• @AbrilMda
    De romper el ritmo nacen melodías preciosas
  • @BAKENEKA
    Tengo un árbol de estrellas que muere con cada parpadeo del sol meridiano
  • @Detereal
    El pasado también se cansa de interpretar las mismas escenas con los mismos personajes deslucidos
  • @silencioenletra
    Afila tu lápiz, voy a quererte
  • @abrapalabra
    Hay que irse, porque alguien debe escribir la distancia
  • @monarcamanni
    También se regresa para volver a llenarse de la misma sed
  • @osorio_jl
    En la orilla del silencio nos desbarrancamos todos
  • @Jorge_mora_
    El presente perpetuo/ Los montes son de huesos y de nieves/ están aquí desde el principio
  • @atsabella_
    Le bailo al rumor de tu fuente
  • @Linaceballos
    Que la literatura se quede consigo
  • @Tishayloslibros
    No quiero olvidarte, por si regresas
  • @La__Ella
    Al despertar era yo quien no estaba

Augusto Roa Bastos

  

   Los hombres

 

Tan tierra son los hombres de mi tierra

que ya parece que estuvieran muertos,

por afuera dormidos y despiertos,

por dentro con el sueño de la guerra.

 

Tan tierra son que son ellos la tierra

andando con los huesos de sus muertos,

y no hay semblantes, años ni desiertos

que no muestren el paso de la guerra.

 

De florecer antiguas cicatrices

tienen la piel arada y su barbecho

alumbran desde el fondo las raíces.

 

Tan hombres son los hombres de mi tierra

que en el color sangriento de su pecho

la paz florida brota de su guerra.

 

 

   Destino

 

Cada uno cría su íntimo cuervo

en las entrañas de los ojos

así alguno que otro al final

puede contemplar el lado oculto

de las cosas

 

cada uno lleva pegado

a la sed inmemorial de los labios

el trémulo colibrí

de la materia alma

su río de rocío inagotable

 

cada uno está hecho de tierra

de agua de aire de fuego de anhelo

de estiércol

de nada

 

sólo entre tantos no es tan triste

nacer ni vivir

las catástrofes hacen felices

a los profetas

cada uno tiene la suya

muere en su día cada uno

más la persona-muchedumbre

lázaramente se levanta

después de cada cataclismo

cien años más joven

sin ningún artilugio alegórico

 

 

   Nocturno paraguayo


   II

 

Cómo asir esta espina de fuego

incrustada en el alma.

Cómo decir, contar o responder

a preguntas vacías

entre el exasperado desorden

y el inaudible grito que aún nos hiela

la sangre,

que hubo una vez entre palmares y siglos

y jazmines

un país de rocío, una isla de tierra

rodeada de tierra,

el corazón purpúreo de América

del Sur.

La fiebre de los meses manando

por los poros

mancha con un sudor sangriento los pañuelos

que uno lleva a los ojos.

Cómo sin que se caigan a pedazos los labios,

explicar por ejemplo,

que hay cabelleras blancas sobre cabezas

núbiles

y pulmones que aúllan a la muerte

y ojos adolescentes ya de rescoldo y tierra

tiritando apagados

en el fangoso tremedal de los esteros

o bajo el párpado de piedra de las cárceles

llenas hasta los bordes

de su agua humana hambrienta y sedienta.

Lo que agoniza y sufre tiene letras terribles.

entrañas como dientes

y follaje de nervios,

páginas que nos queman la mano, el ojo,

el ánima.

Cómo escribir entonces un reflejo sombrío,

dibujar una boca

que hable y diga y cuente desde el fondo

del pecho

lo que está allí enterrado

bajo espesas cordilleras

de blasfemia y suspiro.

Nada más que la luna

sobre los grandes ríos,

sus pómulos cobrizos, sus profundas ojeras

de pantano y de fiebre;

un pueblo entero entre los bosques

y el silencio

su argamasa espectral empañando

los árboles.

Y esta resina fresca de los muertos

que aprenden a beber a sorbos largos

su lenta eternidad de raíces calladas

chupando en nuestras llagas

su vid de vida, su hiel infiel,

nutriendo en nuestros ojos

su mirar necesario

y final.

 

   III

 

 

Canta el urutaú,

conozco bien su queja solitaria

que hace entre las maderas su aposento,

en el tímpano denso de la noche,

detrás del tiempo, de espaldas

a la luz.

Pero desde el nocturno campanario

del monte,

no dobla por los muertos

sino por los ausentes en lejanos países,

por los vivos que mueren poco a poco

bajo el madero negro de la ausencia.

Porque en la zona roja del tanino,

o en las comarcas del yerbal profundo,

o entre los cocoteros sepulcrales,

suena el sonido puro

de la guerra.

Desde el silencio atado a tantos huesos

que errabundas centellas

agitan por la casa dormida de la noche,

crece el fragor, el vasto son de fuego,

su redoble triunfal.

Más fuerte que el penacho de humo,

más alta que el recuerdo y las palabras,

la fogata natal centellea a lo lejos

y en la noche sagrada dibuja

su reino melodioso.

Un hálito ancestral anda y recoge labios,

anda y recoge pulsos hundidos en la arena,

cose entre las cortezas meteoros caídos

y sobre el terciopelo de la noche

junta estas joyas,

estos eslabones sagrados

que arman la cegadora certeza del triunfo.

La Cruz del Sur está en su sitio,

sube y decora el cielo

desde su empuñadura de miradas y manos;

la sangre combatiente está en su sitio,

el tiempo está en su sitio

y el espacio que falta a nuestros hombros

se llena ya de nuevas frentes

y claridades.

Porque la patria vive

como una gigantesca mano color de tierra;

porque la tierra vive

como una gigantesca llama color de sangre;

porque la sangre vive

como una gigantesca llama color de aurora.

Y en esta luz un pueblo lázaro

se levanta y camina.

 

(De “Poesía”, con prólogo de Jorge Boccanera, colección Musarisca, Ediciones Colihue, Buenos Aires, 1999, y de “Poesías reunidas”, con introducción, bibliografía y hemerografía de Miguel Ángel Fernández, Editorial El Lector, Asunción, 2003. Augusto Roa Bastos nació en Asunción, en junio de 1917, y murió en esa misma ciudad en abril de 2005. Sus primeras publicaciones de poesía datan de 1942.  En 1932, cuando tenía quince años, se fue de su casa para combatir en la Guerra del Chaco, experiencia que quedó expresada después en su novela “Hijo de hombre”, publicada en 1960 y parte de la llamada “trilogía paraguaya” que integraron además “Yo el Supremo” y “El Fiscal”. Después de pasar un período en Europa, en 1947 tuvo que salir al exilio, amenazado por las autoridades. Se radicó en Buenos Aires. Al tiempo que se intensificó su escritura y se multiplicaron publicaciones, comenzó a recibir reconocimientos. Un intento por regresar a su país terminó en la expulsión en 1982, otra vez hacia Argentina. Aunque el dictador Alfredo Stroessner fue derrocado en 1989, él regresó en 1996. Fue también narrador, autor teatral y guionista de cine. El primero de enero de 2017 se puso en marcha en su país un año de homenajes que incluye ediciones, concursos y exposiciones).

 

La poesía alcanza para todos - Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.