• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
  • @Innestesia
    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
  • @letrasdemorado
    Ya no hacen el pasado como antes
  • @itzarbepoesia
    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
  • @leonbenIarregui
    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Eduardo Lizalde

 

   2. El tigre

 

Hay un tigre en la casa

que desgarra por dentro al que lo mira.

Y sólo tiene zarpas para el que lo espía,

y sólo puede herir por dentro,

           y es enorme:

más largo y más pesado

que otros gatos gordos

y carniceros pestíferos

de su especie,

y pierde la cabeza con facilidad,

huele la sangre aun a través del vidrio,

percibe el miedo desde la cocina

y a pesar de las puertas más robustas.

 

Suele crecer de noche:

coloca su cabeza de tiranosaurio

en una cama

y el hocico le cuelga

más allá de las colchas.

Su lomo, entonces, se aprieta en el pasillo,

de muro a muro,

y sólo alcanzo el baño a rastras, contra el techo,

como a través de un túnel

de lodo y miel.

 

No miro nunca la colmena solar,

los renegridos panales del crimen

de sus ojos,

los crisoles de saliva emponzoñada

de sus fauces.

 

Ni siquiera lo huero,

para que no me mate.

 

              Pero sé claramente

que hay un inmenso tigre encerrado

en todo esto.

 

  

   5

 

Debe el amor vencer,

vencerlo todo.

La muerte y la cursilería.

 

Vence a los leones locos el amor,

lo vence todo.

La sintaxis.

Los corchos apretados,

el tránsito y las úlceras.

Y vence la desgracia del ratón sin muelas,

la miseria del diente sin castores,

la del castor y el diente sin carpintería.

 

Todo lo vence, compañeros,

vence a la muerte, ciudadanos,

porque es la muerte él mismo.

 

  

   Grande es el odio

  

   1

 

Grande y dorado, amigos, es el odio.

Todo lo grande y lo dorado

viene del odio.

El tiempo es odio.

 

Dicen que Dios se odiaba en acto,

que se odiaba con la fuerza

de los infinitos leones azules

del cosmos;

que se odiaba

para existir.

 

Nacen del odio, mundos,

óleos perfectísimos, revoluciones,

tabacos excelentes.

 

Cuando alguien sueña que nos odia, apenas,

dentro del sueño de alguien que nos ama,

ya vivimos en el odio perfecto.

 

Nadie vacila, como en el amor,

a la hora del odio.

 

          El odio es la sola prueba indudable

de existencia.

 

 

   2

 

Y el miedo es una cosa grande como el odio.

El miedo hace existir a la tarántula,

la vuelve cosa digna de respeto,

la embellece en su desgracia,

rasura sus horrores.

Qué sería de la tarántula, pobre,

flor zoológica y triste,

si no pudiera ser ese tremendo

surtidos de miedo,

ese punto cortado

de un simio negro que enloquece de amor.

 

La tarántula, oh Bécquer,

que vive enamorada

de una tensa magnolia.

Dicen que mata a veces,

que descarga sus iras en conejos dormidos.

          Es cierto,

pero muerde y descarga sus tinturas internas

contra otro,

porque no alcanza a morder sus propios

          miembros,

y le parece que el cuerpo del que pasa,

el que amaría si lo supiera,

es el suyo.

 

 

   5

 

Para el odio escribo.

Para destruirte, marco estos papeles.

Exprimo el agrio humor del odio

en esta tinta,

hago temblar la pluma.

 

En estas hojas,

que escupo hasta secarme, arrojo

todo el odio que tengo.

Y es inútil. Lo sé.

Sólo te digo una cosa:

si estas últimas líneas

fueran gotas,

serían de orines.

 

 

   6

 

De pronto, se quiere escribir versos

que arranquen trozos de piel

al que los lea.

 

Se escribe así, rabiosamente,

destrozándose el alma contra el escritorio,

ardiendo de dolor,

raspándose la cara contra los esdrújulos,

asesinando teclas con el puño,

metiéndose pajuelas de cristal entre las uñas.

