• @karlisjar
    Los símbolos nunca callan, así nosotros nos hagamos los sordos
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño
  • @marconpi66
    Del amor también se sale, muerto de latidos
  • @fumivora
    Quiero que solo me apuñales a mi
  • @Innestesia
    Besas como si hubiéramos leído los mismos libros
  • @divagandoletras
    Cerrar las ventanas con nosotros fuera. Y quedarnos en el otoño
  • @Claudia_DelSur
    La imaginación nos envuelve en abrazos reales
  • @MeMalcriaste
    También hay errores platónicos
  • @Juansistemico
    Tocará beber de su sonrisa en una foto
  • @Pluriversos
    Cabizbajo no es tan triste si viene un sueño subiendo
  • @cachililiana
    Vengo desterrada de un sueño
  • @nancyeldarjani
    La hora es un compás seguro

Y el árbol crece

 

   Gastón Baquero

 

   Cuando los niños hacen

    un muñeco de nieve

 

Cuando los niños hacen un muñeco de nieve,

Ellos no saben que juegan a Dios,

Autorizados por Dios.

 

Desde el seno de la cellisca sonríe el Señor,

Y aporta nuevos ramos de nieve, más blanca a cada instante,

Para hacer los brazos del ente, las orejas, la frente

De ese muñeco que acaba de erguirse en la vastedad

    de la nieve,

Igual que un hombre sale de las manos de Dios.

 

Cuando los niños hacen un muñeco de nieve,

Una vez satisfechos y plenos como el mismo Padre

   de todas las criaturas,

Lo abandonan gentiles a su nuevo destino,

Y queda sorprendido de ser para siempre una sombra

   arrojada a la nieve,

Aquel a quien los niños dejan como un centinela

   perdido en el desierto.

 

(De “Nueve poetas cubanos del siglo XX”, selección de Rolando Sánchez Mejías, Grijalbo Mondadori, Madrid, 2000. Gastón Baquero nació en Banes, oriente de Cuba, en 1918. Fue fundador de la revista “Clavileño” y colaboró en publicaciones de Lezama Lima. Publicó “Poemas” y “Saúl sobre la espada”, en 1942; “Poemas escritos en España”, en 1960; “Memorial de un testigo”, en 1966; “Magias e invenciones”, en 1984; y “Poemas invisibles”, en 1991. Fue traductor de poetas africanos. Murió en Madrid, en 1997).

 

 

   Julio Cortázar

 

   The Happy Child

 

La breve pausa de la dicha

gira en el aire y es el pétalo

posado apenas en tu pelo

con las abejas de la brisa.

 

Danzando vas en la belleza

que fluye de esa dicha leve,

oh niña que no ves moverse

las alas de una rosa negra.

 

(De “Salvo el Crepúsculo”, edición definitiva, Biblioteca Cortázar, Alfaguara, Buenos Aires, 2013. Julio Cortázar nació en Bruselas, en 1914, y murió en París, en 1984. Con sus padres argentinos vivió en ese país desde los cuatro años. Cursó el magisterio y se desempeñó como maestro rural. En Buenos Aires publicó el libro de poemas “Presencia”, con el seudónimo de Julio Denis, y “Bestiario”, primera obra de la serie de cuentos. En 1951 se trasladó a París por una beca y se radicó en la capital francesa, donde trabajó para la UNESCO. Su desarrollo como escritor y su impacto en este campo van de la mano de sus experiencias políticas. Visitó Cuba en los primeros años de la Revolución, acompañó a Salvador Allende cuando asumió la presidencia de Chile, en 1970, y apoyó a la Revolución Sandinista. Sus novelas y cuentos tuvieron más trascendencia que su poesía. La primera edición de “Salvo el Crepúsculo” apareció en 1984, pocos meses después de su muerte, sin que Cortázar llegara a corregir las pruebas de imprenta. La edición definitiva se debe al hallazgo posterior de una serie de correcciones y comentarios hechos por el autor).

 

 

   Carlos Patiño

 

   4

 

Niños niños   bandadas   guardapolvos volando

sobre las baldosas

hacia padres ansiosos asustados besándolos

como si rescatados de un naufragio

ojos hacia los dedos extendidos señalando las

ametralladoras

soldados tras bocas tenebrosas sobre edificios

vecinos circunvecinos

alejados cercanos

niños niños ahora más pequeñitos padres

con manos de miedo y de soslayo abrigándolos

arrebatándolos

remolino de guardapolvos blancos

como una tromba escapan huyen todos muy lejos

lejos de soldados

disimulados detrás de su fiereza

bajo cascos parecidos tal vez al casco amarillo

del conquistador

parecidos no iguales

porque empezaba a vislumbrarse que el dulce gastado libro

era una cosa

las fotos los dibujos de señores con bandas relucientes

coloridos serios solemnes casi siempre saludando hacia el aire

era una cosa

y otra distinta impenetrable realidad era verlos

peor

sentirlos sobre azoteas.

