• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
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    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
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  • @sammasathi
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  • @TISHA77
    La poesía también es presagio
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    Escribir porque el tiempo nos viene a leer
  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Camila Charry Noriega

 

   Anatema

 

Flotaban en el río

los cadáveres de varias vacas jóvenes.

Tras unos arbustos

y estremecido por el agua

que en medio de la muerte se movía

           un becerro apareció.

Gemía y corría tras la corriente

para alcanzar el fango

que ya vencía los cuerpos.

Desesperado

sin entender  los caprichos de Dios

y el tajo de desdicha

que le había tocado

a la tarde bramaba

y a su paso

un hilo brillante de sangre iba dejando.

Corría entre las ramas

herido y triste.

 

Lejos, en la sabana,

aun el galope de los caballos

fustigados por el grito de los asesinos

rondaba las montañas;

eco de batalla que se sostuvo toda la noche

aunque ya no hubiese

hombres ni vacas

con quienes festejar esta matanza.

 

 

   Magdalena

 

De una vieja ceiba

tres soldados cuelgan a un perro de manchas cafés.

Como repitiendo los gestos de un espíritu cruel

intentan desprender la cabeza del animal

intentan separarla de su  cuerpo.

Por turnos estiran la cadena

que une al perro con el árbol

fuman,

ríen

toman aguardiente

en  improvisadas copas hechas de totumo.

 

Matan el tiempo entre la selva,

se divierten cuando el perro aúlla

y su llanto animal se extiende tremendo

hasta que al fin la cabeza

del cuerpo se separa.

Entonces toman sus fusiles en silencio

y vuelven por la espesa selva

tranquilos

a sus rondas nocturnas.

 

 

   El Aro

 

Rodaban por la montaña

eran un solo río

que atrás dejaba

la carne flagelada de sus padres.

 

Como un río eran una sola herida

que vagaría por las ciudades

hasta la época de la ceniza.

 

Un río que florecía como un largo puñal eran.

 

Traían en las manos   

amados   

afilados huesos

armas o amuletos

tallados con el brillo de los dientes

por si la sombra los volvía a encontrar

ahora huérfanos,

curtidos.

 

 

   Patria

 

El niño recoge espigas de sol.

Vuelve sereno y cantando por el campo.

Revienta sobre su cuerpo el fusil del asesino;

lo embiste la noche.

Vuelan por el aire sus ropas

como banderas de una patria

con cualquier nombre.

 

 

   6.

 

Olas sobre el ojo abierto de la gaviota abatida

en la arena de la playa.

Difícil saber cuál murió primero.

La ola en la costa que revienta y se divide perdiendo la unidad;

la gaviota muerta en cuyos ojos de agua

se fragmenta el mar.

 

 

   11.

 

Una mosca zumba en la claraboya

impertinente se lanza a su cacería ciega.

Desprecio su tonto divagar entre la mesa

la ventana y la tarde; 

su vida

tan similar a la mía.

 

   12.

 

Respira hondo el toro herido

y su hocico dilatado es como la noche.

Todo es sed en él

      su bramido

su pesado paso entre fantasmas

sus brillantes ojos

calcinados por el aire que sale de su boca.

Como la noche

su hocico sangra sobre la verde hierba.

 

(Los poemas “Anatema, “Magdalena”, “El Aro” y “Patria” pertenecen al libro “El sol y la carne”, de Ediciones Torremozas, Madrid, España, 2015. Los poemas 6, 11 y 12 pertenecen a “Otros ojos”, Elángel editor, Quito, Ecuador,  2014. Camila Charry Noriega nació en Bogotá, Colombia, en 1979. Obtuvo el segundo lugar en el Concurso Nacional de Poesía Ciro Mendía, en 2012. Participó en festivales y encuentros de poesía en América y Europa. Publicó también “Detrás de la bruma”, Común Presencia Editores, de Bogotá, Colombia, en 2011, y “El día de hoy”, Garcín Editores, Duitama, Colombia, 2013. Poemas suyos fueron traducidos al francés, inglés y rumano).

 

 

 

   14.

 

Sin órganos calientes

    la araña

come sobre hilos brillantes

la carcasa de la mariposa.

Sin embargo todo sigue siendo la vida

bajo la lengua fría del hambre.

 

 

   20.

 

Se abre la tarde; un río.

En su hondura vacilan mis ojos

que temen la entraña de la tierra

su lengua que lamerá mi vientre

y me vaciará de memoria.

 

   (Hasta aquí, poemas de “Otros ojos”).

 

 

   20.

 

El perro muestra frenético sus dientes

y corre con su presa  entre la boca

llanura adentro;

ha sido largo el suspiro exhalado

por el que ahora es un cadáver

banquete que entre mordiscos  el hambre y el instinto  riñen.

El perro cruza luego la noche,

la tiniebla que para él  resulta el mundo humano.

Jadea, lame las magulladuras de sus días

                   sabe,       entiende

qué son la soledad y el destierro,

pero desconoce la función del tiempo,

su impostergable cometido;

envejecerlo todo,   acabarlo todo.

Como el perro

mis labios riñen con la vida y tragan  luz,

jamás sacian su hambre,

ya adentro la luz es un rayo

y se extiende por las entrañas del cuerpo

que también cruza la  noche

magullado,     solitario,

consciente de que será cadáver,

banquete del tiempo;

ese otro perro

que llanura adentro,    noche adentro,     todo lo devora.

 

   (Este último poema pertenece a “El día de hoy”).

 

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