Ibán de León / Material del desvelo

 

   Nació en Río Grande, Oaxaca, en 1980. Publicó “Oscuridad del agua”, en 2012; “Estaciones nocturnas”, 2016; “Calles del cuerpo anochecido” y “Pan de la noche”, ambos de 2019. Poemas suyos fueron incluidos en antologías. En 2011 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Sonora-Bartolomé Delgado; en 2014 el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo; en 2018 el Ramón López Velarde, y ese mismo año el Rodolfo Figueroa. Ya en 2021, le fue adjudicado el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta.

   Nocturno de la lluvia

Quiero decir también que me fatiga
caminar estas calles sin entender mi sombra.
Me fatiga no ver la huella de mis pasos,
el destello tristísimo del aire que domina la roca.
Reflejo de esta hora en la que todos duermen,
camino en la llovizna
como esperando el alba:
aquí empiezan el traje, el café y los zapatos,
el salir puntualmente
a ganarse la celda
del hambre y la migaja.

Me fatiga el rencor y la sonrisa
detrás de alguna puerta, la fe de las polillas
inquietando la bruma; me fatiga ser yo
con mi amor por la nada,
con mi tenacidad de creyente vencido.
Y camino en silencio mientras el agua toca
los umbrales, sus plantas,
esto que ya transcurre y es noria oscurecida,
bastión de los dormidos.
Allá lejos la hoz de una renuente lámpara,
los faros de los autos que breves se deslizan,
el relámpago súbito que dibuja algún gesto en la borra del aire;
aquí yo, descrito sin decirme, caminando en silencio
mientras la lluvia arrecia, fatigado de mí,
sin saber hacia dónde la suela del verano,
si llegaré esta vez, si algún puerto me aguarda.

Y este cansancio mío,
materia del desvelo y estancia de mi aliento,
crece como las gotas encima de mis hombros,
me moja el desamparo con su temblor de vidrio,
y detengo mi marcha y digo buenas noches
a la noche que pasa sin darme una respuesta.

   Papalotes

¿Recuerdas aquellas mariposas
y el juego desmedido de las nubes?
Sentados en la tierra,
bajo la sombra exuberante de los mangos,
trazamos delicados papalotes
que el viento sacudía en lontananza;
ni el pegamento aquel —engrudo le llamábamos—,
ni el colorido del papel de China,
ni los levísimos carrizos,
sobrevivían al tumbo de los meses:
sólo unos días
y los sueños bajaban para ya no levantarse.

Volábamos:
tejimos una trampa para el tedio
y nunca,
como exigía el aire,
escuchamos
—debajo de nosotros—
el llamado nervioso de la tierra.

(28.12.21)