 

(De “Cuarenta años de poesía en el Premio Casa de las Américas 1959-1999”, selección y notas de Caridad Tamayo Fernández, prólogo de Roberto Fernández Retamar, poesía Hiperión, Madrid, 1999. Carlos Patiño nació en Buenos Aires, en 1934. Publicó, en poesía, “Buenos aires por la cabeza”, en 1966, “Hombre de doce menos cuarto”, en 1969; “Retratos”, en 1975; “Ceremonia (y otros desórdenes)”, en 1985; y “Esquinas silenciosas”, en 1990. Obtuvo el premio Casa de las Américas en 1990. Fue también dramaturgo y trabajó como periodista. Estuvo exiliado en México a raíz de la dictadura cívico-militar que asoló a su país entre 1976 y 1983. Murió en Buenos Aires, en 2013).

 

    Octavio Paz

 

   Niña

 

Nombras el árbol, niña.

Y el árbol crece, lento y pleno,

anegando los aires,

verde deslumbramiento,

hasta volvernos verde la mirada.

 

Nombras el cielo, niña.

Y el cielo azul, la nube blanca,

la luz de la mañana,

se meten en el pecho

hasta volverlo cielo y transparencia.

 

Nombras el agua, niña.

Y el agua brota, no sé dónde,

baña la tierra negra,

reverdece la flor, brilla en las hojas

y en húmedos vapores nos convierte.

 

No dices nada, niña.

Y nace del silencio

la vida en una ola

de música amarilla;

su dorada marea

nos alza a plenitudes,

nos vuelve a ser nosotros, extraviados.

 

¡Niña que me levanta y resucita!

¡Ola sin fin, sin límites, eterna!

 

(De “Libertad bajo palabra”, obra poética 1935-1957, colección Letras Mexicanas, Fondo de Cultura Económica, 1960, Buenos Aires. Este libro reúne “Bajo tu clara sombra”, “Calamidades y milagros”, “Semillas para un himno”, “¿Águila o sol?” y “La estación violenta”. Octavio Paz nació en Ciudad de México en 1914 y murió en esa misma ciudad en 1998. Además de poeta fue también ensayista y traductor, entre otros del portugués Fernando Pessoa. Después de haber estudiado Derecho, viajó a Yucatán y participó de las misiones educativas de Lázaro Cárdenas. Allí escribió “Entre la piedra y la flor”, un poema referido a la explotación de los campesinos, publicado en 1941 y otra vez en 1976, en versión revisada. En la Guerra Civil Española fue solidario con los republicanos. Su primera publicación de poesía data de 1933, con “Luna silvestre”. En 1989 se publicó “El fuego de cada día”, una selección hecha por él mismo de su poesía escrita a partir de 1969. Los premios que recibió son innumerables. Se pueden mencionar el Xavier Villaurrutia, en 1957; el Cervantes, en 1981; el Nobel de Literatura, en 1990; y el Nacional de Periodismo de su país, que le fue otorgado en 1988 como reconocimiento a su trayectoria).

 

 

   Salvatore Quasimodo

 

   Compañero

 

No sé qué luz me despiertas:

nupcial elipse de blanco y de celeste

cae y en mí se derrumba. Tú eres,

tocándome, beato nacimiento

y en los silencios aúnas figuras de la infancia:

dulcísimos ojos de oveja traspasada,

un perro que me mataron,

y fue un compañero feo y áspero

con escápulas secas.

 

Y yo amaba a aquel niño

más que a nadie; diestro

jugando a la rayuela y a la billarda

y tácito siempre y sin sonrisa.

 

Crecíamos a la vista de altos cielos

corriendo tierras y vapores de planetas:

misteriosos viajes a la luz de una lámpara,

y el tardo sueño me encerraba absorto

 

 

   Caballos de luna y de volcanes

               

                                          A mi hija

 

Islas en que viví,

verdes sobre mares inmóviles.

 

De algas abrasadas, de fósiles marinos,

las playas donde corren en amor

caballos de luna y de volcanes.

 

En el tiempo de los desmoronamientos,

las hojas, las grullas asaltan el aire:

con luz de aluvión resplandecen

cielos densos abiertos a las estrellas;

las palomas vuelan

de los hombros desnudos de los niños.

 

Aquí termina la tierra:

con fatiga y con sangre

me hago una prisión.

 

Por ti tendré que arrojarme

a los pies de los poderosos,

suavizar mi corazón de bandolero.

 

(De “Todos los poemas”, con versión y notas de Leopoldo Di Leo, Ediciones Librerías Fausto, Buenos Aires, 1976. Salvatore Quasimodo nació en Sicilia en 1901. Murió en Amalfi, en 1968. Su primera publicación de poesía data de 1930, con “Aguas y tierras”. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1959. Fue también periodista).

