• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
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    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
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  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
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    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Uno es algo que vive

 

   Jaime Sabines

 

 

Uno es el hombre.

Uno no sabe nada de esas cosas

que los poetas, los ciegos, las rameras,

llaman “misterio”, temen y lamentan.

Uno nació desnudo, sucio,

en la humedad directa,

y no bebió metáforas de leche,

y no vivió sino en la tierra.

(La tierra que es la tierra y es el cielo

como la rosa rosa pero piedra.)

 

Uno apenas es una cosa cierta

que se deja vivir, morir apenas,

y olvida cada instante, de tal modo

que cada instante, nuevo, lo sorprenda.

 

Uno es algo que vive,

algo que busca pero encuentra,

algo como hombre o como Dios o yerba

que en el duro saber lo de este mundo

halla el milagro en actitud primera.

 

Fácil el tiempo ya, fácil la muerte,

fácil y rigurosa y verdadera

toda intención de amor que nos habita

y toda soledad que nos perpetra.

Aquí está todo, aquí. Y el corazón aprende

-alegría y dolor- toda presencia;

el corazón constante, equilibrado y bueno,

se vacía y se llena.

 

Uno es el hombre que anda por la tierra

y descubre la luz y dice: es buena,

la realiza en los ojos y la entrega

a la rama del árbol, al río, a la ciudad,

al sueño, a la esperanza y a la espera.

 

Uno es ese destino que penetra

la piel de Dios a veces,

y se confunde en todo y se dispersa.

 

Uno es el agua de la sed que tiene,

el silencio que calla nuestra lengua,

el pan, la sal, y la amorosa urgencia

de aire movido en cada célula.

 

Uno es el hombre –lo han llamado hombre-

que lo ve todo abierto, y calla, y entra.

 

 

   Del corazón del hombre

 

He mirado a estas horas muchas cosas sobre la tierra

y sólo me ha dolido el corazón del hombre.

Sueña y no descansa.

No tiene casa sobre el mundo.

Es solo.

Se apoya en Dios o cae sobre la muerte

pero no descansa.

 

El corazón del hombre sueña

y anda solo en la tierra

a lo largo de los días, perpetuamente.

 

Es una mala jugada.

 

 

--

 

Si sobrevives, si persistes, canta,

sueña, emborráchate.

Es el tiempo del frío: ama,

apresúrate. El viento de las horas

barre las calles, los caminos.

Los árboles esperan: tú no esperes,

éste es el tiempo de vivir, el único.

 

(De “Antología poética”, Fondo de Cultura Económica, Colección Conmemorativa 70 Aniversario, México, 2005. Sabines nació en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, en 1926, y murió en Ciudad de México, en 1999. Estudió filosofía y letras. Fue Premio Nacional de Ciencias y Artes. Recibió muchos otros reconocimientos. Algunas de sus obras: "Heral" -la primera, publicada a la edad de 23 años-; "La señal", "Adán y Eva", "Tarumba", "Poemas sueltos", "Yuria", "Tlatelolco", "Maltiempo", "Algo sobre la muerte del mayor Sabines", "Otros poemas sueltos", "Los amorosos: cartas a Chepita").

 

   Olga Orozco

 

   La realidad y el deseo

                                         a Luis Cernuda

 

La realidad, sí, la realidad,

ese relámpago de lo invisible

que revela en nosotros la soledad de Dios.

 

 

Es ese cielo que huye.

Es este territorio engalanado por las burbujas de la muerte.

Es esta larga mesa a la deriva

donde los comensales persisten ataviados por el prestigio de no estar.

 

A cada cual su copa

para medir el vino que se acaba donde empieza la sed.

A cada cual su plato

para encerrar el hambre que se extingue sin saciarse jamás.

Y cada dos la división del pan:

el milagro al revés, la comunión tan sólo en lo imposible.

Y en medio del amor,

entre uno y otro cuerpo la caída,

algo que se asemeja al latido sombrío de unas alas que vuelven

   desde la eternidad,

al pulso del adiós debajo de la tierra.

 

La realidad, sí, la realidad:

un sello de clausura sobre todas las puertas del deseo.

