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    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
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    Amar es ser verbo en todos los tiempos
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    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
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    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Palabras para el viaje

 

   JUAN MANUEL ROCA

 

El amor es ciego

 

Los enamorados, ciegos el uno del otro, se conducen por las calles del mundo, se apoyan en bastones de aire, no tienen ojos para mirar un paisaje distinto al de sus noches. Ciegos el uno del otro, leen su piel con las leves yemas de sus dedos, se miran con el deseo, son sus propios lazarillos. Los mapas que señalan su camino se han ido desgastando por las visitas permanentes de su tacto. Los enamorados, espejo de mano el uno del otro, guardan en sus dedos historias y secretos. Por eso, cuando usan guantes en invierno suelen perder la memoria. El sueño de atravesar el espejo no desvela a los amantes porque en su memoria táctil reconcilian el adentro y el afuera, como si habitaran otros aires, otros lugares. En medio de cataclismos y desastres se han visto parejas de enamorados que parecen no escuchar cómo caen las torres de las iglesias y ni siquiera las paredes de su propia morada. Cuando fui ciego, Casandra, recorrí el relieve de tus formas y tus pezones como cúpulas morenas me iniciaron en el braille de tu cuerpo. No he encontrado una lectura más luminosa que tu piel.

 

 

Suena la campana

 

Dios me tiene al borde del nocaut, me golpea como a un mal sparring de barriada. Desde el primer round Dios me dice dulcemente: “Ahí le va mi golpe de gracia, intente si puede esquivar mis bendiciones” y en verdad me apalea como a un Cristo que levanta sus brazos escuálidos al cielo. Como el guantazo que le dio a Saulo en el camino de Damasco. Si tuviera toalla la arrojaría al cuadrilátero o al menos me limpiaría el sudor y la sangre, pero la perdí al levantarla como bandera del último naufragio. Dios se aprovecha de mi aturdimiento y no para de azotarme. El demonio me tiene al borde del nocaut, me da con un balde en la cabeza cuando suena la campana, me martilla el hígado una y mil veces, me pisa la sombra que queda inmóvil y no sigue el pesado balanceo de mi cuerpo, me acorrala y zarandea como a un muñeco de trapo, bailotea como un derviche y lanza un aguacero de golpes a mi costillar. Un público vestido de frac lo aplaude con furor, le lanza besos de azufre y labios de mujer. El demonio no para de decirme: “póngase en guardia, bastardo, ahí le va el jab del infierno con el que aplasto las mañanitas de Dios”. En el camerino, vuelto trizas, pienso que debo volver a casa y cancelar mis altos estudios en teología.

 

 

Poema con maletas

 

Robert Creeley, a quien no conocí en el verano de 2003, solía decir que ser escritor es viajar liviano de equipaje, que hasta las gentes de un medio puritano como el suyo envidian que las palabras sean algo que podemos llevar fuera de casa, como su padre médico llevaba el instrumental quirúrgico en su maletín. El asunto, más allá del material de la alforja, la valija o el baúl, es qué palabras guardar a la hora del viaje. Es sabido que los ridículos hombres de negocios no dudan en llevar en su equipaje palabras precisas con un amplio peritazgo en jaulas y emboscadas. Hay poetas que llenan de trinos su maleta de viaje, de nombres de diosas y pájaros exóticos. Parecen dispuestos a declarar en la aduana amores marchitos y flores desangradas. Al abrir uno a uno sus cerrojos brota un aroma de alcanfor y sueños postergados. Conocí un poeta del Sur que guardaba en su maleta de viejo comodoro la palabra alcachofa. Cuando crecía su tenaz apetito sacaba la palabra, la deshojaba, le agregaba sal de mar y se tumbaba en su cama a masticarla. No voy a hablar de las palabras secas que guardaba en su saco de alpaca mi poeta de la guarda, pero diré que cuando lo abría, brotaba de su adentro un viento arisco llegado de la puna y su voz parecía llovida de sí misma, aún en el tope del verano. Mi sombra, que por años ha cargado a regañadientes mi morral como si fuera un paje jorobado, como una pobre y borrosa silueta mercenaria, estoy seguro que quisiera abandonar su presencia esclavizada. Robert Creeley, a quien no conocí en el verano de 2003, solía decir que ser escritor es viajar liviano de equipaje, llevar la palabra fuera de casa, como su padre médico llevaba el instrumental quirúrgico en su maletín. A todas estas, de regreso a mi ciudad, no deja de perturbarme la imagen de una valija que gira solitaria, una y otra vez, en la banda de equipajes. A lo mejor guarde la palabra perdida, la llave para descubrir el reino del silencio.

