• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
  • @Innestesia
    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
  • @letrasdemorado
    Ya no hacen el pasado como antes
  • @itzarbepoesia
    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
  • @leonbenIarregui
    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

José Emilio Pacheco, el que ara en el mar

 

   El 26 de enero de 2014, José Emilio Pacheco murió en Ciudad de México, cuando la poesía –el mundo- estaba bajo la conmoción del fallecimiento de Juan Gelman, doce días antes. En aquella jornada, en este espacio se publicó una selección de poemas de la antología “Tarde o temprano”, que reúne gran parte de la obra del autor mexicano. Ahora, igual que con Gelman, renovamos esa selección, que como todas las que aquí se publican buscan que el lector se interese en la ampliación de su lectura, dándole un rumbo y un sentido propio, recurriendo en lo posible a los libros de los que los poemas que aquí siguen son tomados.

 

   Multitudes

 

Bajo un sol que aparenta comenzar otra edad

obreros, campesinos, pueblo, pueblo,

van ocupando a México. Parece

que es la revolución… No:

son acarreados

que trajo el PRI a aclamar al presidente.

 

 

   Oda

 

Baja la primavera al aire nuestro.

Invade

con sus plenos poderes al invierno.

Todo lo descubre y lo ilumina.

Brota del mar.

Es Dios o su emisario.

 

 

   Amanecer en Buenos Aires

 

Rompe la luz el azul celeste.

Se hace el día en la plaza San Martín.

En cada flor hay esquirlas de cielo.

 

 

   Definición

 

La luz: la piel del mundo.

 

 

   Oficio de poeta

 

Ara en el mar.

Escribe sobre el agua.

 

 

   Esclavos

 

Con el sudor de los esclavos se ha hecho y se hace este mundo.

Pero nunca sabremos

quién es el verdadero capataz

ni qué ruina futura

estamos ayudando a levantar

con nuestro grano de arena.

 

 

   Moda

 

La moda pasa de moda.

La desnudez sigue intacta

como al principio del mundo.

 

 

   Defensa de la “Ñ”

 

Este animal que gruñe con eñe de uña

es por completo intraducible.

Perdería la ferocidad de su voz

y la elocuencia de sus garras

en cualquier lengua extranjera.

 

 

   La lengua de las cosas

 

La lengua de las cosas debe de ser el polvo donde se comunican

   sin hablarse.

El polvo o la sombra que proyectan.

 

Demencia de las cosas cuando su voluntad se rebela

y se esconden frenéticas o se niegan a funcionar obstinadas.

Únicos medios de rebelión a su alcance,

únicas formas de decirnos que no somos sus amos,

aunque tengamos el poder

de destruirlas y olvidarlas.

 

 

   Rap del salmón

 

Vuelvo a la poza en que nací

Y tengo al mundo contra mí.

 

Navego oleajes, venzo tormentas.

Las que me esperan serán más cruentas.

 

Tantas feroces navegaciones

Y yo no cuento: somos billones.

 

Qué esfuerzo inútil: cada minuto

Pienso en la cuna, para mi luto.

 

Arde y me quema el agua salada.

Y la que es dulce me sabe helada.

 

Al remontarla a contracorriente

Veo la ribera llena de gente.

 

Son mis verdugos, los pescadores.

Lanzan anzuelos torturadores.

 

Si no me atrapan hombres odiosos

Caigo en las fauces de crueles osos.

 

Roto y exhausto, muy malherido,

Llego a la poza que es meta y nido.

 

Sufro martirio y tribulaciones

Para que existan otros salmones.

 

Cumplí mi sino: he multiplicado

La guerra inútil: todo ha acabado.

 

No habrá odisea de vuelta al mar

Pero otra vida va a comenzar.

 

Lo más terrible es que aún me toca

Ser la comida que entra en tu boca.

