• @Cataperdis
    ¿Cuándo dejamos de bailar solo porque nos estaban mirando?
  • @Lestat1414
    La realidad es una fantasía que se rindió
  • @sylviopolis
    Las personas se van y se llevan sus campos semánticos
  • @Ohzolli
    Ese ángel se llama ausencia. Cuando nos nombra, seguimos siendo ciertos
  • @poeticsilence__
    La madrugada es el primer ojalá
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    Con tanta tecnología ya no se pierden los corazones como antes
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    Uno se reinventa sin remedio cuando el amor ensordece
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  • @NaEnEspiral
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  • PacoParra14
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  • @Srta_Guacamole
    Era música para mis rugidos

Jaime Sabines. El silencio más fino

 

Mi corazón emprende de mi cuerpo a tu cuerpo

último viaje.

Retoño de la luz,

agua de las edades que en ti, perdida, nace.

Ven a mi sed. Ahora.

Después de todo. Antes.

Ven a mi larga sed entretenida

en bocas, escasos manantiales.

Quiero esa arpa honda que en tu vientre

arrulla niños salvajes.

Quiero esa tensa humedad que te palpita,

esa humedad de agua que te arde.

Mujer, músculo suave.

La piel de un beso entre tus senos

de obscurecido oleaje

me navega en la boca

y mide sangre.

Tú también. Y no es tarde.

Aún podemos morirnos uno en otro:

es tuyo y mío ese lugar de nadie.

Mujer, ternura de odio, antigua madre,

quiero entrar, penetrarte,

veneno, llama, ausencia,

mar amargo y amargo, atravesarte.

Cada célula es hembra, tierra abierta,

agua abierta, cosa que se abre.

Yo nací para entrarte.

Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.

Por conocerte estoy,

grano de angustia en corazón de ave.

Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres

tendrán un hombre encima en todas partes.

 

 

   Los amorosos

 

Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino,

el más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,

los amorosos son los que abandonan,

son los que cambian, los que olvidan.

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

no encuentran, buscan.

 

Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos,

entregándose, dándose a cada rato,

llorando porque no salvan al amor.

Les preocupa el amor. Los amorosos

viven al día, no pueden hacer más, no saben.

Siempre se están yendo,

siempre, hacia alguna parte.

Esperan,

no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua,

siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables,

los que siempre -¡qué bueno!- han de estar solos.

 

Los amorosos son la hidra del cuento.

Tienen serpientes en lugar de brazos.

Las venas del cuello se les hinchan

también como serpientes para asfixiarlos.

Los amorosos no pueden dormir

porque si se duermen se los comen los gusanos.

 

En la obscuridad abren los ojos

y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana

y su cama flota como sobre un lago.

 

Los amorosos son locos, sólo locos,

sin Dios y sin diablo.

 

Los amorosos salen de sus cuevas

temblorosos, hambrientos,

a cazar fantasmas.

Se ríen de las gentes que lo saben todo,

de las que aman a perpetuidad, verídicamente,

de las que creen en el amor como en una lámpara

   de inagotable aceite.

 

Los amorosos juegan a coger el agua,

a tatuar el humo, a no irse.

Juegan el largo, el triste juego del amor.

Nadie ha de resignarse.

Dicen que nadie ha de resignarse.

Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

 

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,

la muerte les fermenta detrás de los ojos,

y ellos caminan, lloran hasta la madrugada

en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

 

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,

a mujeres que duermen con la mano en el sexo,

   complacidas,

a arroyos de agua tierna y a cocinas.

 

Los amorosos se ponen a cantar entre labios

una canción no aprendida.

Y se van llorando, llorando

la hermosa vida.

 

 

   Sigue la muerte

  

   I

 

No digamos la palabra del canto,

cantemos. Alrededor de los huesos,

en los panteones, cantemos.

Al lado de los agonizantes,

de las parturientas, de los quebrados, de los presos,

de los trabajadores, cantemos.

Bailemos, bebamos, violemos.

Ronda del fuego, círculo de sombras,

con los brazos en alto, que la muerte llega.

 

Encerrados ahora en el ataúd del aire,

hijos de la locura, caminemos

en torno de los esqueletos.

Es blanda y dulce como una cama con mujer.

Lloremos.

Cantemos: la muerte, la muerte, la muerte,

hija de puta, viene.

 

La tengo aquí, me sube, me agarra

por dentro.

Como un esperma contenido,

como un vino enfermo.

Por los ahorcados lloremos,

por los curas, por los limpiabotas,

por las ceras de los hospitales,

por los sin oficio y los cantantes.

Lloremos por mí,

el más feliz, ay, lloremos.

 

Lloremos un barril de lágrimas.

Con un montón de ojos lloremos.

Que el mundo sepa que lloramos aquí

por el amor crucificado y las vírgenes,

por nuestra hambre de Dios

(¡pequeño Dios el hombre!)

y por los riñones del domingo.

 

Lloremos llanto clásico, bailando,

riendo con la boca mojada de lágrimas.

Que el mundo sepa que sabemos ser trágicos.

Lloremos por el polvo

y por la muerte de la rosa en las manos de los

   mendigos.

