• @_marazi
    Yo ya me quedé contigo cuando ni estabas
  • @ciruelle
    Amar es ser verbo en todos los tiempos
  • @SIELALSOYYO
    No hay persona más peligrosa que la que no tiene sueños por cumplir
  • @DivinaOnix
    También lo imposible puede ser amado
  • @LunaPara2
    El que se va en silencio, lo ha dicho todo
  • @Ghouls99
    A veces acumulamos, densos y potentes, para arrasar en el siguiente desborde
  • @siete_verdes
    Es espesa, grumosa y fría. Llamémosla decepción
  • @JanoTwoFaces
    Dejad de ordenar caos y provocad alguno
  • @sammasathi
    Sueño, luego insisto
  • @TISHA77
    La poesía también es presagio
  • @juanita_amore
    Escribir porque el tiempo nos viene a leer
  • @z_zyanya88
    Quieta, la noche/ versa amores calmos,/ suspira en paz

José Ignacio Lorente, de España (II)

 

Poemas enviados por José Ignacio Lorente, de Zaragoza, España, quien publica textos en http://otrasumainverosimil.blogspot.com.es/. También está presente en Twitter, en la cuenta @SumaInverosimil. El autor indica que estos versos fueron publicados por @PoetasHispanos

  

   Tras el andén escaleno

   I

De pronto,
o de repente – pantagruélica elección –
una mujer queda encinta
y súbitamente
empujadas por la marabunta del atardecer
escalan
al frente, confundidas, esa madre y su cría.


   II

¿He de alabar a dios?
¿A este dios introspectivo y deprimente?
¿A esta delgada arista, casi famélica
de sien salomónica y nariz lasciva,
incuestionable?
Loado sea el infalible vivíparo
omnisciente.
Revelación: dios y yo somos carnívoros.

   III

Bruma. Lánguida. Derritiéndose perezosa en las vetustas aristas del tiempo. Un tiempo ajado, legendario, de noches tempranas en los albores del invierno. De recuerdos telúricos. Bruma. La misma bruma lánguida en la mirada, en los derrotados ojos alzados entre la marabunta, al atardecer, recién paridos con cada guirnalda. Y dios devora su luz. Carnívoro. Porque el vientre materno decide abandonarse a la rendición. Ha erigido un templo con cimborrio de estrellas, y las estrellas oran. Oran con su brillo vidrioso, reflejo, arrancado a las cuencas inertes que miran a dios. Son lamentos azules. Grisáceos. Inmersos en un dolor austero, en un gemido sordo perdido en un laberinto de muros augures. Hallada la enfermedad es injusticia, es la impotencia de un ser divino escupida en su ara, disparada en mi sien. Muerte y bruma. La maldita bruma lánguida que se retuerce en mi garganta, y balbuceo, débil. Con aliento turbado me adivino cadáver, harapos del dios salomónico venerado en el altar de hiladas celestes. Tambaleante. Como el héroe de la leyenda de guirnaldas. Y huyo.

 

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