación media. Su marido fue preso político durante dos años. Comenzó a publicar poesía en 1944, con “Plumitas”. En 2010 se editó su “Obra poética” y, en 2014, “Dualidades”.  Algunos de sus poemas fueron musicalizados por varios compositores, entre ellos Daniel Viglietti. Se editaron discos en los que leyó sus poemas. Recibió el Premio Nacional de Poesía de Uruguay, en 2007, el Bartolomé Hidalgo, en 2010, y la medalla Delmira Agustini, en 2012).

 

 

   En el tiempo

 

Hay eso que se acaba y sin terminarse

que se queda así, como capullo roto

gajo recién nacido, quebrado, una verde

planta pisada.

 

Pero hay cosas maltrechas, resistiendo

gastadas, sin fuerzas

y sin embargo están, ya ni se sabe cómo

y sin embargo quedan.

 

cuando se cortan hilos extendidos

a tiempos no llegados

se ve desmoronarse

azul y resplandor de luz de agua, nuevo

verde que llegaría

voz que se escucharía

que se hubiera escuchado

y color de mañana silenciosa

desprendiéndose, lenta

de noches que vendrían.

 

Se acaba y borra

hora naciente

de golpe hundida.

 

En cambio nos quedan, no se van nunca

viejos restos, como hoja arrugada

amarilla de vieja

esqueleto de resto de vida

y se queda.

 

 

  

   Poemas de Caraguata

                             (imagen final)

 

   III

 

 

Varios relojes invisibles miden

el pasaje de distintos tiempos.

Tiempo lento: las piedras

vueltas arena y cauce

del río.

 

                       Tiempo

de estiramientos:

despacioso, invisible

el reloj vegetal da la hora verde

la hora roja y dorada, la morada, la cenicienta.

 

Todas acompasadas, silenciosas,

o con un son oscuro, que no oímos.

 

Apoyado a la vez en roca y árbol

un ser de parpadeos y latidos

un ser hecho de polvo de memoria

está allí detenido.

 

Y quiere penetrar disimuladamente

en otro ritmo, en otro tiempo

ajeno.

 

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