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Pablo García Baena

 

   Nació en Córdoba, España, en 1921. Fue fundador de la revista Cántico, expresión del grupo homónimo que, tras la Guerra Civil Española, enhebró una conexión con la Generación del 27, muchos de cuyos autores debieron irse al exilio. Recibió el Premio Príncipe de Asturias, en 1984. También obtuvo el Premio Internacional Federico García Lorca. Murió en Córdoba el 14 de enero de 2018.

 

 

   Rondel para un joven violinista

 

Mi canto, para aquél que no sabe

mi nombre. Para aquél que no sabe,

mi sonrisa. Y mi amor para mí,

creciendo ante la luna, alzándose a la luna

inmóvil bajo el ropaje rígido,

bajo el plegado áureo de su luz

y la fugaz diadema de la fiebre

ardiendo con su gema misteriosa...

Para aquél que no sabe, mi canto y mi sonrisa.

Para ti, con tus labios de tierra,

que en góndola embriagada pasas

suave y silencioso

acariciando oscuros cabellos de violines,

el mar tiránico y la inhumana dádiva de la música

por quien desfalleces y para quien eres sólo

un torpe vaso donde ella vierte avara

unas gotas falaces de su vino,

mientras, alta, en la alta gradería,

ella ríe sagrada y desleal.

Tu beso vivo

para la carne de la humilde madera

que la armonía esparce sólo con ser tu espejo,

y los puros sonidos,

cuando pulsas sombrío el corazón nocturno

en las cámaras frías donde arde el tenebrario de la madrugada,

acuden a tu mano como trémulas aves

sumisas, en espera de la simiente pródiga.

Sueñas con escenarios, pesados terciopelos de telones

que un éxtasis de aplausos detuviera.

Gala de las arañas encendidas

y los hombros desnudos por los palcos;

perlas enfermas en gargantas níveas

y un zumbel de doradas abejas coronándote,

Haydn de nuevo... Y la hortensia morada

de tus párpados agrandándose lívida,

ignorando que hay un pájaro libre en tu ventana

picoteando en el cristal sonoro,

y la inicial de una muchacha escrita en la manzana que te comes,

y un canto para ti, que no sabes mi nombre,

para ti que no sabes mi sonrisa.

 

 

   Amantes

 

El que todo lo ama con las manos

despierta la caricia de las cítaras,

siente el silencio y su pesada carne

fluyendo como ungüento entre los dedos,

lame la lenta lengua de sus manos

el hueso de la tarde y sus sortijas

se enredan en el ave adormecida

del viento. Labra en mármoles de humo

el cuerpo palpitante del abrazo

extenuado cual cervato agónico,

y con el pico frío de sus uñas

monda la oliva efímera del beso.

El que se ama solo, el que se sueña

bajo el deseo blanco de las sábanas,

el que llora por sí, el que se pierde

tras espejos de lluvia y el que busca

su boca cuando bebe el don del vino,

el que sorbe en la axila de la rosa

la pereza oferente de sus hombros,

el que encuentra los muslos del aljibe

contra sus muslos, como un saurio verde

sobre el mármol desnudo e inviolado,

ese que pisa, sombra, desdeñoso

el pavimento de las madrugadas.

El que ama un instante, peregrino

voluble, de flauta hasta los labios,

de la trenza al cítiso, de los cisnes

a la garganta, de la perla al párpado,

de la cintura al ágata, del paje

a la calandria y tras él, silente

va talando el olvido de las mieses altas,

tirsos áureos de espigas, leves brotes,

todo un bosque confuso de recuerdos,

y él va cantando, ruiseñor nocturno,

capricho y galanía, bajo la luna.

Y el que besa llorando y el que sólo

sabe ofrecer y aquel que cubre el pecho,

para no amar, de oscuro arnés, sonrisa

y un gerifalte lleva silencioso

devorando su corazón de gules.

Todos, la noche maga con su rezo

los enloquece, clava en sus pupilas

el helor de su vaga nieve negra,

les da a beber rencor entre sus manos,

los hurta en el arzón de sus corceles,

los trae y los lleva como mar en cólera,

coronadas las olas de sollozos,

de cabelleras náufragas, de sangre,

y los devuelve dulces, poseídos,

hasta la playa bruna y solitaria.

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