 

 

   Un relámpago, apenas

 

Frente al espejo, yo, la inevitable:

nada que agradecer en los últimos años,

nada, ni siquiera la paz con las señales de los renunciamientos,

con su color inmóvil.

Esta piel no registra tampoco el esplendor del paso de los ángeles,

sino sólo aridez, o apenas la escritura desolada del tiempo.

Esta boca no canta.

Ancha boca sellada por el último beso, por el último adiós,

es una larga estría en un mármol de invierno.

Pero ninguna marca delata los abismos

-ah intolerables vértigos, pesadillas como un túnel sin fin-

bajo el sedoso engaño de la frente que apenas si dibuja unas alas

    en vuelo.

¿Y qué pretenden ver estos ojos que indagan la distancia

hasta donde comienza la región de las brumas,

ciudades congeladas, catedrales de sal y el oro viejo del

   sol decapitado?

Estos ojos que vienen de muy lejos saben ver más allá,

hasta donde se quiebran las últimas astillas del reflejo.

Entonces apareces, envuelto por el vaho de la más lejanísima

   frontera,

y te buscas en mí que casi ya no estoy, o apenas si soy yo,

entera todavía,

y los dos resurgimos como desde un Jordán guardado en la memoria.

Los mismos otra vez, otra vez en cualquier lugar del mundo,

a pesar de la noche acumulada en todos los rincones, los sollozos

   y el viento.

Pero no; ya no estamos. Fue un temblor, un relámpago, un suspiro,

el tiempo del milagro y la caída.

Se destempló el azogue, se agitaron las aguas y te arrastró el oleaje

más allá de la última frontera, hasta detrás del vidrio.

Imposible pasar.

Aquí, frente al espejo, yo, la inevitable:

una imagen en sombras y toda la soledad multiplicada

 

(De “Poesía completa”, con edición y cronología de Ana Becciú, prólogo de Tamara Kamenszain, colección La Lengua / Poesía, Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2012. Olga Orozco nació en 1920 en Toay, provincia de La Pampa, Argentina. Murió en 1999 en Buenos Aires. Entre los galardones que recibió figuran el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes -1980-, el Primer Premio Nacional de Poesía -1988- y el Premio Gabriela Mistral otorgado por la Organización de Estados Americanos, OEA -1998-).

 

 

   Roque Dalton

 

   Yo quería

 

Yo quería hablar de la vida de todos sus rincones

melodiosos yo quería juntar un río de palabras

los sueños y los nombres de lo que no se dice

en los periódicos los dolores del solitario

sorprendido en los recovecos de la lluvia

rescatar las parábolas deshojadas de los

    amantes y dároslas

al pie de los juegos de un niño

elaborando su dulce destrucción cotidiana

yo quería pronunciar las sílabas del pueblo

los sonidos de su congoja

señalaros por dónde le cojea el corazón

dar a entender al que sólo merece un tiro

por la espalda contaros de mis propios países

imponeros de los éxodos de las grandes

emigraciones que abrieron todos los caminos

    del mundo

del amor aún del arrastrado por ahí

por las acequias

hablaros de los trenes

de mi amigo que se mató con un puñal ajeno

de la historia de todos los hombres desgarrada

por la ceguera por los arrecifes del mito

del siglo que acabarán mis tres hijos varones

de la lengua del pájaro y la espuma furiosa

en la estampida del gran cuadrúpedo

y quería hablaros de la Revolución

y de Cuba y de la Unión Soviética

y de la muchacha a quien amo por sus ojos

de mínima tormenta

y de vuestras vidas llenas de amaneceres

y de personas que preguntan quién lo vio

   quién dijo eso

cómo podría hacerse yo llegué

antes que tú

y de todas las cosas de la naturaleza

y del corazón y sus testimonios

de la última huella digital antes del

   aniquilamiento

de los animalitos y la ternura

quería si deciros todo eso y cantaros

muchas historias que sé y que a mi vez me contaron

o que aprendí viviendo en la gran habitación del dolor

y cosas que dijeron otros poetas antes que yo

y que era bueno que supierais

 

Y no he podido daros más –puerta cerrada de la poesía-

que mi propio cadáver decapitado en la arena.

