Jordi Doce / Tiembla entre líneas

 

   Plegaria

Río del corazón, deja mi cuerpo
y enhébrate a la tierra,
da nombre a las regiones que no he de atravesar,
sacia la sed de las mujeres con quienes sueño.
Río incesante, funda ciudades míticas
y fluye bajo puentes que la peste asedió,
toldos de mercaderes y pícaros sin suerte.
Lame los pergaminos, tiembla entre líneas,
alumbra las pupilas de severos doctores.
Que los niños tiznados te frecuenten
y las sirvientas te confíen su desamparo.
Río del corazón, puebla la tierra, puebla los tiempos,
háblanos sin descanso del vivir y el morir.

   Mediodía

Fulgurante ritual de cada día,
sol que toca a rebato
en la plaza del ojo.

El tiempo se detiene un tiempo:
admira este cohete de gorriones
que estalla entre los bancos,

la exclamación del sauce en una esquina,
el hambre columpiada de los niños
que vuelan al encuentro del mantel.

Pasan rostros y nubes,
coches sin rostro, viejos en las nubes.
Pasan de largo y me confirman

bajo la luz colmada de esta hora.
Fruta en sazón:
me ofrece su alimento sin abrirse,

henchida de su savia y su presencia,
feliz de acompañarme
en mi fresca lección de desmesura.

Entiendo por quién doblan
las campanas del sol:
y mi sangre se esponja y enardece

a la mesa del sí recién dispuesta.

   Palomas

Cruzan el patio las palomas.
Se cuelgan del alféizar, gorgotean,
van y vienen por la penumbra
con sus plumas raídas y su insolencia terca.
Palomas de ciudad,
vestidas del hollín que respiran,
sirvientes del tendal y la basura.
Las odio cordialmente desde mi ventana,
busco espantarlas, cuelgo plásticos,
pero es inútil.
Vuelven al poco, o nunca se marcharon,
y de nuevo me llega,
burbuja sobre el limo de las horas,
el émbolo sonoro de sus cuellos.
Algo dice, tal vez, ese discurso de una sílaba,
su gutural monotonía
poblando el patio de impaciencias.
Algo que ignoro y no puedo ignorar,
que insiste en el silencio de la casa
con tonos de reproche y desafío.
Traduzco un par de páginas, preparo café,
se demora la tarde en su grisalla
y allí las veo, necias y abstraídas,
con su grave zureo que me interroga.
Algo dicen, tal vez, que mi sombra comprende,
que mi sombra calló y ahora recuerda,
porque es suyo.

   En la azotea

Un pájaro que fluye lentamente
y al fondo la ciudad,
escalonada y yerta
como un fondo marino.

Todo es azul al tacto
—y nos despierta.

Ondea la ropa en el tendal.
Contra el azul palpable,
la blancura de una camisa blanca.

Para tus labios secos,
para tus ojos que han dormido,
un poco de agua blanca,
un poco de agua azul.

Un jarro de agua fresca
no es más clara que nuestros ojos claros.

Y el viento, en ellos,
deja como al desgaire sus anillos,
la raíz impalpable de otro asombro.

Cruzamos la azotea.
Entre risa y azul,
el súbito teatro de la altura:
el paso que no damos nos traspasa.

(Estos poemas están publicados en “Cuando el mundo se convirtió en el mundo”, de Ediciones del Genal, Málaga, 2017. El libro integra la colección de “Libro sobre ruedas”, de la Empresa Malagueña de Transportes. Jordi Doce nació en Gijón, en 1967. Entre otras obras, publicó “Lección de permanencia”, “Otras lunas”, “Nada se pierde” y “No estábamos allí”. Escribe aforismos, publicados en “Hormigas blancas”, “Perros en la playa” y “Nada se pierde”).

 (11.1.21)