• @cenizalunatica
    La luna borra su forma y yo sigo buscando semejanzas
  • @karlisjar
    El viento es una armónica de mil tonos
  • @Suspiro_DeLuna
    Magia es que te sostengan unos brazos que jamás te han tocado
  • @Tu_Funamiento
    Me busqué en otras personas y en todas te encontré
  • @Innestesia
    Viajo por si me encuentro
  • @fumivora
    Aparento más mariposas de las que tengo
  • @letrasdemorado
    Ya no hacen el pasado como antes
  • @itzarbepoesia
    He guardado bajo mis párpados caminos de agua por los que volver al hogar de tu recuerdo
  • @AlejandroLanus
    Juego como un niño que no sabe morir
  • @leonbenIarregui
    Cada vez más insomnes y menos soñadores
  • @vforte
    la tristeza es la rabia parada bajo la lluvia
  • @Yennifercc
    El que vive a solas con la poesía anda descalzo porque no cree en las heridas

Santiago Sylvester

   Nació en Salta, norte de Argentina, en 1942. Obtuvo gran cantidad de premios, entre ellos el Jaime Gil de Biedma, en 1993. En abril de 2014 fue uno de los diez poetas argentinos convocados al Festival Internacional de Buenos Aires, realizado en el marco de la Feria del Libro.

 

EL tiempo cobra peaje a todo lo que ha nacido para durar.

Peaje a la belleza, al porvenir, al odio;

peaje a ese montón de pelo atado en la nuca de la mujer,

a la mirada del hombre,

a las palabras que se dicen, al sentido:

    peaje aún sin saberlo,

    como existen caminos aunque no vamos a ninguna

            parte.

 

 

Ellos se han sentado allí, mesa de por medio, con la

    intención de eternidad que aturde a todo lo transitorio:

    solos y a la vez acompañados,

    en estado de mudanza;

condenados a buscar cómo se sale de la contradicción.

 

El tiempo cobrando peaje es infalible;

y yo mismo, a mi pesar, sin ser el tiempo cobro peaje:

    no soy el tiempo, pero soy el que mira.

 

 

   El bar del puerto

 

Tendremos que buscar otra tabla de salvación

ahora que las razones se nos escapan de las manos

y no resuelven el porvenir.

Afuera cae una garúa interminable

y ese humo protege al que indistintamente

prefiere el bien

o el mal

o lo que debe ser;

mientras un hombre mira el mar que retumba

y que no le sirve para nada.

 

La vida sigue con sus anuncios, aquí y allá,

incluso donde se echa a perder;

y nosotros, a su imagen,

somos el comediante ruidoso, el penitente

con su gorro estrafalario,

el mensajero que desconoce la noticia que lleva.

Gente a manotazos, pero con el orgullo intacto,

con el viejo cuento del ángel caído,

que sin explicaciones llega al borde

y se detiene como puede.

La poesía alcanza para todos - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.