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Fernando Cazón Vera

   Nació en Quito, en 1935. La edición 2016 del festival Poesía en Paralelo Cero, realizado en varios puntos de Ecuador a mediados de marzo, le rindió homenaje.

 

   Casi

 

Tú no tenías nombres

y acaso para amarte

tampoco hacían falta las palabras.

 

Tú tenías dos ojos

dos pechos

y dos manos

una mitad de tacto

y otra mitad de luna

 

Y yo te amé por esa simple

necesidad de amar todos los días.

 

Pero una vez

te fuiste con el viento

y quedó solo

                        tu mitad de luna

 

 

   Canción y mensaje de los labriegos

 

Nosotros los partidarios de la espiga,

los nietos de todo árbol, los hermanos

de la blanca dulzura de la caña.

Los que bajo las nubes esperamos

que venga Dios despedazado en gotas.

Los que oramos al agua, al sol, al viento,

con el rosario lánguido del trigo.

Los que hacemos el único poema

en los rectos renglones del arado.

 

Nosotros, ciudadanos de lo verde,

de los erectos signos vegetales

y del deshilachado sol que nos abriga

junto a las mil orillas esparcidas

de nuestra inmóvil transparencia,

nuestra lenta proclama colocamos

en los primeros surcos de la tierra.

 

Nuestra proclama es vertical y asciende

Es la génesis blanca elaborando

el primitivo pan, el generoso

amor que llega con el alfabeto

intacto de la siembra.

Es el sexual sonido de los vientos

Transportando el deseo de la planta.

Es la noche minúscula del árbol,

es el tubérculo y su cadáver íntimo,

es la verdura y su caída fresca,

es la tierra, es la madre poderosa

con su profundo amor de sombra y aire.

 

Y la proclama sabe a eterno canto

porque somos los hijos del sonido

de la semilla v su ascensión oculta,

porque somos paternos en la hierba

v le damos la mano a cada rama,

porque somos soldados de la diaria

faena elemental que salva al hombre.

Nosotros los partidarios de la espiga,

los defensores de la flor sedienta,

los esclavos del sol, los de la noche

con una hoz que ríe mansamente,

delante de la tierra proclamamos

nuestro firme derecho de ser libres

como el liviano paso de la hoja,

nuestro derecho de regar el llanto

sobre las sepulturas vegetales

y nuestra edad de cultivo y crecimiento

para llenar la soledad del mundo.

 

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