 

(De “Tarde o temprano, poemas 1958-2009”, Colección Nuevos Textos Sagrados, colección dirigida por Antoni Marí, Tusquets Editores, Ciudad de México, 2010. Esta antología incluye “Los elementos de la noche”, 1958-1962; “El reposo del fuego”, 1963-1964; “No me preguntes cómo pasa el tiempo”, 1964-1968; “Irás y no volverás”, 1969-1972; “Islas a la deriva”, 1973-1975; “Desde entonces”, 1975-1978; “Los trabajos del mar”, 1979-1983; “Miro la tierra”, 1984-1986; “Ciudad de la memoria”, 1986-1989; “El silencio de la luna”, 1985-1996; “La arena errante”, 1992-1998; “Siglo pasado, desenlace”, 1999-2000; “Como la lluvia”, 2001-2008; y “La edad de las tinieblas”, 2009. José Emilio Pacheco nació el 30 de junio de 1939 en Ciudad de México, y murió en ese mismo lugar el 26 de enero de 2014. Su relación con la literatura y sus actividades iniciales en ella comenzaron en la revista “Medio Siglo” de la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente dirigió colecciones y publicaciones vinculadas con la literatura. Se especializó en literatura mexicana del siglo XIX, y estudió al argentino Jorge Luis Borges. Se lo considera uno de los exponentes de la “Generación de los cincuenta”, también llamada “Generación de medio siglo”, junto con Salvador Elizondo, Eduardo Lizalde, Carlos Mosiváis y Sergio Galindo, entre otros escritores. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1963 con “Los elementos de la noche”. Después de la antología “Tarde o temprano”, de 2009, se publicaron “Como la lluvia” y “La edad de las tinieblas”, en el mismo año, y “El espejo de los ecos”, en 2012. Fue también novelista, cuentista, ensayista y traductor. Obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Cervantes, en 2009, el Internacional de Poesía Ciudad de Granada Federico García Lorca, en 2005, el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda, en 2004, y el Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo, en 2003).

 

 

   Expiación

 

Qué sola ha de sentirse la luciérnaga

En el suburbio que era campo.

Arde sin nadie entre las casas tristes.

La repudió el enjambre intolerante

Que exige sumisión igual que todos.

No sé cuál fue su error o su pecado.

Acaso las luciérnagas también

Castigan sin piedad a las insumisas

Y les cortan la luz y el aire.

Tal vez la usó la tribu como chivo expiatorio.

Murmuradas las culpas a su oído,

La enviaron a perderse en el desierto

Para morir por la vileza de otras.

En la altura contrasta su brillantez

Con esos fuegos fatuos tan rastreros

Que hacen teatro de espectros en la noche

Y nos llenan de miedo.

No es verde de esperanza el mal color

De la pobre luciérnaga extraviada:

Su vuelo dice adiós a todo aquello

Que acaba de morir en este instante.

 

 

   Nubes

 

En un mundo erizado de prisiones

Sólo las nubes arden siempre libres.

No tienen amo, no obedecen órdenes,

Inventan formas, las asumen todas.

Nadie sabe si vuelan o navegan,

Si ante su luz el aire es mar o llama.

Tejidas de alas son flores del agua,

Arrecifes de instantes, red de espuma.

Islas de niebla, flotan, se deslíen

Y nos dejan hundidos en la Tierra.

Como son inmortales nunca oponen

Fuerza o fijeza al vendaval del tiempo.

Las nubes duran porque se deshacen.

Su materia es la ausencia y dan la vida.

 

 

   Tener y no tener

 

No tiene fin la oscuridad.

No tiene

La sal del mar un día de consuelo.

Pero en cambio la dicha que hoy nos cubre

Tiene los días contados.

 

 

   De sobra

 

Al planeta como es

No le hago falta.

Proseguirá sin mí

Como antes pudo

Existir en mi ausencia.

No me invitó a llegar

Y ahora me exige

Que me vaya en silencio.

Nada le importa mi insignificancia.

Salgo sobrando porque todo es suyo.

 

 

   Mejor que nadie

 

Los ríos conocen la soledad mejor que nadie.

Fluyen a solas, van siempre solos, no dan

Tregua a su oficio solitario.

También mejor que nadie saben que al fin

Se unen al mar y acompasan su encuentro

Con la sagacidad de la muerte unánime.

 

 

   Poesía

 

Contra la noche oscura

una pantalla que arde

y una página en blanco.

 

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