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Olga Orozco

   Nació en Toay, La Pampa, Argentina, el 17 de marzo de 1920, y murió en Buenos Aires, el 15 de agosto de 1999.

 

   Entonces, cuando el amor

 

Yo te recuerdo en mí, guardado amor, desde hace mucho tiempo:

era joven aún tu antigua melodía

y recorrías solo esos abandonados dominios del silencio

preferidos contigo por las hierbas y las tapias ruinosas.

Tú buscabas allí, desorientado, un pecho transparente

donde la soledad y el desamparo contemplaran su imagen

   lo mismo que en un río.

 

La juventud velaba distraída,

prisionera de ti como una tierra donde tan sólo habita

   algún dios inmortal,

encerrando sus días en suspiradas flores que guardabas, amor,

   marchitas en tus manos,

como si fuera dada a tu deseo la terrible belleza de contarnos

   un día,

lejana tu mirada a nuestros ojos,

esa vieja leyenda en la que somos, unidos todavía,

ese largo reflejo del agua entre las hojas.

 

Entonces,

cuando el terror llamaba verdadero en el interminable corredor

   de un sueño

y desde lo ignorado de nosotros respondían la crueldad, la piedad

   y el abandono,

tú cantabas de pie, invencible y altivo sobre los delirantes

   despertares;

y cuando la tiniebla simulaba, bajo el cansado y débil resplandor

   de las lámparas,

imágenes temibles, engañosas al corazón confiado,

era un mismo semblante quien se alzaba más alto que las altas

   soledades.

 

¡Oh, amor! Toda la fuerza oscura de la tierra está en ti

y basta siempre un nombre, una palabra apenas desprendida del

   mundo,

para entreabrir un cielo semejante,

un país escondido donde sobrevivimos a la incesante y muda

   confusión de los días.

 

Allí el tiempo prolonga nuestro tiempo junto a los mismos dones,

mecido lentamente por esos largos ecos del follaje

en que reconocemos nuestras voces mucho después de entonces,

cuando fueron,

demoradas aún por todo lo imposible.

Allí el viento conoce desde antes que nosotros

ese fulgor dichoso que nos cubre la piel,

ese dulce y velado porvenir tan antiguo como el primer recuerdo

que reposa encendido bajo la gran ceniza de la tierra natal.

 

Éste es tu reino, amor

esta profunda sombra memorable en la que penetramos justamente.

 

Así se va el encuentro de algún gesto,

de aquel en que el destino se consume de pronto, intacto y

   duradero.

 

Sin embargo a lo lejos, tú lo sabes,

donde la vida sigue todavía una inmensa tristeza,

se entreabren ciertas puertas que no conducen nunca a sitio alguno,

ajenos a nosotros descendemos callados ciertas interminables

   escaleras

donde los pasos suenan adentro de otros pasos.

 

Acaso nos aguarde, en medio de la noche pavorosa,

la enemiga de todos tus amparos.

Ella: la lejanía.

 

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