• @nimarlu
    De tristezas que no dejan costura por reventar y de otros amores impensables
  • @L0laM0ra
    Suelen anidar las ilusiones en la tímida noche buscando la última estrella
  • @monarcamanni
    Lo que nos rompa primero: el olvido o una canción
  • @Anadimeana
    Algunos inundan puentes y ventanas, otros llueven estrellas: cada palabra con su mano vuela
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    El día que te conozcas, vas a enamorarte de mi
  • @RecMaria
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  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño

Armero, según Albeiro Montoya Guiral

   El diario colombiano El Espectador publicó que hay pocas huellas en la poesía de ese país sobre la tragedia del 13 de noviembre de 1985, cuando el Volcán Nevado del Ruiz entró en erupción y causó la muerte de unas 23 mil personas, de ellas 20 mil en Armero. El poeta Albeiro Montoya Guiral coincidió con la afirmación, pero envió poemas propios que en el recuento del diario no figuraban. Albeiro Montoya Guiral nació en Santa Rosa de Cabal, en 1986. Además de poeta es director de la revista virtual www.literariedad.co Los poemas que siguen fueron publicados en http://www.otroparamo.com/noviembre-13-de-1985/

 

    I

 

Una silenciosa peregrinación

evadió el saludo de la avalancha.

Niños con antorchas

y cruces como sonámbulos

que buscaran su madre más allá de la sombra.

Mujeres que a la vez buscaran a sus hijos

dispersos en el río

como fragmentos de una carta de la desesperanza.

Quienes iban a morir la vieron pasar

sin mirarlos.

El abuelo desenfundó la guitarra

y le cantó una canción que hablaba

de amores perdidos.

Se despidió con la mano y tarareó

estas palabras que escribo

hasta hundirse en el horizonte.

 

    II

 

Desde el fondo de un agua de pies y apretadas bocas humanas,

los perros alcanzan a olernos y se retuercen

como peces olvidados.

Si sobrevivieran,

habría que juntar candela con los huesos de los muertos para calentarlos.

 

   III

                                          “De lo alto me llaman. Es mi madre, siempre su voz de luz…”

                                                         Tomás de Grandmontaigne

 

 

Ante el ojo de luz del tren

una mujer sintió en su vientre

cómo el miedo se llevaba las manos al rostro.

Su pequeña lámpara

desapareció en la mirada imponente del gigante

que se detuvo a tiempo

pero, al parpadear, fue empujada

hacia la noche por un relámpago de lava.

 

 

   IV

 

El tiempo, como ceniza de un volcán inoportuno,

apagó las velas.

Las hojas del cafetal murieron con su rastro.

El jeep de la niñez va siendo empujado al fondo del abismo.

Se oye chirriar su moho descendiendo y explotar

como un grito viejo.

Al camposanto donde ayer estaba el pueblo

llegué tarde y sin memoria

caminando sobre el lodo que no fue mío, nunca.

 

    V

 

 

La muchacha entregó su primera luna al viejo desconocido

porque sabía que iba a ser la última.

Antes de desnudarse toda sintió el temblor

que le abría camino entre las piernas

y su gemido se confundió con el crujir de la casa agonizante.

La muerte bajó de la montaña,

salió del río,

anduvo por el pueblo midiendo sus pasos

y cuando sorprendió desde la puerta a los amantes,

salió al corredor a fumarse un cigarrillo.

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