Bogotá, enero 11 de 2013.

 

 

La noche sin iguana

 

Soy el remoto espectador de un cine de barrio. Vuelvo de una función de 1963 a preguntar por la dueña del hotel escondido en la colina. Algunas gentes de Vallarta dicen que la hermosa se adentró una noche en el mar sin dejar huellas en el agua. Dicen que el cura borracho que insultaba a sus feligreses, murió de soledad y de silencio cuando juagaba a ser Dios y liberaba una iguana en la espesura. Acaso yo sea el anciano poeta que llega al puerto y quiere poner al mismo tiempo el punto final a su vida y al poema.

Para Hugo Gutiérrez Vega, Puerto Vallarta, octubre 21 de 2011.

 

 

Un sueño provocado

 

Fui a la estación de trenes y vi el furor de una huelga ferroviaria, hombres que rompían con barras las ménsulas de señalización y que descarrilaban su rabia frente a una locomotora envuelta en nieblas y yerbajos. Llegué a la Plaza de Bolívar y las madres izaban los carteles de los desaparecidos, como quien levanta unas banderas del vacío. En la Plaza de las Nieves, un puñado de jubilados de guerra arrojaba sus medallas al aire y pedía al estado su pensión. Muy cerca al cementerio, los maestros usaban como pizarra los muros para pedir algo más que el salario del miedo. Me uní y pinté un silabario invisible con un negro tizón. Los fabricantes de calzado echaron a andar sus pies en la protesta. Una brigada rompehuelgas avanzó como una ola negra cercando la luz de la mañana. En fin, un día normal en mi ciudad. No se necesita ser un buen observador para entender por qué en la noche me asaltó un sueño surreal: en medio de la lluvia, una multitud de tuertos exigía una provisión de monóculos para fundar un reino en un paraje de ciegos.

 

(De “No es prudente recibir caballos de madera de parte de un griego”, Fundación arte es colombia – Literatura – Proyecto Letras, Colección Letras, Bogotá, 2014. Juan Manuel Roca nació en Medellín, Colombia, en 1946. Es también narrador y ensayista. Su primera publicación de poesía, “Memoria del agua”, data de 1973. Tres años después siguió “Luna de ciegos”, con la que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia. Ya en 1983 publicó una antología poética y en 2005 otra, llamada “Cantar de lejanía”. Esta obra tuvo prólogo del poeta chileno Gonzalo Rojas, que dice en un tramo: “Lo que más celebro en Roca es la fiereza, esa amarra entre vida y poesía que llega a lo libérrimo”. Roca recibió también el Premio Nacional de Poesía Ministerio de Cultura, en 2004, el Casa de las Américas José Lezama Lima, en 2007, por “Cantar de lejanía”, y el Casa de América de Poesía Americana, que se otorga en España, en 2009. También obtuvo reconocimientos por sus cuentos y por su labor periodística. Dirige la publicación cultural “La sangrada escritura”. Asimismo, publicó libros junto a artistas plásticos, entre ellos Augusto Rendón, Antonio Samudio, Fabián Rendón y Patricia Durán).

