Marian Raméntol / Mi cuerpo al aire

EN LOS PRECIPICIOS MÁS ABRUPTOS DE MI PAISAJE ASESINADO

El cielo brota muerto
encima de la tierra.
José Luís Hidalgo

Me he extraviado dentro de este azul tan solo,
dentro de su desnudez acrílica
y de verdades diminutas
que se clavan en la garganta, ahuecan los huesos,
y me atan a la pared del quejido.

No sé encontrar mi boca en el vientre abierto de la luz
ni paginar las humedades.

Entre toda esta ceniza
no veo mi humanidad ni mis certezas,
ni el prólogo de aquellos nombres
que se acuestan conmigo y me tildan de suicida
porque doy mi cuerpo al aire.

Este azul sin ojos revienta en las lunas,
me atemoriza su suave benevolencia,
su fulgor alto que apuñala mi madrugada.

Es un color altivo, poblado de finales.
Con la escarcha de mil corazones
despeinándole la mandíbula,
avanza despacio por el poniente de mis dedos,
fornica con mis escaparates
sobre un suspiro negro que huele a llanto
y después se estrella,
chorreante de dolor y espumas,
en los precipicios más abruptos
de mi paisaje asesinado.

ESA CICATRIZ INTERESANTE EN LA GALERÍA DE MI VIENTRE

La bufanda intenta arropar la angustia de mi invierno,
la miopía del mundo que me reconoce,
esa cicatriz interesante en la galería de mi vientre.

Llueven ungüentos líricos
mientras mis muñones mercenarios conjuran
para inmolar el poema, para la fría soledad de lo sublime
que, confusa, sospecha de mi amor umbilical
por los muertos que me miran
y zancadillea el trazo, su incontinencia
y cada uno de los fonemas
que definen mi esqueleto.

La vida desmiente la voz de mi madre,
el insomnio de mi abdomen,
la mirada en la última esquina del libro
donde se rompe la muerte
y todo lo que queda es un pulmón mojado.

DONDE GUARDO MI NIÑEZ SIN SEPULTURA

Madrugo en alguna región inerte,
en la astilla de agua
clavada en el cerebro del paisaje,
en su luz colérica.

Amanezco para auscultar colores
infectados de lentitud y piedad.

Es lo único que queda en el estuche
donde guardo mi niñez sin sepultura,
las horas estropeadas en el polvo de un reloj
y montoncitos de nube que decoran mi boca.

Y de pronto estoy en esta habitación
demasiado pequeña para esconder mis cañones,
el ángulo de mis labios
o los finales que firman las fotografías.

Y me siento un coloso cuando le duele el aire,
me descubro hija, nieta, abuela,
patria incandescente,
un modo infalible de ordenarme.

REVENTAR SOBRE EL INFINITO Y SER MÁS MÚSICA, MÁS LÁGRIMA

Para pensarme en tus alas
debería morir con el corazón alto
y los secretos cosidos a la carne.

Debería morir enrojecida,
abierta a la luz de la espuma,
derramada en esa faringe que,
por saciar mi océano de celuloide,
se quema en el crepúsculo recogido en mi boca.

Morir gravemente entre las piedras,
con el borrador de mi pecho
doliendo entre la salvia, la tarde
y el escalofrío de mis labios.

Debería morirme
en la holgura de la soledad,
con los siglos más tristes
y los besos rechonchos.

Sería propio reventar sobre el infinito
y ser más música, más lágrima,
plomo líquido, pena cristalina
quebrando el aire,
debiera ser tortura caliente sobre el mar
que se cae hacia dentro
y nos seca el llanto.

Debería morir tranquila,
en un final cualquiera
sin luces habitables,
tan solo con la sangre de mi sangre
detonándome los ojos.

EN LOS SÓTANOS DE MI CASA HUELE A NIEBLA

La luz, a veces, escupe nocturnidad
y no hay mar donde volvernos lentos,
tirar el ancla y aprender de la gotícula
el balbuceo de flores invisibles.

En los sótanos de mi casa huele a niebla,
el pigmento transpira danzas fotográficas
sobre cajones rotos por el peso de los epitafios,
por la culpa adherida al algodón
con el que ponemos a dieta
el lomo de los libros.

El suelo llora horizontalidades,
me agujerea los pies con sus abrazos líquidos
y me inyecta la tristeza a bocajarro.

Comprendo entonces que este es mi territorio,
el paracaídas de mi verbo, el lugar
al que he de volver hinchada,
con la última inocencia en los labios cejijuntos,
sintiéndome acorde natural de la ira,
que afuera me desmenuza y me somete.

(De “Salvoconductos hacia las primaveras” editado por LN Ediciones en 2022, en formato de libre descarga. Marian Raméntol nació en Barcelona, 1966. Poeta, traductora y directora de la revista cultural La Náusea. Ha publicado 18 libros de poemas y ha sido incluida en 16 antologías. Recibió reconocimientos nacionales e internacionales y poemas suyos fueron traducidos al alemán, armenio, búlgaro, estonio, inglés, italiano, portugués y rumano. Participa de festivales de poesía, música y cine, así como de exposiciones. Revista cultural La Náusea; Blog personal; Blog antiguo).

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