 

 

   Gonzalo Rojas

 

   Oráculo

 

-Pero el hijo es el padre, dice el Coro Moral: ahí la rueda

de la germinación.

                              En el peligro

te hiciste hombre, Rodrigo Tomás. Dámela fuerte,

compañero, tu mano.

 

-“Las cinco y veinticinco, y es un varón”. Naciste

varón, y vas entero, el espinazo duro

del valiente. Subiste tan libre por el aire,

oh aprendiz de las cosas visibles y temibles.

 

Hueso lo que fue llama. El paraíso

y al fondo el moridero. O aguantamos

o caemos. Lloramos, todavía lloramos,

por la abeja sagrada que perdimos.

 

Nadie puede el océano. ¿Qué saben los terrestres

sino hacer desnudos?

                                   Pasa el tiempo.

Pasa el tiempo, y no pasa, con sus tijeras sordas,

cortando en la raíz de la hermosura.

 

(De “Contra la muerte”, con prólogo, notas y cronología de Jaime Quezada, Editorial Sudamericana, Santiago de Chile, 2002. Gonzalo Rojas nació el 20 de diciembre de 1917 en Lebu, y murió el 25 de abril de 2011 en Santiago. Ganó el Premio Cervantes en 2003, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1992, y el Nacional de Literatura de Chile, ese mismo año. Fue representante diplomático del gobierno de Salvador Allende. La dictadura de Augusto Pinochet lo exoneró de los cargos docentes universitarios que le habían sido asignados. Padeció el exilio en República Democrática Alemana y Venezuela, y regresó a su país en 1994, cuando se radicó en Chillán).

 

   Tennessee Williams

 

   I

 

En el hielo,

     hacia el norte del tiempo,

     trazaban sus cabriolas

los niños maravillosos.

     Inquietos, expertos patinadores,

     Nunca repetían el mismo dibujo.

 

     Pero cada dibujo, una vez terminado

debía separarse de los otros y ser alzado pulcramente

sobre verdes, aéreas grúas,

     esquemáticas como golondrinas.

 

     Ninguno escribió a su casa,

no llegaron boletines acerca de aquel viaje

     que el demonio

pensó que podía detener

con barricadas doradas y púrpuras de papel de estaño,

llevando como rótulos el miedo y otros títulos augustos.

A grandes trancos ellos los sortearon

     ágilmente,

volviendo la cabeza y lanzando gritos de alegría

cuyos ecos resonaron mucho después

que ellos hubieron desaparecido.

 

 

   II

 

Mucha agua verde, rumorosa, indefinida,

hablaba de su ausencia, suscitaba

conjeturas en sus casas,

arrastraba hacia las costas recuerdos fantasmales;

     pana y césped,

     canciones inconclusas,

     no resueltos problemas de aritmética,

huellas de los pulgares en las páginas dobladas de los libros.

     El dolor de las madres

     debe estar traspasado

por un suave lenguaje de pájaros, que antes del amanecer

     la nieve deja en la casa, puertas adentro,

a cambio de la ropa blanca en los armarios de la abuela;

     bullicio, gritos en todas direcciones

que atravesaban las ventanas, huertos festoneados

por algo más silvestre que los capullos florecidos.

 

     Oh, dolor de las madres

cruelmente alimentado por recuerdos de juegos infantiles

     y el refrescante sabor de las manzanas,

por tormentas sorpresivas, por apremiantes llamados

     que llegaban hasta el fondo de la huerta:

     ¡Vuelve! ¡Vuelve!

antes que se ponga demasiado oscuro y lluevan piedras

casi tan grandes como huevos de oca.

     Quietud. Distancia…

     Remolino de polvo,

           una diminuta figura erguida

que se inclina y hace reverencias, que baila una pavana

solemne y alegre y caprichosa sobre la vajilla de familia

     y la hace añicos.

Ahora ha empezado

     a zumbar, a susurrar

los nombres de los perdidos jugadores de beisbol…

Las primeras monedas oscuras de humedad caen sobre

           el diamante…

     Oh, Madre de los chicos de la Montaña Azul,

acércate a la verja y llama: ¡Vuelve! ¡Vuelve!

Los blancos camiones de la leche se apresuran

por las calles sombrías, mojadas de rocío.

     No queda mucho tiempo.

 

(De “En el invierno de las ciudades”, versión castellana de Juan José Hernández y Eduardo Paz Leston, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1968. Tennessee Williams nació en Columbus, Mississippi, en marzo de 1911, y murió en Nueva York, en febrero de 1983. Fue conocido mundialmente como dramaturgo, género en el que recibió premios y reconocimientos, y porque varias de sus obras fueron llevadas al cine, para películas que alcanzaron trascendencia y éxito de público internacionales. En particular, su obra teatral "Un tranvía llamado deseo" obtuvo el premio Pulitzer en 1948).

 

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