• @Primvers
    A veces yo también les llevo flores a mis cicatrices
  • @carolineberl
    Lo que me gusta del tiempo es que todo lo cura con personas
  • @UlisesKaufman
    Cuando seamos invisibles, recordaremos la belleza del gris
  • @canocs19
    Canta la tristeza/ sus secretas sílabas/ en la música azul/ de la tarde quieta
  • @vidoq66
    Soy un fantasma triste en el cementerio de almas que es la ciudad
  • @marga_canseco_r
    Vendemos al mundo para comprar fuego, nuestro camino iluminado por hombres en llamas
  • @Tu_Infortunio
    Te espero después de la última vez
  • @esthercbrls
    Me asusta la mujer que me contempla desde el espejo
  • @osorio_jl
    La piel es la superficie del mar que te asola
  • @Desbalagada
    Qué puedo decir que no hayas leído
  • @Tayler_burdel
    Toda locura merece un gran amor
  • @nuberrante
    Escribir es soñar con precisión

Yaneth Hernández, de Venezuela

   Poemas enviados por Yaneth Hernández, de Maracaibo, Venezuela. La autora publica textos en el espacio http://cavernapoetica.obolog.es. Está presente en Twitter, en la cuenta @Poetisaenvuelo.

 

   La luz del olvido

Una tarde de verso otoñal
Antonio Machado contempla
el cielo mustio de Madrid,
yerra la sonrisa con las pocas
hojas que desprenden las ramas
y la melancolía borracha y persistente
se sienta a su diestra, clava su plañir
en las solapas del alma de aquel poeta,
errabundo de la palabra.
Caminante se hace camino pregona
su pluma con el semblante añejo
y el planeta fascinado le cree,
es su cordura quien oferta
entre cambrones y la corriente del alba.
Sobre los serrijones que ciñen
el horizonte Machado se inclina
besa el céfiro y lanza una octava,
vuelve el poeta con el olifante de las estrellas
se calza de filantropías literarias
y marcha a la nubecilla que es su página
de cada noche en la penumbra de los ruiseñores.
Dormido con las cejas pobladas de luna
se funde en los secretos jacobinos del tiempo,
tiene corteza para las frases
tiene tinta para las verdades
tiene tono para la irreverencia
y cuando abre la mañana sus pestañas
otras grafías bordan su privanza.
Y la vieja angustia que es hipocondríaca,
compañera, indisoluble de sus aventuras
cuelga en floridos recuerdos
el tranvía de Madrid,
la esencia de Campoamor
la sombría soledad de Miró.
Los gorriones se acercan en una danza
de alas legendarias
está en su cumbre Machado,
y apenas lo alcanza la luz del olvido.

 

 

   El sentir huérfano de mi alma inquieta

Yo te besaré desde la bahía de Cádiz
hasta las más antiguas grutas de Almería,
seré un petirrojo surcando tus ojos flamencos
cuando la tarde suene a copla en tus cabellos.

Tomaré de la acuarela de Visconti la luminosidad
del cielo al amanecer y desandaré las calles
de Campillo del Moro para encontrarte
bajo el oro de una Andalucía radiante.

Versaré el Cantar del Cid con tu pluma épica,
semblanza de mi amor envuelto en lunas medievales
y sobre un corcel de negro azabache,
iniciaré la gesta por los dones de tu grandeza.

Imploraré tu nombre sobre el plateado sonido
de la marea, y caerán las copas de la noche,
derramando el sentir huérfano de mi alma inquieta.

 

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