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    Cada quien/ le escribe/ a la sed/ que le sostiene
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    Precipitado/ los lugares expandes/ beso callado./ Todo el cielo nos llama/ con su alma de montaña.
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    La vida y sus dientes de sable y mis ojos, que no terminan de resignarse

Juan Gelman (II)

 

   Nació en Buenos Aires, en 1930, y murió en Ciudad de México, en 2014. El poema que sigue fue leído el sábado 13 de febrero en un parque público de Buenos Aires, por músicos, actores y otros artistas que convocaron a un festival para expresar su rechazo a las políticas del nuevo gobierno argentino, asumido en diciembre de 2015. Entre esas medidas figuran despidos de trabajadores, persecución a periodistas y actos represivos que incluyeron ataques con proyectiles de goma a niños, adolescentes y jóvenes de una murga o comparsa que se preparaba para los carnavales. Al final del festival gratuito la murga agredida, “Los Auténticos Reyes del Ritmo”, fue invitada al escenario para cantar junto con el músico Fito Páez.

 

   Viendo a la gente andar

 

 

 

Viendo a la gente andar, ponerse el traje,

 

el sombrero, la piel y la sonrisa,

 

comer sobre los platos dulcemente,

 

afanarse, correr, sufrir, dolerse,

 

todo por un poquito de paz y de alegría,

 

viendo a la gente, digo, no hay derecho

 

a castigarle el hueso y la esperanza,

 

a ensuciarle los cantos, a oscurecerle el día,

 

            viendo, sí,

 

cómo la gente llora en los rincones

 

más oscuros del alma y sin embargo

 

sabe reír y sabe andar derecho,

 

viendo a la gente, bueno, viéndola

 

tener hijos y esperar y siempre

 

creer que van a mejorar las cosas

 

y viéndola pelear por sus ríñones,

 

            digo gente,

 

qué hermoso andar contigo

 

a descubrir la fuente de lo nuevo,

 

a arrancar la felicidad,

 

a traer el futuro sobre el lomo, hablar

 

familiarmente con el tiempo y saber

 

que acabaremos y de una buena vez por ser dichosos,

 

qué hermoso, digo, gente, qué misterio

 

vivir tan castigado

 

      y cantar y reír,

 

            ¡qué asunto raro!

 

 

 

Porque existen las plazas. Y los pájaros.

 

Y las muchachas y los perros y

 

los árboles, la gente, los zaguanes.

 

 

 

Porque existen los Juanes, preocupados

 

porque la nena tiene fiebre o

 

le salen los dientitos. La mujer

 

suele decir: “Cuando te aumenten

 

el sueldo…” y suele estar en el mercado

 

contando las monedas y contándose

 

la vida a tropezones.

 

            ¡Qué cuestión!

 

 

 

Si estas cosas existen, si es que están

 

golpeándote y pegando a tu sordera,

 

quizás te calles o te vayas o

 

te dediques al sueño, a la morfina,

 

quizás te vayas, sí, o tomes vino

 

sobre el estaño, cálido de codos,

 

posiblemente existas de ese modo,

 

pálido, flaco, tropezándote

 

a cada rato con tu pantalón

 

y tu camisa, rota de ilusiones,

 

y tu ilusión, tan rota de camisas.

 

 

 

Quizás te escapes con la madrugada

 

tibia aún en tus ojos, para ir

 

a la muerte, a la muerte y a la muerte

 

bajo otros cielos, sobre ajenos patios,

 

entre otras voces, caras, infelices,

 

para que digan se murió, eso es todo,

 

siempre eso es todo, se murió, que encuentren

 

un peine roto en tu bolsillo, cartas,

 

y eso es todo, ¿eso es todo?

 

 

 

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