• @jex_javier
    El eclipse del lector es su imaginación
  • @isona_clarck
    Me gustan los lugares deshabitados por promesas sin salida
  • @EvaLopez_M
    La de cosas que pasan sin que ocurran
  • @hipst_eria
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  • @JacGoldberg
    El horror salivea en nuestra nuca
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    Los herejes tenemos que organizarnos
  • @Sinsintidez
    A los tristes los delata la música
  • @yonosoycarmen
    Irse por fuera, quedarse por dentro, esa complicación
  • @NaEnEspiral
    Aquí, donde venimos a disfrazar epitafios con el traje de postal
  • @_soloB
    Yo he dormido lo insuficiente como para no tener pesadillas despierta
  • @tearsinrain_
    No te asustes, solo es otro futuro mas
  • @arbolador
    Algún día se perdonarán haberse conocido

José Ignacio Lorente, de España (II)

 

Poemas enviados por José Ignacio Lorente, de Zaragoza, España, quien publica textos en http://otrasumainverosimil.blogspot.com.es/. También está presente en Twitter, en la cuenta @SumaInverosimil. El autor indica que estos versos fueron publicados por @PoetasHispanos

  

   Tras el andén escaleno

   I

De pronto,
o de repente – pantagruélica elección –
una mujer queda encinta
y súbitamente
empujadas por la marabunta del atardecer
escalan
al frente, confundidas, esa madre y su cría.


   II

¿He de alabar a dios?
¿A este dios introspectivo y deprimente?
¿A esta delgada arista, casi famélica
de sien salomónica y nariz lasciva,
incuestionable?
Loado sea el infalible vivíparo
omnisciente.
Revelación: dios y yo somos carnívoros.

   III

Bruma. Lánguida. Derritiéndose perezosa en las vetustas aristas del tiempo. Un tiempo ajado, legendario, de noches tempranas en los albores del invierno. De recuerdos telúricos. Bruma. La misma bruma lánguida en la mirada, en los derrotados ojos alzados entre la marabunta, al atardecer, recién paridos con cada guirnalda. Y dios devora su luz. Carnívoro. Porque el vientre materno decide abandonarse a la rendición. Ha erigido un templo con cimborrio de estrellas, y las estrellas oran. Oran con su brillo vidrioso, reflejo, arrancado a las cuencas inertes que miran a dios. Son lamentos azules. Grisáceos. Inmersos en un dolor austero, en un gemido sordo perdido en un laberinto de muros augures. Hallada la enfermedad es injusticia, es la impotencia de un ser divino escupida en su ara, disparada en mi sien. Muerte y bruma. La maldita bruma lánguida que se retuerce en mi garganta, y balbuceo, débil. Con aliento turbado me adivino cadáver, harapos del dios salomónico venerado en el altar de hiladas celestes. Tambaleante. Como el héroe de la leyenda de guirnaldas. Y huyo.

 

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