• @xaviermaples
    crepúsculo: el grito del viento se dobla penetrado ya por el silencio
  • @martamj32
    Para penitencia, no cometer el pecado
  • @La__Ella
    Dejaría todo cuanto he perdido por alcanzar lo que me falta por perder
  • @ellemiroir
    Más que saber dónde brotar, saber cómo enraizarse
  • @PinaDuncan
    Todo riesgo esconde, al menos, un aprendizaje y una belleza
  • @soniamude
    Se hizo piel de mis desnudos
  • @LunaPara2
    Hay lugares de donde salgo vestida de nostalgia y con la brújula rota
  • @_vaniailed7
    Es época de repartirnos el frío entre las miradas
  • @ireneparrita
    Leer con los dedos tu piel encendida hasta quemarme
  • @VersoFinito
    Te quiero/ desnuda de palabras/ vestida de silencio/ en la alta pena de mi aliento
  • @danielatome
    Bajar las luces, soplar la música y desvanecerme, suave, como las horas
  • @stainfed
    A pleno sol recorrer los pasos del tiempo

José Ignacio Lorente, de España (II)

 

Poemas enviados por José Ignacio Lorente, de Zaragoza, España, quien publica textos en http://otrasumainverosimil.blogspot.com.es/. También está presente en Twitter, en la cuenta @SumaInverosimil. El autor indica que estos versos fueron publicados por @PoetasHispanos

  

   Tras el andén escaleno

   I

De pronto,
o de repente – pantagruélica elección –
una mujer queda encinta
y súbitamente
empujadas por la marabunta del atardecer
escalan
al frente, confundidas, esa madre y su cría.


   II

¿He de alabar a dios?
¿A este dios introspectivo y deprimente?
¿A esta delgada arista, casi famélica
de sien salomónica y nariz lasciva,
incuestionable?
Loado sea el infalible vivíparo
omnisciente.
Revelación: dios y yo somos carnívoros.

   III

Bruma. Lánguida. Derritiéndose perezosa en las vetustas aristas del tiempo. Un tiempo ajado, legendario, de noches tempranas en los albores del invierno. De recuerdos telúricos. Bruma. La misma bruma lánguida en la mirada, en los derrotados ojos alzados entre la marabunta, al atardecer, recién paridos con cada guirnalda. Y dios devora su luz. Carnívoro. Porque el vientre materno decide abandonarse a la rendición. Ha erigido un templo con cimborrio de estrellas, y las estrellas oran. Oran con su brillo vidrioso, reflejo, arrancado a las cuencas inertes que miran a dios. Son lamentos azules. Grisáceos. Inmersos en un dolor austero, en un gemido sordo perdido en un laberinto de muros augures. Hallada la enfermedad es injusticia, es la impotencia de un ser divino escupida en su ara, disparada en mi sien. Muerte y bruma. La maldita bruma lánguida que se retuerce en mi garganta, y balbuceo, débil. Con aliento turbado me adivino cadáver, harapos del dios salomónico venerado en el altar de hiladas celestes. Tambaleante. Como el héroe de la leyenda de guirnaldas. Y huyo.

 

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