 

(De “Con manos de fantasma, antología”, con prólogo de Vicente Muleiro, Colección Nuevo El Salvador, Editorial Nueva América, Buenos Aires, 1987. Roque Dalton nació en San Salvador el 14 de mayo de 1935. Fue asesinado el 10 de mayo de 1975 en su país. Siendo muy joven se integró a la corriente poética comprometida con la realidad política y social que se expandía por toda la región, en los años 50. Publicó “La ventana en el rosto”, en 1961; “El mar”, en 1962; “El turno del ofendido”, en 1963; “Los testimonios”, en 1964; “Taberna y otros lugares”, en 1969, obra con la que obtuvo el premio Casa de las Américas, y “Pequeños infiernos”, en 1970. Posteriormente se publicaron “Doradas cenizas del Fénix”, “El amor me cae más mal que la primavera”, “Un libro levemente odioso” y “Poemas clandestinos”).

 

 

   Juan Calzadilla

 

 

   ¿Por qué tengo yo que ir más aprisa?

 

A través de la ventanilla del automóvil

observo los muros, las casas, las calles,

los árboles, los pastos, los cultivos, los baldíos,

que ante mí también pasan raudos

a la misma velocidad que yo paso

pero en dirección contraria,

como si entre la naturaleza y yo se estableciera

una pugna para decidir

quién se despide y quién se queda.

¡Oh, de ningún modo pretendo ni quiero

permanecer fijo!

Mi movilidad es lo que hace que viva.

Es, así pues, mi carta de triunfo.

Pero ¿por qué tengo yo que ir más aprisa

y dar cuenta de los frutos de mi rápida incursión

en esta vida, de las ganancias y pérdidas

que en el trayecto hice?

En realidad yo a donde quiero ir

es hasta donde mi viaje termine

No hasta donde ustedes quieren

que yo rápidamente vaya

haciéndome creer que con esto me ahorran

más dolores y penas

y que la partida y el final son igualmente fatales.

En realidad, como les digo, yo lo que quiero

es que me dejen llegar a donde mi meta se acabe,

tranquilo, sin que sienta pena por no haberme ocupado

de hacer el balance de ganancias y pérdidas,

subido a mí mismo, sí,

y apenas tan rápido

como me lo permiten mis cuatro extremidades.

 

 

   Identidad del tiempo

 

Siempre este empeño bien arraigado en la carne

de hacernos creer que el tiempo es una forma prostituida

del acontecer y que, por tanto, puede hacerse

el uso que nos venga en gana de él.

Siempre la jodida noción de que el tiempo gira gris

en una órbita ociosa

y de que el presentimiento de su pérdida es lo que se estira

y encoge en uno con el peso de un remordimiento

que nunca terminamos de superar.

Cuando en verdad de lo que se trata

es de comprobar que uno es al tiempo

lo que el tiempo a uno

   en razón de que somos la misma

cosa que él.

 

 

   Estrategias

 

Al fin y al cabo

todo plan que en vida uno se trace

se reduce a una estrategia para sobrevivir.

En cuyo caso la estrategia montada tiene

como fin ponerse en buenos términos

con un deseable

y seguramente efímero porvenir.

 

Hay también los que trazan

estrategias con su pasado

dando como un hecho que éste

no volverá a ocurrir y que no

se está dispuesto a pactar

con la muerte a menos que sea

por una causa ejemplar

o por un accidente que no entraba

en los cálculos.

 

Aparte de que en todos los casos citados,

se comience o no a partir de cero,

lo difícil es que se cumpla el plan.

 

(De “Ecólogo del día feriado, antología personal”, con prólogo de Miguel Márquez, Biblioteca Básica de Autores Venezolanos, Monte Ávila Editores Latinoamericanos, Caracas, 2005. Juan Calzadilla nació en Altagracia de Orituco, en 1931. Sus publicaciones de poesía comenzaron en 1954, con “Primeros poemas”. En el grupo “El techo de la ballena”, que fundó en 1961, coincidió con otros creadores adheridos a corrientes vanguardistas, combinadas con intervención en la realidad y activismo político. Pintor y crítico, Calzadilla obtuvo en 1996 el Premio Nacional de Cultura de Venezuela, mención Artes Plásticas).

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