Yo, el último, os invito

a bailar sobre el cráneo del tiempo.

¡De dos en dos los muertos!

Al tambor, a la luna,

al compás del viento.

¡A cogerse las manos, sepultureros!

Gloria del hombre vivo:

¡espacio para el miedo

que va a bailar la danza que bailemos!

 

Tranca la tranca,

con la musiquilla del concierto

¡qué fácil es bailar remuerto!

 

(De “Antología poética”, Fondo de Cultura Económica, Colección Conmemorativa 70 Aniversario, México, 2005. Jaime Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926, y murió en Ciudad de México, en 1999. Estudió filosofía y letras. Fue Premio Nacional de Ciencias y Artes. Recibió muchos otros reconocimientos. Algunas de sus obras: "Heral" -la primera, publicada a la edad de 23 años-; "La señal", "Adán y Eva", "Tarumba", "Poemas sueltos", "Yuria", "Tlatelolco", "Maltiempo", "Algo sobre la muerte del mayor Sabines", "Otros poemas sueltos", "Los amorosos: cartas a Chepita").

 

 

   Prólogo

 

Estamos haciendo un libro,

testimonio de lo que no decimos.

Reunimos nuestro tiempo, nuestros dolores,

nuestros ojos, las manos que tuvimos,

los corazones que ensayamos;

nos traemos al libro,

y quedamos, no obstante,

más grandes y más miserables que el libro.

El lamento no es el dolor.

El canto no es el pájaro.

El libro no soy yo, ni es mi hijo,

ni es la sombra de mi hijo.

El libro es sólo el tiempo,

un tiempo mío entre todos mis tiempos,

un grano en la marzorca,

un pedazo de hidra.

 

--

 

Solamente de vez en cuando, o a diario,

pensándolo, o cuando menos lo pienso,

detrás de mí y en medio y por delante,

estoy arruinado, contrito, tapándome

con una manta el corazón

y mis muelas.

Me cae la flor de la bugambilia

y me cae el viento

y me cae mi madre

-y mi padre, y mi mujer y mi hijo-

y me levanto con el nombre ajado

y recojo mi lengua llena de hormigas.

Vivo bien.

No tengo queja de nada ni de nadie.

Sólo que a veces, cuando viene el agua

me mojo a media calle

y cada día me parezco más a un poste.

Alguien me va a decir alguna cosa,

le va a sacar de algún costal de mentiras,

y desde entonces voy a ser feliz y triste.

Hoy, de ladrón no paso,

ni paso de vivo.

 

--

 

Sólo en sueños,

sólo en el otro mundo del sueño te consigo,

a ciertas horas, cuando cierro las puertas

detrás de mí.

¡Con qué desprecio he visto a los que sueñan,

y ahora estoy preso en su sortilegio,

atrapado en su red!

¡Con qué morboso deleite te introduzco

en la casa abandonada, y te amo mil veces

de la misma manera distinta!

Estos sitios que tú y yo conocemos

nos esperan todas las noches como una vieja cama

y hay cosas en lo obscuro que nos sonríen.

Me gusta decirte lo de siempre

y mis manos adoran tu pelo

y te estrecho, poco a poco, hasta mi sangre.

Pequeña y dulce, te abrazas a mi abrazo,

y con mi boca en tu boca, te busco y te busco.

A veces lo recuerdo. A veces

sólo el cuerpo cansado me lo dice.

Al duro amanecer estás desvaneciéndote

y entre mis brazos sólo queda tu sombra.

 

--

 

Nada de ayer, nada de mañana.

El cuerpo convalece del alma.

Nada del tiempo, de la muerte nada.

De la vida, del sueño, de la angustia,

de la alegría, ni de la esperanza:

la luz apenas, el ruido, los objetos

y nada, nada.

 

--

 

Si sobrevives, si persistes, canta,

sueña, emborráchate.

Es el tiempo del frío: ama,

apresúrate. El viento de las horas

barre las calles, los caminos.

Los árboles esperan: tú no esperes,

éste es el tiempo de vivir, el único.

 

--

 

Cantemos al dinero

con el espíritu de la navidad cristiana.

No hay nada más limpio que el dinero,

ni más generoso, ni más fuerte.

El dinero abre todas las puertas;

es la llave de la vida jocunda,

la vara del milagro,

el instrumento de la reserrección.

Te da lo necesario y lo innecesario,

el pan y la alegría.

Si tu mujer está enferma puedes curarla,

si es una bestia puedes pagar para que la maten.

El dinero te lava las manos

de la injusticia y el crimen,

te aparta del trabajo,

te absuelve de vivir.

Puedes ser como eres con el dinero en la bolsa,

el dinero es la libertad.

Si quieres una mujer y otra y otra, cómpralas,

si quieres una isla, cómprala,

si quieres una multitud, cómprala.

(Es el verbo más limpio de la lengua: comprar.)

Yo tengo dinero quiere decir me tengo.

Soy mío y soy tuyo

en este maravilloso mundo sin resistencias.

Dar dinero es dar amor.

 

¡Aleluya, creyentes,

uníos en la adoración del calumniado becerro

   de oro

y que las hermosas ubres de su madre nos

   amamanten!

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