• @xaviermaples
    crepúsculo: el grito del viento se dobla penetrado ya por el silencio
  • @martamj32
    Para penitencia, no cometer el pecado
  • @La__Ella
    Dejaría todo cuanto he perdido por alcanzar lo que me falta por perder
  • @ellemiroir
    Más que saber dónde brotar, saber cómo enraizarse
  • @PinaDuncan
    Todo riesgo esconde, al menos, un aprendizaje y una belleza
  • @soniamude
    Se hizo piel de mis desnudos
  • @LunaPara2
    Hay lugares de donde salgo vestida de nostalgia y con la brújula rota
  • @_vaniailed7
    Es época de repartirnos el frío entre las miradas
  • @ireneparrita
    Leer con los dedos tu piel encendida hasta quemarme
  • @VersoFinito
    Te quiero/ desnuda de palabras/ vestida de silencio/ en la alta pena de mi aliento
  • @danielatome
    Bajar las luces, soplar la música y desvanecerme, suave, como las horas
  • @stainfed
    A pleno sol recorrer los pasos del tiempo

Santiago Sylvester

   Nació en Salta, norte de Argentina, en 1942. Obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Jaime Gil de Biedma, en 1993. En abril de 2014 fue uno de los diez poetas argentinos convocados al Festival Internacional de Buenos Aires, realizado en el marco de la Feria del Libro.

 

EL tiempo cobra peaje a todo lo que ha nacido para durar.

Peaje a la belleza, al porvenir, al odio;

peaje a ese montón de pelo atado en la nuca de la mujer,

a la mirada del hombre,

a las palabras que se dicen, al sentido:

    peaje aún sin saberlo,

    como existen caminos aunque no vamos a ninguna

            parte.

 

 

Ellos se han sentado allí, mesa de por medio, con la

    intención de eternidad que aturde a todo lo transitorio:

    solos y a la vez acompañados,

    en estado de mudanza;

condenados a buscar cómo se sale de la contradicción.

 

El tiempo cobrando peaje es infalible;

y yo mismo, a mi pesar, sin ser el tiempo cobro peaje:

    no soy el tiempo, pero soy el que mira.

 

 

   El bar del puerto

 

Tendremos que buscar otra tabla de salvación

ahora que las razones se nos escapan de las manos

y no resuelven el porvenir.

Afuera cae una garúa interminable

y ese humo protege al que indistintamente

prefiere el bien

o el mal

o lo que debe ser;

mientras un hombre mira el mar que retumba

y que no le sirve para nada.

 

La vida sigue con sus anuncios, aquí y allá,

incluso donde se echa a perder;

y nosotros, a su imagen,

somos el comediante ruidoso, el penitente

con su gorro estrafalario,

el mensajero que desconoce la noticia que lleva.

Gente a manotazos, pero con el orgullo intacto,

con el viejo cuento del ángel caído,

que sin explicaciones llega al borde

y se detiene como puede.

La poesía alcanza para todos - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.