• @karlisjar
    Los símbolos nunca callan, así nosotros nos hagamos los sordos
  • @EstebanPerezsan
    Duermes en lo que escribo/ y lees en lo que sueño
  • @marconpi66
    Del amor también se sale, muerto de latidos
  • @fumivora
    Quiero que solo me apuñales a mi
  • @Innestesia
    Besas como si hubiéramos leído los mismos libros
  • @divagandoletras
    Cerrar las ventanas con nosotros fuera. Y quedarnos en el otoño
  • @Claudia_DelSur
    La imaginación nos envuelve en abrazos reales
  • @MeMalcriaste
    También hay errores platónicos
  • @Juansistemico
    Tocará beber de su sonrisa en una foto
  • @Pluriversos
    Cabizbajo no es tan triste si viene un sueño subiendo
  • @cachililiana
    Vengo desterrada de un sueño
  • @nancyeldarjani
    La hora es un compás seguro

Ana Isabel Conejo

   Nació en Tarrasa, Barcelona, en 1970. Es también novelista y traductora. A una larga lista de reconocimientos, que incluyen el Premio Hiperión, agregó en noviembre de 2917 el Manuel Acuña, que otorga el estado mexicano de Coahuila.

 

    Alba

Saludé al día, le canté sus versos
de clavo y azafrán mezclados con harina,
escuché en los corrales la amarilla
claridad de las aves,
vi a los perros de caza rascándose las pulgas.
Saludé al día, saludé a la luz
de su silencio. Nada en la mañana
prometía sorpresas, nada en ella
requería lenguaje.
Lo durable, lo rítmico del mundo
no se dice; se vive desde dentro
con temblores de álamos, de hojas
tocadas levemente por las manos
desnudas de la brisa.
Lo profundo, lo cálido del mundo
no se piensa, se escucha
como se escucha el mar. Sólo lo extraño
precisa la palabra:
los súbditos de un reino convertidos
en piedras negras,
las islas de metal, los genios malos.

 

   Irak

 

Entre los nombres verdes y lentos de dos ríos
están ellos. Descienden
de los inventores de diluvios
y océanos de espigas,
de los que, lustro a lustro, esculpieron en los muros marinos
de la ciudad de todos los excesos
un friso innumerable de leones alados.
 
Ahora oigo llantos de manos por las noches,
sollozos de mujeres alcanzadas
por los sofisticados proyectiles de la Justicia con mayúsculas
lanzados al azar desde pulcros despachos,
 
y me pregunto si el hambre no es un arma biológica,
si son tan peligrosos los ojos indignados
de un puñado de hombres,
que haya que hacer bordados de sangre en sus camisas,
si fundar estrategias en los huesos
de los recién nacidos
no viola por azar algún artículo
de la muy respetada convención de Ginebra,
 
me pregunto qué bombas, qué misiles
nos darán la razón ante esos rostros
abrumados de males evitables,
del espanto
de no tener respuestas
que alimenten los ojos oscuros de los niños,
 
qué memoria, qué rito,
qué danza silenciosa
de guerreros antiguos
podrá justificarnos...

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