 

Uno se pone a odiar como una fiera,

entonces,

y alguien pasa y le dice:

“vente a cenar, tigrillo,

la leche está caliente”.

 

(De “El tigre en la casa”, Círculo de Poesía, revista electrónica de literatura, y Editorial El Suri Porfiado, Buenos Aires, octubre de 2014. La edición en Argentina trae una definición de Octavio Paz sobre este libro y su autor: “En 1970 publicó ‘El tigre en la casa’. Fue el año de su aparición, en el sentido fuerte de la palabra: la aparición de un poeta verdadero tiene algo de milagroso”. Eduardo Lizalde nació en Ciudad de México, en 1929. La poesía apareció en su vida siendo niño, por las lecturas de su padre, quien lo estimuló para que escribiera sonetos. La figura del tigre trae la marca de las lecturas iniciales de Kypling y aventuras de Tarzán. Sus primeras publicaciones se registraron en diarios, a los 18 años. “La mala hora”, su primer libro de poesía, apareció nueve años después. Junto con militancia política en la izquierda, siguió su desarrollo literario hasta fundar una corriente llamada “poeticismo”, que él mismo dio posteriormente por fracasada. Ingresó a la Academia Mexicana de la Lengua en 2007. Dos años después recibió la medalla de oro de Bellas Artes, otorgada por el instituto homónimo. Se lo conoce como “El Tigre”, por su recurrencia a la figura de ese animal en sus versos, como se vio en los poemas reproducidos más arriba. Él lo describe como un recurso literario metafórico. El tigre, dice, fascina desde siempre a la literatura, porque es representativo de la muerte y a la vez de la belleza). 

 

 

   Boleros del resentido

 

   1

 

Días en que el ocio y la esterelidad

cubren  las cosas,

como un polvo finísimo.

Y sobre el polvo,

sobre la superficie de los muebles, agrisada,

dibujamos cabezas,

casas con sus ventanas.

Escribimos la palabra Lola

sobre el polvo;

el nombre Juana.

Sobre el polvo del ocio de los muebles,

como niños deformes,

que apenas pueden controlar el dedo.

 

 

   2

 

Guardas tu cuerpo, amada,

el oro que lo cubre.

Y sientes miedo,

el mismo grave miedo en términos jurídicos

que yo siento al tocarte.

 

Agredo, sucio, torvo sapo,

tu amado cuerpo amado,

y te dejas morder,

armada por el odio inerme

del asco y de la muerte.

 

Pero un solo contacto,

el simple olor del oro,

este rasguño,

un solo roce de tu cuerpo,

amada, amada, amada,

me ha convertido en polvo.

 

 

   3. El amor es otra cosa, señores

 

Uno se hace a la idea,

desde la infancia,

de que el amor es cosa favorable

puesta en endecasílabos, señores.

 

Pero el amor es todo lo contrario del amor,

tiene senos de rana,

alas de puerco.

 

Mídese amor por odio.

Es legible entre líneas.

Mídese por obviedades,

mídese amor por metros de locura corriente.

Todo el amor es sueño

-el mejor áureo sueño de la plata-.

Sueño de alguien que muere,

el amor es un árbol que da frutos

dorados sólo cuando duerme.

 

 

   La ciudad ha perdido su Beatriz

 

   IX

 

Ella murió, Dios mío,

¿De qué manera han de vivir los otros?

¿Cómo vivir, si ha muerto?

¿De dónde leña ha de tomar el hacha

si a cada tajo

el árbol vuelve a la semilla?

 

 

   XII

 

¿Cómo expulsar del sueño

el sueño tuyo, amada?

¿Cómo cerrar las puertas del sueño,

a toda forma viviente?

¿Cómo estorbar la marcha

del tigre desgarrado,

con parapetos de neblina?

¿Cómo impedir el paso

de estas sólidas fieras

a la juguetería vaga del sueño?

¿Cómo escapar de un tigre

que crece al avanzar cuando lo sueñan

como la mole de nieve en la colina?

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