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    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
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    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Doblar la esquina de la aurora (II)

 

   Jorge Luis Borges

 

   El instante

 

¿Dónde quedan los siglos, dónde el sueño

de espadas que los tártaros soñaron,

dónde los fuertes muros que allanaron,

dónde el Árbol de Adán y el otro Leño?

El presente está solo. La memoria

erige el tiempo. Sucesión y engaño

es la rutina del reloj. El año

no es menos vano que la vana historia.

Entre el alba y la noche hay un abismo

de agonías, de luces, de cuidados;

el rostro que se mira en los gastados

espejos de la noche no es el mismo.

El hoy fugaz es tenue y es eterno;

otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

 

 

   Los enigmas

 

Yo que soy el que ahora está cantando

seré mañana el misterioso, el muerto,

el morador de un mágico y desierto

orbe sin antes ni después ni cuándo.

Así afirma la mística. Me creo

Indigno del Infierno o de la Gloria,

pero nada predigo. Nuestra historia

cambia como las formas de Proteo.

¿Qué errante laberinto, qué blancura

ciega de resplandor será mi suerte,

cuando me entregue el fin de esta aventura

la curiosa experiencia de la muerte?

Quiero beber su cristalino Olvido,

ser para siempre; pero no haber sido.

 

 

   1964

 

   I

 

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.

Ya no compartirás la clara luna

ni los lentos jardines. Ya no hay una

luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.

Adiós las mutuas manos y las sienes

la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)

sino lo que no tiene y no ha tenido

nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.

Un símbolo, una rosa, te desgarra

y te puede matar una guitarra.

 

   II

 

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.

Hay tantas otras cosas en el mundo;

un instante cualquiera es más profundo

y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas,

una oscura maravilla nos acecha,

la muerte, ese otro mar, esa otra flecha

que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste

y me quitaste debe ser borrada;

lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo me queda el goce de estar triste,

Esa vana costumbre que me inclina

al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

 

 

   Tankas

  

   5

 

Triste la lluvia

que sobre el mármol cae,

triste ser tierra.

Triste no ser los días

del hombre, el sueño, el alba.

 

 

   6

 

No haber caído,

como otros de mi sangre,

en la batalla.

Ser en la vana noche

el que cuenta las sílabas.

 

(De "Obra Poética", Sudamericana, Buenos Aires, 2011. Este libro comprende las obras "Fervor de Buenos Aires", "Luna de enfrente", "Cuaderno San Martín", "El hacedor", "El otro, el mismo", "Para las seis cuerdas", "Elogio de la sombra", "El oro de los tigres", "La rosa profunda", "La moneda de hierro", "Historia de la noche", "La cifra" y "Los conjurados". Jorge Luis Borges nació en 1899 en Buenos Aires y murió en 1986 en Ginebra, Suiza. Al conjunto de la obra, que incluye ensayos y cuentos, se atribuye su trascendencia universal. Infinidad de escritores se declararon influidos por Borges, y los críticos extienden la lista con muchos otros que no lo enunciaron expresamente. Fue distinguido con gran cantidad de títulos académicos. Entre numerosos premios, se pueden mencionar el Internacional de Literatura, que compartió con Samuel Beckett, en 1961. En 1980 recibió el premio Cervantes, junto con Gerardo Diego. Escritores, críticos y académicos esperaron durante años que recibiera el Nobel de Literatura, pero ello no ocurrió. Se presume que sus definiciones políticas, fuertemente contrarias a movimientos populares, como el Peronismo en Argentina, y el respaldo a dictaduras cívico-militares genocidas, fueron un obstáculo para que se le adjudicara el Nobel. Borges quedó ciego cuando tenía 55 años. Los textos de “Tankas” fueron musicalizados por el músico argentino Pedro Aznar, en una obra dedicada íntegramente a la poesía de Borges. El poema “1964” fue musicalizado por Astor Piazzolla).

 

 

   José Saramago

 

   Balanza

 

Con penas dudosas me somete

A la balanza hasta hoy negada.

Es tiempo de saber lo que más vale:

Si juzgar, asistir, o ser juzgado.

Pongo en el plato raso cuanto soy,

Materias, otras no, que me hicieron,

El sueño esquivo, la desesperanza

De prender violento o descuidar

La sombra que va midiendo mis días;

Pongo la vida escasa, el cuerpo ruin,

Traiciones naturales y desganas,

Pongo lo que hay de amor, su urgencia,

El gusto de pasar entre estrellas,

La certeza de ser que tan sólo tendría

Si vinieses a pesarme, poesía.

