• @jex_javier
    El eclipse del lector es su imaginación
  • @isona_clarck
    Me gustan los lugares deshabitados por promesas sin salida
  • @EvaLopez_M
    La de cosas que pasan sin que ocurran
  • @hipst_eria
    No es lo que escribes, es lo que borras
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    El horror salivea en nuestra nuca
  • @Sofia_Insomnia
    Los herejes tenemos que organizarnos
  • @Sinsintidez
    A los tristes los delata la música
  • @yonosoycarmen
    Irse por fuera, quedarse por dentro, esa complicación
  • @NaEnEspiral
    Aquí, donde venimos a disfrazar epitafios con el traje de postal
  • @_soloB
    Yo he dormido lo insuficiente como para no tener pesadillas despierta
  • @tearsinrain_
    No te asustes, solo es otro futuro mas
  • @arbolador
    Algún día se perdonarán haberse conocido

Olga Orozco (II)

 

   Nació en Toay, La Pampa, Argentina, el 17 de marzo de 1920, y murió en Buenos Aires, el 15 de agosto de 1999.

 

 

   No han cambiado y son otros

               (fragmento)

 

Mi abuela fue una hechicera blanca que heredó en cada piedra

     un altar de los druidas

donde oficiaba a medias con la luna sus ceremonias blancas.

Encendía las lámparas de un soplo,

bordaba las historias más hermosas con las hebras más largas

     del invierno

y evaporaba brujas tan sólo con mondar sin miedo una naranja.

Su mundo era un fanal iluminado por rayos y centellas

que guardaban distancia frente al ojo temible del alcanfor y de la

     naftalina.

Devanó las madejas de los encantamientos en las torres de

     sombríos castillos

y las puso en su arcón, bajo la forma de unas trenzas doradas,

junto con los retratos de los invisibles

y los lentos, fervorosos plumajes de la leyenda y la paciencia.

Con su mirada de agua que se va disolvió enfermedades como

     flores de fuego,

como encajes de nieve,

y salvó del infierno muchas almas de vivos y de muertos

regateando en voz baja con los santos hasta el amanecer.

Se fue por un jardín con su dócil cortejo de pájaros, de locos y

     de duendes.

Lo anunciaron los perros.

Cuando llueve me deja una tisana hirviente y un ramito de espliego.

 

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