• @karlisjar
    Los símbolos nunca callan, así nosotros nos hagamos los sordos
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño
  • @marconpi66
    Del amor también se sale, muerto de latidos
  • @fumivora
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    Cabizbajo no es tan triste si viene un sueño subiendo
  • @cachililiana
    Vengo desterrada de un sueño
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    La hora es un compás seguro

El poeta que comparte el pan

 

   Este espacio de difusión de poesía existe desde 2006, con alguna interrupción en su trayectoria y un cambio en su nombre. Tenemos la esperanza de que los lectores, al menos los más frecuentes, hayan notado que uno de nuestros propósitos, casi con los rasgos de una obsesión, es introducir a los libros de los que tomamos los poemas que aparecen en esta sección de portada, pero jamás reemplazarlos, representarlos o sintetizarlos. Asumimos nuestras publicaciones como un acto en cierta forma arbitrario, porque es una arbitrariedad tomar de un libro un grupo de poemas para presentarlos fuera del conjunto que integran. Sin embargo, nos consuela la idea de que esta práctica pueda tener el efecto de que el lector sienta la necesidad imperiosa de ir al libro y, si no está en sus posibilidades inmediatas contar con él, al menos sentir el deseo de lograrlo, y proponérselo para el futuro.

   En esta práctica, el poeta argentino Juan Gelman es uno de los más visitados por nuestro espacio, a través de publicaciones sucesivas, a medida que se editaban sus obras, hasta llegar a la última, “amaramara”, la que dejó preparada antes de morir en México, el 14 de enero de 2014. A partir de otra necesidad imperiosa, que adivinamos compartida con los lectores de poesía, visitamos y revisitamos la obra de Gelman también como una suerte de resistencia a su muerte. Anhelamos, en palabras de otro autor argentino, Joaquín Giannuzzi, que “la distancia no consuma” al poeta y queremos desmentir “la teoría de una oscuridad personal”. Por eso volvemos a publicar poesía de Juan Gelman, cuando se está por cumplir un año de su deceso, y seguiremos haciéndolo mientras estemos en pie, pero sin olvidar el propósito antes explicado: este portal –ninguno, en realidad- puede reemplazar a un libro y ni siquiera tiene derecho a intentarlo.

   En función de esto es que los textos que siguen salen de las publicaciones ya hechas por Alcanza Para Todos. Si de cualquiera de los libros ya abordados por nuestro espacio extrajéramos otros poemas, estaríamos acercándonos a una reproducción ilegal, y principalmente ilegítima. El intento es, pues, que las y los lectores se sientan invitados a cada una de las obras de Juan Gelman.

   El título que damos a este conjunto de textos toma una apreciación de Jorge Boccanera, el poeta argentino que estudió profundamente la obra de Gelman, con quien mantuvo una amistad de cuarenta años. Boccanera dijo, en uno de los  homenajes a su amigo: "En un poema de los años 70, Juan habla de los compañeros como aquellos que vienen atrás de todo para amasar el pan y, justamente, una de las etimologías que se le adjudican a esa palabra es: los que comparten el mismo pan".

 

   Vestíbulos

 

En el vestíbulo del corazón

se alza una casa vieja

que el padre cerraba a llave cada noche.

El patio con helechos

amados por la madre, el carbón

de polentas repetidas, su luz

contra la oscuridad de ollas,

el cielo desplomado.

¿Quién romperá esa red?

¿A dónde se dirige?

¿Quién la tejió, qué hilitos

pusieron que atan todavía?

Su abismo más profundo es el más alto.

No romper sus mensajes con

cuchillos peores que la muerte.

 

 

   Miembros

 

La mano, el pie, lo que se educa

en soledad, el maestro

que ordena, tanto

desastre mundo, la púrpura

que no sabe de ojos que le faltan,

ahí ese niño que mendiga, la

calle cubierta por

desolaciones, el gran libro

en el que suenan otros gemidos nunca

tuvo la hoja que

el amor cambia en amor. Si alguien

revisa la pasión de la noche

en su esplendor de los yacientes,

verá mejillas sin nombre, nudos

que no se pueden desatar,

las lenguas con relojes viejos.

 

(De "El emperrado corazón amora", Juan Gelman, Seix Barral, Biblioteca Breve, Buenos Aires, 2011).

 

   III

Dios se fue al vacío que dejó su muerte. La sombra traga los regresos y los favores del amor en cualquier calle se abandonan. La vida se pareció a la vida alguna vez/ya la mentira ni siquiera vuela. Hay que barrer el mundo en sucio estado/otra vez ponen huevos de serpiente/viejos.

 

   X

La eternidad es una idea violenta/capitalista/acumular futuro. La conciencia se libra de sí misma cuando vira su luz en las respiraciones del rocío. Fulgor de las almohadas en las que el tiempo se desnuda y el orden del amor se pierde. La noche madura/las verdades del cuerpo conocen el cortejo/las horas que se van.

 

   XIII

Llegan los ruidos de la muerte cotidiana /Mexico/ Irak/ Pakistán/ Afganistán/ Yemen/ Somalia. Me miro sin explicaciones/soy el asesino y el asesinado. Adiós, candor, los restos de la infancia están pálidos/ no hay qué darles de comer. La belleza de un pájaro dormido me trae agonías y ruego al pájaro que duerma. Sin árboles de hermosura corpórea, sin largos días de mayo.

