• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
  • @DivinaOnix
    También lo imposible puede ser amado
  • @LunaPara2
    El que se va en silencio, lo ha dicho todo
  • @Ghouls99
    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
  • @siete_verdes
    Es espesa, grumosa y fría. Llamémosla decepción
  • @JanoTwoFaces
    Dejad de ordenar caos y provocad alguno
  • @sammasathi
    Sueño, luego insisto
  • @TISHA77
    La poesía también es presagio
  • @juanita_amore
    Escribir porque el tiempo nos viene a leer
  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

Santiago Sylvester

   Nació en Salta, norte de Argentina, en 1942. Obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Jaime Gil de Biedma, en 1993. En abril de 2014 fue uno de los diez poetas argentinos convocados al Festival Internacional de Buenos Aires, realizado en el marco de la Feria del Libro.

 

EL tiempo cobra peaje a todo lo que ha nacido para durar.

Peaje a la belleza, al porvenir, al odio;

peaje a ese montón de pelo atado en la nuca de la mujer,

a la mirada del hombre,

a las palabras que se dicen, al sentido:

    peaje aún sin saberlo,

    como existen caminos aunque no vamos a ninguna

            parte.

 

 

Ellos se han sentado allí, mesa de por medio, con la

    intención de eternidad que aturde a todo lo transitorio:

    solos y a la vez acompañados,

    en estado de mudanza;

condenados a buscar cómo se sale de la contradicción.

 

El tiempo cobrando peaje es infalible;

y yo mismo, a mi pesar, sin ser el tiempo cobro peaje:

    no soy el tiempo, pero soy el que mira.

 

 

   El bar del puerto

 

Tendremos que buscar otra tabla de salvación

ahora que las razones se nos escapan de las manos

y no resuelven el porvenir.

Afuera cae una garúa interminable

y ese humo protege al que indistintamente

prefiere el bien

o el mal

o lo que debe ser;

mientras un hombre mira el mar que retumba

y que no le sirve para nada.

 

La vida sigue con sus anuncios, aquí y allá,

incluso donde se echa a perder;

y nosotros, a su imagen,

somos el comediante ruidoso, el penitente

con su gorro estrafalario,

el mensajero que desconoce la noticia que lleva.

Gente a manotazos, pero con el orgullo intacto,

con el viejo cuento del ángel caído,

que sin explicaciones llega al borde

y se detiene como puede.

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