 

 

   Lugar común del cuadragenario

 

Quince mil días secos han pasado,

Quince mil ocasiones que se perdieron,

Quince mil soles nulos que nacieron,

Hora a hora contados

En el solemne, mas grotesco gesto

De dar cuerda a relojes inventados

Para buscar, en los años olvidados,

La paciencia de ir viviendo el resto.

 

 

   Otro lugar común

 

¿Por qué un grito no saco de la garganta,

Esfera de sonido que me transporte,

En la punta incandescente de una flecha,

Donde el tiempo no gaste ni la muerte?

Materia mal compuesta y decadente

Huyendo de sí misma avergonzada,

Personaje que olvidó su papel,

En medio de la escena abucheado.

 

 

   Una sola oración

 

Una sola oración hago, pero no a Dios,

Que no sé dónde está, si me conoce.

A la memoria de la vida me encomiendo,

Unos dicen que fatal, otros creada.

Cuando el destino no tiene, ni Dios tendría,

Otro poder que no les fuese dado.

Hago pues una oración, y que me la escuche

La sombra que seré, resto y resumen

De cuanto hombre hizo, fue y perdió.

En un gesto ya no mío, tan sólo de abandono,

El brazo que hoy prende ha de caer.

Renazca entonces en la palma que se enfría

El recuerdo de las rosas y de los senos.

Otra herencia no queda que merezca

Que se repartan sus bienes en la eternidad.

El seno es cuanto basta, la rosa sobra

Por memoria de la vida terminada.

 

 

   Pues el tiempo no para

 

Pues el tiempo no para, poco importa

Que los días vividos nos acerquen

El vaso de agua amarga colocado

Donde la sed de vida se exaspera.

 

No contemos los días que pasaron:

Fue hoy cuando nacimos. Sólo ahora

La vida ha comenzado, y, lejos aún,

La muerte ha de cansarse en nuestra espera.

 

(De "Poesía completa", edición bilingüe, con traducción de Ángel Campos Pámpano, Alfaguara, Buenos Aires, 2005. En el prólogo, Saramago evoca que en 1966 llamó "Los poemas posibles" a su primer libro de poemas, un título "prudente" que eligió "por no saber lo que me reservaba el futuro". Y también que la versión más antigua de ese libro contiene un "Poema a boca cerrada", expresión de "un compromiso y un anhelo que todavía hoy me asombra por la desmesura del desafío que se proponían". Esos versos son: "Que quien se calla cuanto me callé/ No se podrá morir sin decir todo". "Hoy sé lo que él -aquel poeta joven, NDR- no podía saber, que sólo cuando se tiene veinte años es posible creer que algún día se llegará a decir todo. La vida, incluso la más prolongada, incluso la de un viejísimo matusalén de barbas fluviales, siempre dejará tras de sí sombras calladas, restos incombustibles, islas desconocidas". Luego, el poeta portugués recuerda el surgimiento de otros conjuntos de poemas, y considera a algunos de ellos como anunciadores de su camino por la ficción. José de Sousa Saramago nació en Azinhaga, Santarém, Portugal, en 1922, y murió en Lanzarote, España, en 2010. Fue novelista, ensayista y dramaturgo, además de poeta. Obtuvo gran cantidad de reconocimientos, entre ellos el premio Nobel de Literatura, en 1998).

 

 

   José Emilio Pacheco

 

    Tarde enemiga

 

La música, el oleaje de los sueños sin nombre,

el epitafio de la tarde, el lento

acontecer de algún milagro herido,

se vuelven instrumentos del domingo culpable.

Puedo afirmar que vivo

porque he aprendido el límite del aire,

lo que se rompe y pierde en el deshielo.

Pero hoy el mundo amaneció de cobre

y las horas llegaron a su término.

 

Sobre la paz de este final,

de este río que prosigue para aumentar su muerte,

la hora es el cadáver de otra hora abolida.

El tiempo abre las alas.

Se aleja el día hacia ninguna parte.

 

¿Cómo atajar la sombra

si nada permanece,

si ha sido nuestra herencia la dualidad del polvo?

 

 

   Inscripciones

 

   4

 

Sobre un espacio del segundo el tiempo

deja caer la luz sobre las cosas.

 

 

   El reposo del fuego

 

   I

 

   14

 

¿Cuántos buitres carcomen nuestra vida?

¿Qué oscura esclavitud nos aprisiona?

Cómo duelen la marca y el chasquido

que hace el ávido hierro al someternos.

Hay que lavar la herida, deshacerse

de la letra tatuada en nuestra sangre.

 

 

   15

 

No humillación ni llanto: rebeldía,

insumiso clamor. Toma la antorcha.

Prende fuego al desastre.

                                         Y otra hoguera

florezca, hienda el viento.

Mediodía, presagio incandescente,

inminencia total de vida y muerte.

