Tanto mentar al niño…

 

   Fina García Marruz
   (La Habana, 1923).

   El bello niño

Tu sólo, bello niño, puedes entrar a un parque.
Yo entro a ciertos verdes, ciertas hojas o aves.

Tu sólo, bello niño, puedes llevar la ropa
ausente del difunto, distraída y remota.

La ropa dibujada, el sombrero del ave.
Tú sólo en ese reino indisoluble y grave

has tocado la magia de lo exterior, las cosas
indecibles. Yo llevo la ropa maliciosa

del que de muerte sabe y de amarga inocencia.
Tú no sabes que tienes toda posible ciencia.

Mas ay, cuando lo sepas, el parque se habrá ido,
conocerás la extraña lucidez del dormido,

y por qué el sol que alumbra tus álamos de oro
los dora hoy con palabras y días melancólicos.

(De “Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana Siglo XX. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1999).

   Eliseo Diego
   (La Habana, 1920-Ciudad de México, 1994).

   El oscuro esplendor

Juega el niño con unas pocas piedras inocentes
en el cantero gastado y roto
como paño de vieja.

                            Yo pregunto:
qué irremediable catástrofe separa
sus manos de mi frente de arena,
su boca de mis ojos impasibles.

                                  Y suplico
al menudo señor que sabe conmover
la tranquila tristeza de las flores, la sagrada
costumbre de los árboles dormidos.

                                      Sin quererlo
el niño distraídamente solitario empuja
la domada furia de las cosas, olvidando
el oscuro esplendor que me ciega y él desdeña.

(De “Las palabras son islas. Panorama de la poesía cubana Siglo XX. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1999).

   Hugo Mujica
   (Buenos Aires, 1942).

   Vida abajo

A pie descalzo, sobre un cementerio de latas, tres niños
empujan cuesta arriba un carro vacío. Dos por el costado,
uno por detrás.

Lo empujan cuesta arriba,
                                    vida abajo.

 

   Infancia

Llueve
y al árbol le pesan sus hojas,
                         a los rosales sus rosas.

Llueve
y el jardín huele a infancia,

a cercanía de todos los milagros,
                            a ausencia de todas las memorias.

(Nació en Buenos Aires, en 1942. Los poemas precedentes son de “Mirando caer las lluvias. Antología poética (2013)”, Monte Ávila Editores Latinoameicanos, Caracas, 2013).

   Antonio Preciado
   (Esmeraldas, Ecuador, 1941).

   Un niño me sonríe

¿Que será de él después,
qué le harán a su brote de ángel cierto,
a su semilla alada,
a ese mohín de una despreocupada gracia
que me hace verlo como
que nunca crecerá?

Mientras tanto,
mi salvación de hoy
es que ese muchachito me sonría
desde la bulliciosa trinchera de su juego,
donde veo
que poquito a poquito
el muy pícaro
va poniendo también el mundo en su bolsillo
junto con las canicas,
la horqueta,
las dos gomas elásticas,
la hamaquilla de cuero
y unos cuantos guijarros de mala puntería;
y todo aquel que lea este poema
queda comprometido
a guardar seriamente
ese alegre secreto,
para salvar de lo que ahora les harían
al brote de ángel cierto
y la semilla alada
puesto que para ellos
no es nada conveniente
que el mundo convenido,
con un sobreviviente poeta por testigo,
aúne a estas alturas su frontera
con la de ese reducto donde impera
tan ínfimo armamento.

(De “De lo demás al barrio”, El Ángel Editor, Quito, 2013).

   Jorge Teillier
   (Lautaro, Chile, 1935-Viña del Mar, Chile, 1996).

   A un niño en un árbol

Eres el único habitante
de una isla que sólo tú conoces,
rodeada del oleaje del viento
y del silencio rozado apenas
por el vuelo de una lechuza.

Ves un arado roto
y una trilladora cuyo esqueleto
permite un último relumbre del sol.
Ves al verano convertido en espantapájaros
cuyas pesadillas angustian los sembrados.
Ves la acequia
en cuyo fondo un amigo desaparecido
tiene el primer barco de papel que tú echaste a navegar.
Ves el pueblo y los campos extendidos
como las páginas de un libro de lectura
donde un día sabrás que leíste la historia de la felicidad.

El almacenero sale a cerrar los postigos.
Las hijas del granjero encierran las gallinas.
Ojos de extraños peces
miran amenazantes desde el cielo.
Hay que volver a tierra.
Tu perro viene a saltos a encontrarte
tu isla se hunde en el mar de la noche.

(De “Crónicas del forastero”, colección Musarisca, Colihue, Buenos Aires, 1999).

   Eunice Odio
   (San José, Costa Rica, 1919-Ciudad de México, 1974).

   Corazón con parque y niños

Ángeles de cuatro sílabas
llevaba tu corazón;

en el parque lo dejaron,
suma de arribo,
temblor.

contracielo del estanque,
agua que nunca llegó.

Ahora, cuando los niños
dibujan con tiza el mundo,

y llueven sobre la gente
campanadas de crepúsculo,

tu corazón, a la sombra,
consulta los silabarios,

lleno de pecho y de humo.

(De “Anillo del silencio. Centroamérica en la poesía”, ediciones Desde la Gente, Buenos Aires, 2009).

   Violeta Parra
   (Región del Ñuble, Chile, 1917-La Reina, Santiago, 1967)

   Aquí empiezan mis quebrantos

Con moño y delantal blanco
a los seis años justitos,
al brazo mi cuadernillo,
me voy al colegio al tranco.
En viendo el camino franco
me puse a dar unos brincos,
Me dobla fuerza y ahínco,
tal seremil de chiquillas,
volando cual candelilla
contaba de uno hasta cinco.

Aquí principian mis penas,
lo digo con gran tristeza,
me sobrenombran ‘maleza’
porque parezco un espanto.
Si me acercaba yo un tanto,
miraban como centellas,
diciendo que no soy bella
ni pa’remedio un poquito.
La peste es un gran delito
para quien tiene su huella.

De llapa, mis compañeras
eran niñitas donosas,
como botones de rosa
o flores de l’azucena.
Pa’más desgracia, docenas
lucían su buena plata.
La Viola, una garrapata
menor d’un profesorcito,
de sueldo casi justito
se nos volvía hojalata.

Declaro la estimación
qu’en mucha gente encontramos,
perfume son de retamos;
el sentido y la unión
se siente en el corazón
cuando nos brindan la mano.
Más, el cariño d’hermano
se pierde en el infinito,
cuando falta el pan bendito
par’el vivir del cristiano.

Diez bocas siempre pidiendo
lleva mi maire el problema,
vestidos, botas y medias,
panes al mes son seiscientos.
Pa’no andar con lamentos
remienda noches enteras,
consiéndole a Valenzuela
y al dueño ‘e la propiedad,
pero esta plata, en verdad,
por el arriendo descuentan.

(De “Violeta Parra. Poesía”, Editorial de la Universidad de Valparaíso, Valparaíso, 2016).

 

(24.12.21)