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Paulo Muñoz, de Colombia

 

   Poema enviado por Paulo Muñoz, de Pasto, Colombia, quien está presente en Twitter, en la cuenta @pauloriom

 

   Estrella matutina

 

La calle, a estas horas, es casi ilusoria,

quizás menos espantosa, más íntima,

los pocos caminantes ya no son las sombras abyectas que merodean la alta noche,

ni los frenéticos sobrevivientes que hacen crujir los huesos de la ciudad.

 

En lo alto de este cielo recién amanecido,

aún oscuro, hondo, sin nubes,

una solitaria estrella matutina llena mi pupila,

con su lozanía ofende un poco mis ojos de velorio,

malvada estrella matutina,

casi desprecia mi llanto trasnochado con su hermosura de mujer imposible.

 

Aún está en la neblina la canción lastimera de mis hermanos,

me pesan como ataúdes los ojos estragados y mis patas de perro viejo.

Pero ella, desde arriba, sigue prodigando sin tregua sus rayos como lanzas,

su altivez de malandrín de esquina,

su orgullo de niña bien portada,

su belleza insoportable de lucero inmarcesible.

 

En el cielo hay un día nuevo,

pero en la casa de mis viejos quedaba aún la noche,

noche de velorio, de flores, de abrazos desgarrados, de suspiros.

La noche cálida y amorosa, de ternuras y de infancia, se había quedado.

 

La muerte de mi vieja se tomó la calle,

está en el amanecer solemne, en el silencio que es consuelo,

en el azul oscuro que abraza la tristeza de los hombres,

en la calle dura que es una condolencia continua.

 

Sin embargo, como un insulto,

la malvada estrella matutina sonríe,

se burla de nuestro amanecer frío y luctuoso,

se deleita con mis lágrimas de niño sin madre.

Es como una campana de júbilo en medio del funeral sigiloso.

...

El cosmos son unas pocas disposiciones,

unos soles abandonados, unos planetas díscolos, unos cometas sublevados…

Materia inmortal en movimiento eterno y caótico.

Los albures de la crueldad pueden ser infinitos.

 

En este enorme cielo procaz, la malvada estrella matutina desaparecerá,

pronto el sol invicto de la mañana quedará solo en el cielo ordinario.

Y no será más que una sospecha de las figuraciones alucinantes de la poesía,

una evidencia del milagro implacable de nuestro dolor.

 

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