 

 

   Inmemorial

 

El misterioso día

se acaba con las cosas que no devuelve.

 

Nunca nadie podrá reconstruir

lo que pasó ni siquiera en éste

más cotidiano de los mansos días.

 

Minuto, enigma irrepetible.

 

Quedará tal vez

una sombra, una mancha en la pared,

vagos vestigios de ceniza en el aire.

 

Pues de otro modo qué condenación

nos ataría a la memoria por siempre.

 

Vueltas y vueltas en derredor de instantes vacíos.

 

Despójate

del día de hoy para seguir ignorando y viviendo.

 

 

   José-Luis Appleyard

 

   Primera forma

           (Para Ana Iris)

 

 

Y los hombres buscan al hombre que conoce su idioma.

Desde escarpadas losas funerarias otean el silencio.

Escapan de los soles derretidos y edades transparentes

Para ser ellos mismos la vorágine inicial del pensamiento.

¡Con qué avidez de milenios esperan el encuentro!

Los ríos desatados corren a las vertientes y se lanzan,

las cordilleras ponen su dramático horizonte de crestas emplumadas,

y la vida, que es hombre, se sienta junto al tiempo

y aguarda cavilosa, entre monstruos de bronce, el arribo del Verbo.

Frente a frente las estrías del día y de la noche

copulan su impotencia.

Ya llegará la hora del parto manifiesto

y el alarido unánime de los recién nacidos

será por fin el canto del animal humano

cuyo espíritu encarna la limitada forma

de los mundos en pugna llamados universo.

 

Nada más que una lente convexa frente al cielo.

Las fieras ya dejaron su cueva en busca de misterios.

Las sandalias del dios forjan rúbricas puras

y en la boca del cíclope se advierte

la plúmbea solidez del despecho.

 

Enardecido como las terribles palomas

que defienden con el pico su celo

el hombre va al encuentro.

 

Pero no hay nada más que una tierra sin dueño

y el ojo que vigila engorda la impudicia

de quienes ya le cercan

tendiendo arteramente sus lazos y sus velos.

 

La pasión ha perdido su ignorancia de siempre.

Los castillos son formas veteadas de sangre.

Algo más que un recuerdo se retuerce en sus gradas

y un caso virginal es la cárcel del sexo.

 

No ha llegado el silencio. Las formas no renuevan

sus perfilas de sombras contra los rascacielos.

Las hormigas remontan la tosca geografía de un cadáver.

Más allá de las playas se adivina el futuro

en las arenas duras de un desierto.

 

Finalmente el idioma se descompone en ecos.

El verbo preterido se refugia en los altos corredores del cielo.

Por los pasos, el hombre reconoce a quien viene

y Aquél, a quien espera, le dice simplemente:

Me aguardabas y he vuelto.

 

 

   El tiempo

 

Ya es ayer, pero entonces era siempre

un trasegar de horarios inmutables

desde la noche al sol.

 

                                   Cada semana

era distinta e igual a la siguiente.

El niño desdeñaba el calendario

y su patrón reloj era el cansancio.

Edad sin equinoccios, sólo el tiempo

de ser feliz y entonces ignorarlo.

 

 

   Colofón

 

Todo puede volver,

pero este amargo corazón de patios,

esta víscera ardiente que revuelca

su agónica vivencia entre la sangre,

que late, sueña, duele y se desvela,

este pedazo viejo de mi carne

adherida a un pasado,

apretujada a él como en un beso,

hacinante de ayeres,

adustamente mía,

esta víscera trágica y absurda

que se está yendo siempre

y que se aferra,

este pedazo de mi vida en siempre

necesita y no puede

regresar.

 

Huyen las tardes,

laten los veranos,

los perros muerden el osario cárdeno

de la desesperación de los crepúsculos.

Las viejas cuentas de gastados brillos

amparan la mudez de los rosarios,

la tarde, el tiempo, el sol, la lluvia, el viento,

las palabras amargas,

los ojos que miraban y se han ido

y dentro de mí mismo,

crepitante,

este reloj de carne que se muere,

que sigue yendo siempre,

que sigue trajinando,

este pedazo de mi vida en siempre

necesita y no puede

regresar.

 

(De "Antología poética", José-Luis Appleyard, Colección Poesía, Editorial El Lector, Asunción, 1996. José-Luis Appleyard nació en Asunción en 1927. Se graduó como abogado en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Asunción, se dedicó a esa actividad y posteriormente al periodismo. Entre sus obras de poesía figuran “Entonces era siempre”, en 1963; “El sauce permanece”, en 1971; “La voz que nos hablamos”, en 1983, y “Las palabras secretas”, en 1988. Fue también narrador. Murió en Asunción, en 1998).

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