 

 

Corresponsal del viento

 

Traigo leves noticias del viento, un incansable estibador desobediente, apátrida como el sueño. Viudo de sí, el viento no se soborna a sí mismo con la promesa de un hogar y por eso es un eterno peregrino. El viento me visita en la noche del abatimiento y es como si me dijera que el pesimismo hay que dejarlo para mejores días. Yo le agradezco que me traiga vagas noticias del mundo, que agite en mis cortinas la bandera de lo incierto, un pendón fantasma que gualdrapea en mi ventana. Con su olor de lavanda y el tintineo de vasos en los anaqueles, parece decirme que es rojo el beso de la uva. El viento entra por mi ventana y se va de casa dando un portazo, corredor de fondo que se persigue a sí mismo. A veces se da aires de niño malcriado y aldeano y hace volar por la explanada mi sombrero de fieltro, como si me acusara de no tener una mejor cabeza, una testa menos triste y perturbada. Algunas noches se entretiene levantando la falda de las vírgenes necias que cuelgan en los tendidos su ropa blanca, antes de seguir el azar de su camino. También lo he visto golpeando las vallas en la autopista, los grandes lienzos que invitan a un jardín de muertos de gala o un viaje por islas del caribe. Traigo razones del viento: ya no rapta doncellas pero no deja de ser un viejo ladrón de lejanías. Un inspector de vientos me enseñó que ellos se cabestrean a sí mismos, que recorren el mundo y le dan manivela al oleaje, pero nunca se ocupan de traer ruidosas noticias de la guerra. Yo, un aprendiz de molinero, un simple corresponsal del viento, le abro el balcón al gran señor de los viajes inciertos. Conozco su condición de migrante sin pasaporte, de polizón de sí mismo, de impaciente. Reconozco sus cabriolas de bailarín en un tablado de hojas secas, su percusión de latas vacías en la terraza, su visita fugaz de empecinado tragaleguas. Ni siquiera las viejas estatuas de Europa, descalabradas por la locura del tiempo, lo amortajan.

 

 

La esposa de nadie

 

Siempre hay, en algún recodo del mundo, una mujer esperando. Espera un tren, un hijo, una estrella fulgurante. La mujer de Odiseo espera su regreso en un barco construido en los astilleros de Dios, en una nave ciega a prueba de llamados ocultos, en un bajel capaz de cruzar la isla de las tentaciones y los mares del olvido. La amante del fugitivo sabe que un ladrón es un traficante de vacíos y todas las mañanas se empecina en borrar sus huellas en puertas y cristales. Y sin embargo, espera. Y sin embargo, tiene un cajón con brújulas rotas y mapas en desuso. La amante y cómplice del fugitivo ayuda a simular su deceso: conoce la palabra tanatosis, esa voz presuntuosa con que los sabios llaman al ardid de algunos animales que fingen sus muertes. La esposa del desaparecido espera que un buen día el hombre regrese a casa por sorpresa, sueña que sus pies volverán a calzar sus huellas, que una noche retornará como un mensajero de sí mismo. Siempre hay una mujer esperando. La viuda de Nadie sabe que el cuerpo es un truco de ilusionista, que la vejez del espejismo se cansa de imaginar lentos camellos, caravanas de beduinos que se acercan y se esfuman. La esposa de Nadie sabe que también empieza a desdibujarse en el agua quieta de su espejo.

 

 

Del carnet de un condenado

 

En mi país la guerra siempre viene después de la posguerra, eternamente. No sé si la noche viene primero que el día desde que algún dios burlón inauguró la vida. No sé si mi país es un viejo dragón que se muerde la cola, si la sombra de Sísifo preside la ceremonia mientras la gran piedra cae, una y más veces sin descanso. Desde mi celda respiro su aire y me niego a cantar en la coral exultante, renuncio a ser corista en el carromato de ciegos que cruza la noche cantando hacia el abismo. Una marejada de aplausos recorre los teatros y los grandes salones de mi país, donde siempre viene la guerra después de la posguerra, eternamente.

 

Para Luis Aguilera

 

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