• @Primvers
    A veces yo también les llevo flores a mis cicatrices
  • @carolineberl
    Lo que me gusta del tiempo es que todo lo cura con personas
  • @UlisesKaufman
    Cuando seamos invisibles, recordaremos la belleza del gris
  • @canocs19
    Canta la tristeza/ sus secretas sílabas/ en la música azul/ de la tarde quieta
  • @vidoq66
    Soy un fantasma triste en el cementerio de almas que es la ciudad
  • @marga_canseco_r
    Vendemos al mundo para comprar fuego, nuestro camino iluminado por hombres en llamas
  • @Tu_Infortunio
    Te espero después de la última vez
  • @esthercbrls
    Me asusta la mujer que me contempla desde el espejo
  • @osorio_jl
    La piel es la superficie del mar que te asola
  • @Desbalagada
    Qué puedo decir que no hayas leído
  • @Tayler_burdel
    Toda locura merece un gran amor
  • @nuberrante
    Escribir es soñar con precisión

Sofía Castañón

 

   Nació en Gijón, en 1983. Filóloga, realizadora audiovisual y legisladora de Podemos, obtuvo en 2006 un premio para poetas jóvenes en Asturias con “Animales interiores”, obra publicada en 2007. Solo un año después le fue adjudicado el premio Pablo García Baena, por “Últimas cartas a Kansas”. En cuanto a su actividad como diputada, declaró en febrero de 2017 que tiene por hábito enviar poemas a sus compañeros de bloque, una vez por semana, convencida del “poder transformador” de la poesía.

   

 

   Poética

 

Hay una máquina de CocaCola

en la antesala de la mina.

Mina

no es una metáfora.

Mina

es el carbón en la frente

y el sudor en las manos.

La mina de mi abuelo. Puede

que también de tu abuelo.

Mina negra. Mina grisú.

CocaCola

es lo que aparece en la caja

de luz donde los hombres se cambian

y cambian palabras -`porque

así no piensan- y esperan

sin céntimos

para la máquina.

En la antesala de la mina

no hay ninguna metáfora.

Hay una máquina de CocaCola

muy luminosa y muy blanca.

Y nadie la toca.

 

 

   La habitación de la que no se habla

 

El hombre sin número y sin taza

no se quedará al desayuno.

El hombre quisiera ser niño y llegar

de la mano de la niña como se llega

invitado a una casa para un juego.

 

Pasar la noche entre pinturas de manos,

manchar la madera de ahí, y manchar

la chaqueta negra y manchar el cuerpo

de todo aquello que aún respira.

 

El hombre sin número es un niño.

Cuero, ideas, arrugas.

 

La niña es trampa.

En la cadera le pinta

una filacteria de prosa.

 

De lejos, sólo dos niños

dejando que todo suceda.

Como ríen nadie ve

la grieta que al fondo

se expande.

 

 

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