 

   XXXVI

Se abren rostros feroces cuando el amor conoce los instrumentos de su muerte. Rincones de la palabra se desbaratan en incertidumbres, mares sin playa, pisan la transparencia de un diamante. La razón levanta fierros sin temblor, analfabeta de la dicha que hubo. Un ave come el canto de una acacia y vuela en contenidos fijos sin puerta ni salida. La furia nace sola/recuerdan a dos jóvenes los tilos/sus paseos en noches que volvían suaves/entre balazos de la época. Pasean hoy mismo como sombras y no dicen por qué.

 

   XLVII

Vacíos del presente molestan al pasado. En la asamblea de las pérdidas, algún amor alza su llama con la humildad dichosa de lo que pudo ser. Los enemigos callan y la noche desnuda dicta maneras/riquezas del cuerpo que soporta. La tempestad fabrica callejones, dialectos, absorbe códigos inmóviles.

 

   XLIX

El capitalismo quiere que te olvides de ti. A ti mismo/vos mismo/vos con sus broncas duras/el suave. Hadewijch, acostadita, enferma, con abismos que no pudiste penetrar, ¿qué haremos con el vacío de Dios? La brisa espesa pérdidas desconocidas y el espíritu no sabe, varas del alma contra un rayo de sol, las equivocaciones sin sufrir, la hermosura roba llagas del corazón más íntimo y tiembla en los pavores de la víctima. No hay gorjeos/cantos/silbidos/en los miedos del cielo. Hay tiros que vendrán si el tiempo deja, mares a ver, los nuevos límites de lo imposible.

 

   LI

El poema quiere engañar al tiempo y el sufrimiento lo derrota. Si escuchara lo que huye de la puerta, si la imperfecta luz diera tu libro, si traicionara este dolor, si oyera tu descanso, si el alba tropezara con el árbol que te abrigó una vez, si pudieras volver a casa una noche cualquiera.

      a Marcelo.

 

(De “Hoy”, Seix Barral Biblioteca Breve, Buenos Aires, 2013. Juan Gelman nació en Buenos Aires en 1930 y murió en México, el 14 de enero de 2014. Obtuvo el premio Nacional de Poesía en 1997, el Cervantes 2007; el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2005; el Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2005, entre otros reconocimientos. Algunas de sus obras son "Gotán", "Cólera buey", "Los poemas de Sidney West", "Fábulas", "Hechos y relaciones", "Si dulcemente", "Citas y comentarios", "Hacia el Sur", "La juntaluz", "Composiciones", "Anunciaciones", "Interrupciones 1", Interrupciones 2", "Violín y otras cuestiones", "Miradas", "Carta a mi madre", "Salarios del impío", "dibaxu", "Incompletamente", "Valer la pena", "Mundar", "de atrasalante en su porfía" y “Hoy”. Tras su fallecimiento, se publicó en México “amaramara”. Poemas suyos fueron traducidos al alemán, checo, chino, francés, holandés, inglés, italiano, japonés, portugués, sueco y turco).

 

 

   Tiempos

 

Siempre te amo por primera vez.

Siempre te amo la primera vez.

 

 

   Debajo

 

Crujen las cartas que nunca te escribí.

Matan al perro

en mi memoria siempre.

¿Quién le da de comer? Una

anticipación de la mañana

talla tu rostro en mí. Respirás

a mi lado. En los agujeros

de lo que toca vivir hay

la marea del tiempo, lleva

dolores a su basura inútil. El sudor

del pasado golpea

su páramo roto, la

vida continua, los

pensamientos con plomo debajo.

 

 

    Escenas de la guerra

 

Convierten al mundo en hospital,

quieren que no esperemos nada,

ni siquiera lo que no va a llegar y por

la curva del cielo pasa

tu rostro que llora.

Odios tristes, noche fría,

humillaciones del reloj.

Tu cuello es una rama erguida,

un corto exilio de la maldad.

Te beso allí donde volvés

a tu secreto. Crepitás

en días que sangran.

 

 

    Insistencias

 

En la amplitud del amor cabe

la insistencia en ser otro, eso

que despliega sus alas en la

repetición flotante de aguas mínimas.

Se autoborran las iras, aparece

la luz tocando su saquito

de espérames y andates. Se abre

el cristal de la noche encontrada.

Flores que dían con

la época de sucesos tristes.

No hay vacíos en esa escuela

de lo que nunca es pecho gris. Hay

rostros que van de espejo en espejo

para buscar su nombre.

 

 

   Lo que cava

 

La sangre corcovea

en todos los rincones, en

el alma superior, en su orgullo,

en los perros con olor a furia.

El ser amado convierte

la humillación en asombro y vengo aquí

para decir que te amo.

La emoción contra la pared

espera que la fusilen.

Nuestros cuerpos conocen esa pared.

Es una atadura del sol

que cavamos, cavamos.

 

 

    Puertos

 

De las cortadas de la vida

hay una que no se puede abrir.

Verano es ese día

que adora los pasados del odio.

Cuando soplan los vientos,

abriga y Eros

festeja el triunfo de su llama.

Palabra y muerte no se juntan.

Cae a pedazos la mirada restante

y todo se une menos

los sonidos del hambre.

 

(De “amaramara”, con presentación de José Ángel Leyva y reproducción de pinturas de Arturo Rivera, Colección Temblor de Cielo, La Otra, editada junto con la Secretaría de Cultura de Ciudad de México y la Secretaría de Educación del Gobierno del Distrito Federal, Ciudad de México, 2014. Arturo Rivera nació en Ciudad de México en 1945. En Nueva York, donde vivió ocho años, conoció al artista Max Zimmerman, quien lo invitó a trabajar con él durante un año, en Alemania. En los 80 regresó a México, donde continuó con el desarrollo de una obra conocida y celebrada en su país e internacionalmente.)

 

 

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